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Poesía

Poemas chicanos

Traducción de Santiago Villalba

.

El número de la suerte

A un sobrino

 

Cuando era como tú, crucé la calle
hacia una tienda, y desde ahí
subí por el callejón,
mirando alrededor mientras saboreaba un chocolate.
Entre los árboles el día estaba azul, sin viento,
y de las cercas salía vapor.
Un perro miraba dentro de un balde de pintura
y un mexicano rastrillaba basura regada
dentro de una caja, un montón de cáscaras de huevo y de naranja.
Asintió con la cabeza y yo asentí con la mía.
Caminando con el chocolate en la boca
hacia el juzgado, me senté en el parque.
Cayó una hoja con el paso de cada persona.
Tres hojas para tres hijas con bolsas en sus manos.
Las seguí bajo los árboles,
las hojas se mecían a los lejos como
las faldas que amaba desde lejos.
Las perdí cuando me incliné para
amarrarme los zapatos y le rogué
a una ardilla que comiera de mi mano.
Al levantarme, vi un perro a la carrera,
una abuela con un carrito,
y un par de italianos jugando dominó
en una mesa de picnic, hombres de mundo
en trajes tan grandes que podían cubrir Europa.
Me acerqué como una ardilla
árbol tras árbol y cuando estuve tan cerca
como para leer la hora en sus relojes de pulsera
uno de ellos se echó a reír con los brazos al aire
y volteó a preguntar mi edad.
“Doce” dije y me golpeó suavemente
la cabeza con el puño
“Número de la suerte, hijo”.
Me mostró sus dientes, torcidos y amarillos
como fichas de dominó,
y los golpeó con el dedo.
“Yo también tengo doce, ¿ves?”.
Abrió la boca hasta que sus ojos se perdieron
en la forma de sus mejillas,
y yo, sin saber qué hacer
me asomé a mirar. 

 

Películas suecas
 

Olvida las mujeres fantasmales
que aparecen sollozando en las paredes de la habitación,
en batas transparentes.
¿Qué pasa con los suecos?
¿Y qué pasa conmigo? Diez dólares por un tormento
¿y ni un centavo para el indigente en la puerta del teatro?

Necesito un poco más de ánimo
tengo que tragarme un arcoíris.
Ya estoy cansado de Bergman y su elenco de pucheros,
capaces de hablar en seis idiomas
y no utilizan ninguno, solo el silencio,
el viento entre los árboles, las olas nórdicas contra la roca.
El sol salió durante diez minutos,
luego desapareció detrás de la joroba de una ballena.

Después de esta película
prometo optar por días más coloridos.
Como un tucán
me vestiré con dieciséis colores.
El rojo se me ve bien,
amarillo y púrpura,
y otra mezcla de unos tonos todavía sin nombrar.
Azul Patagonia, ¿esa es una tonalidad?
Amarillo pera, ¿será una marca registrada?
Caqui erudito, ¿ideal para un traje de sastre?

En casa, tal vez saque mi bol de salsa,
podría animarme las entrañas
cubrir con una capa volcánica los huevos revueltos.
En la tortilla cocinada en la estufa
la cara de Renoir aparece.

Pero por ahora, en el teatro de los suspiros,
un Volvo cobra vida en la pantalla.
Las sardinas se sacuden en el plato por última vez.
Un hacha quiebra el glaciar. Las dos partes se dividen para siempre.
Esta película de los sesenta ha sido lavada en el color
y los personajes, demasiado contrariados
no consiguen expresarse.

Soy mejor después de esta película.
A la salida, le doy dos dólares a mi amigo indigente
con un color gris de mala suerte.

Vestir a un caballero

 

¿Es difícil elegir tu ropa?
Abres el cajón, descuelgas la camisa del gancho,
llenas con las piernas el túnel de viento del pantalón.
Te vuelves un ornamento, algo que te determina,
alguien a quien evaluar en la calle.
Como cuando pasan los jóvenes con audífonos en los oídos
y el teléfono entre las manos. Vives en su mirada
por un segundo, no más. Nunca sabrán de
la arruga planchada, los zapatos de cuero brillante,
los pantalones de lana gruesa y una hoja atada al puño de la camisa.
Los botones están en el ojal indicado,
¿o estarán corridos?
¿Y la cremallera? Ha estado abajo desde la mañana.

En traje, las palomas se acercan a ti,
en traje, te ofrecen una silla en el bus,
en traje, te dan un descuento por ser mayor
y con la compra de unas crispetas te dan la bebida gratis.
En este teatro, el piso es pegajoso
y el brillo verde del anuncio de salida es revelador.
Si miras alrededor: hay hombres solteros, parejas mayores,
casi todos con audífonos color cera de oídos.
No lo pueden evitar. Susurran y se pedorrean,
las dos cosas al mismo tiempo de forma tan natural.

¿Es difícil vestirte?
Los calcetines son negros, el humor aún más negro.
Piensa que el doctor tendrá la última palabra,
y el dentista una pinza para sacar los dientes como muebles viejos,
usados, huecos y amarillos.
De todos modos sigues vivo. El geranio
en la ventana no importa,
la mosca zumbando con tedio y
los garabatos del esfero
en el puño de la camisa te desesperan,
te lames el pulgar y empiezas a restregar.

Abres el cajón, lo cierras,
los gemelos no combinan
y la corbata ha hecho un pacto
con la muerte para estrangularte.
Te cuelga la chaqueta de los hombros como una sombra.
Empañas la punta de los zapatos
y los brillas con un pañuelo a punto de rendirse.
En traje, ensayas para el ataúd,
la tela rosada de su interior contrasta con tu oscuro vestido de funeral.

