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Arte

Cuevas de la casa Medina

La obra del pintor mexicano José Luis Cuevas y las millonarias colecciones de arte de los traquetos colombianos podrían haberse cruzado en un punto todavía incierto. Subastas del Estado, una amplia polémica por la autenticidad de una obra y la intriga familiar alrededor de un artista octogenario acaban convirtiendo esta crónica en un picante batiburrillo con visos de novela policíaca. 

Habría que empezar en Bogotá, el 15 de octubre de 1992. Allí y entonces José Luis Cuevas se dejó seducir por la idea que le planteó Fausto Panesso: hacerle un homenaje al recién fallecido Alejandro Obregón pintando con sus pinceles. El resultado del experimento fue expuesto en la Galería Diners (hoy Casas Riegner) en Bogotá, la primera semana de noviembre de 1992.

Estaba en juego la estrecha amistad que nació en 1957, gracias a los buenos oficios de la crítica de arte argentina Marta Traba, cuando Obregón visitó a Cuevas en la ciudad de Filadelfia. El mexicano trabajaba en las ilustraciones para un libro sobre Franz Kafka, autor que nutrió su trabajo y que puede identificarse en su vida y obra. Cuevas disfrutaba los ejercicios de conversación entre arte y literatura y terminó ilustrando a Quevedo, René Char, el Marqués de Sade. “Una fotografía tomada en la puerta del Museo de Filadelfia –donde verían juntos la obra de Marcel Duchamp– atestigua ese primer encuentro, que se repetiría después en muchas ciudades del mundo donde dictaron conferencias”, escribió Rosario del Castillo en El Tiempo. Muchas veces ni las preparaban, pero los dos eran grandes conversadores y se tomaban el paso previo por los bares como una obligación. El pintor colombiano calentaba su lengua con media botella de ron y el mexicano la hidrataba con Coca-Cola. “El último encuentro sucedió durante un ciclo de conferencias en la Universidad de Princeton, Nueva York, en 1991, donde cada uno habló de sus experiencias del arte entendido como una extensión de la amistad”, agrega Rosario.

Como tantos amigos, no podían ser más opuestos: Obregón, siempre aventado a “capotear la vida” y jugar al filo de un barranco; Cuevas “sobrevivía bajo el rigor estricto de una dieta sin sal, grasas, alcohol, y con un cigarrillo muy de vez en cuando”, como escribió Guillermo Londoño en El Tiempo. Este mismo cuenta que, a la hora de viajar, Cuevas solía vigilar enfermizamente su salud. Lo primero que empacaba era su equipo de instrumentos médicos para hacerse electrocardiogramas y tomarse la presión arterial.

Era un hipocondríaco delirante y un narcisista sin remedio. Su vida diaria en México se ajustaba a una rutina inviolable: antes de comenzar su trabajo, soltaba la mano con un puñado ...

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