 

 

 Cita por internet

 

En la primera cita
fuimos al matiné.
Le dijo a la cara redonda
detrás del vidrio
“Dos pensionados”.
Yo tenía 55, él
mayor apenas por unos minutos
alojaba en los oídos una pelusilla
y ni un rumor
era digno de ser repetido.

En la oscuridad
del teatro,
me entregó un dulce de caramelo.
Cómo me hicieron callar
por el ruido del envoltorio.
¿El tema
de la película?
Algo así como el hombre versus la naturaleza
con Robert Redford en foco suave.
Vimos los créditos, sentados
y nos fuimos caminando sobre un trecho
de palomitas de maíz.

Afuera, en la calle
sacudí el abrigo,
sacudí mi bolso,
me sacudí el corazón,
ese motor de dos tiempos
que deja entrar y salir la sangre.
Esta es la historia de mi vida.
Cuántas veces había dejado entrar a un hombre
y luego lo había dejado salir,
con un amor desangrado.
Y pensar
que después
mi almohada calentadora
era más placentera.

Qué estúpida fui después del matiné,
le dije que sí al café.
En el Starbucks, él sacó
un cupón arrugado de la billetera.
Me quemé la boca
con un descafeinado, para beberlo rápido.
Dije “Tengo que irm...”,
él respondió “Los baños
están por allá”.

Me fui con los brazos
envueltos sobre el pecho,
y en un ligero trote
porque lloviznaba.
Los paraguas oscuros como las nubes,
los indigentes en los portones,
y un sapo, sí, un sapo
mirándome con sus ojos inmundos.
De qué historia de Mark Twain
habrá saltado,
de qué río, de qué canal desbordado.
Toqué el sapo
con la punta del zapato
y se movió, como un corazón negro
esa cosa horrible.

Crucé corriendo la calle
y la lluvia me siguió,
las envolturas de los dulces de las citas en el matiné pasaron volando,
con su dulzura nerviosa hace tiempo ya perdida. 

Naranjas

La primera vez que anduve
con una chica tenía doce años,
hacía frío y llevaba el peso
de dos naranjas en la chaqueta.
Era diciembre, el hielo se quebraba
bajo mis pies, mi aliento helado
ante mí había desaparecido
mientras caminaba hacia
su casa, cuya luz
en el pórtico brillaba amarilla
noche y día, bajo cualquier clima.
El perro me ladró hasta que
salió ella, quitándose los guantes, con la cara reluciente
de rubor. Sonreí,
la tomé del hombro, y bajamos
por la calle, cruzamos
un lote de carros usados y una hilera
de árboles recién plantados.
Hasta que nos encontramos
ante una tienda. Entramos,
la campanilla trajo a la tendera
por un pasillo estrecho entre productos.
Caminé hacia los dulces
acomodados como una tribuna,
y le pregunté a la chica qué quería,
sus ojos se encendieron con una sonrisa
que empezaba en las comisuras
de sus labios. Acaricié
una moneda de cinco centavos en el bolsillo
y cuando eligió un chocolate
que costaba diez
no le dije nada.
Tomé la moneda del
bolsillo, luego una naranja,
y las puse discretamente
sobre el mostrador. Cuando miré hacia arriba,
los ojos de la tendera se encontraron con los míos,
sostuve la mirada, sabiendo
muy bien de qué se trataba
todo esto.

Afuera,
sentimos el rumor de algunos de carros,
la niebla colgaba como abrigos
viejos atrapados en los árboles.
Tomé la mano de mi chica
con la mía, por dos cuadras,
luego la solté
para que destapara el chocolate.
Yo partí mi naranja
tan brillante bajo
el gris diciembre
que por un momento
alguien pudo haber pensado
que estaba haciendo fuego con las manos.

 

Perro inferior

 

En tercer grado, por el tiempo en que me rebuscaba
bajo las costras la carne de dolor
y la vergüenza, me encaramaba
a los árboles a estudiar a mi perro,
al que amaba pero sabía inferior.
No como el beagle brillante de David,
ni como Lassie, que nos ladraba,
a su público de gente inferior.
“Brownie”, lo llamé desde el árbol
y el perro apenas tembló en el portal,
sacudido por la sombra de una trinitaria.

Mi perro nació cansado.
Cuando lo sacaba a pasear
ahorcado con una cuerda de tender ropa
remontaba la calle, jadeando
mientras soportaba la burla insolente,
con la lengua púrpura empapada de saliva
que se quebraba como mercurio.
Se quebró también mi corazón
cuando vi a los mejores perros sacudir sus patas
y revolcar su dicha en el pasto.
Lo miré y me miré,
dejó en una pelea la oreja entre los dientes de un perro callejero,
y a mí ante la humillación.
Después, por Dios,
me lancé sobre él como un bravucón
y lo restregué entre mis lágrimas calientes
porque solo podía caminar y jadear
y lamerse las almohadillas de sus patas.

Brownie nació exhausto, tal vez al final
de un día, en que los obreros maltrechos,
brillantes y húmedos en sus madrigueras
batían sus martillos furiosos.
Yo nací avergonzado
porque le ayudé a subirse al asiento trasero del carro.
Lo dejé yacer, con su mejor ojo mirando al parabrisas,
tranquilo por el corto viaje
en que al fin no caminaría ni jadearía.
O al escuchar su nombre con un regaño, “¡Brownie!”
alzaría cansado la cabeza, mirando a través de sus ojos lechosos
y a través de un montón de piel escurrida
no sería capaz de gruñir “¿Y ahora qué, niño?”

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Gary Soto

Es autor de historias cortas, novelas para jóvenes y once colecciones de poesía para adultos. Finalista del National Book Award en 1995, recibió el premio a la trayectoria literaria otorgado por la Hispanic Heritage Foundation en 1999.

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