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¿Pío-pío-pi?

Ante el generalizado desencanto que marca estos tiempos, y en el particularmente desalentador contexto de los Estados Unidos de hoy, declararse humanista implica dosis de temeridad, cinismo o comedia. El escritor norteamericano Kurt Vonnegut se vale de esas tres armas –quizá las más efectivas en manos de la literatura– para ofrecer una obra valiente, en la cual el absurdo es tan cercano al humor como a la realidad. 

©Brian Taylor

 

1.

Hay dos cosas que deben saber de Kurt Vonnegut: 1. todo es en broma, y 2. todo es en serio.

 

El 17 de abril de 2004, el escritor entró al auditorio de la Universidad del Este de Washington, donde lo esperaba una legión de estudiantes que escucharían uno de los últimos discursos de quien, en clave de ciencia ficción –aunque no le gustaba que lo catalogaran en ese género–, se había convertido en uno de los defensores más importantes del pacifismo en los Estados Unidos. Con la voz cansada y el cuerpo encorvado dijo que tenía una buena y una mala noticia: “La mala es que los marcianos han aterrizado en el Waldorf Astoria. La buena es que solo comen hombres, mujeres y niños indigentes de todos los colores, y que mean gasolina”. Enseguida aclaró que era un chiste y que, desde ese momento, para que el público supiera cuando hacía una broma, se pondría el dedo pulgar en la nariz y agitaría el resto. En cambio, si hablaba en serio, mostraría el dedo medio. Terminada la explicación les hizo la siguiente invitación: “Únanse al ejército para defender la democracia”. Entonces hizo pistola y luego se llevó el pulgar de la otra mano a su nariz y agitó los otros dedos como lo haría un niño octogenario que dice “lero, lero”.

 

2.

 El sexto de sus ocho consejos para escribir un relato reza así: “Sé un sádico. No importa lo dulces e inocentes que sean tus protagonistas. Haz que les ocurran cosas horribles con el fin de que el lector pueda ver de qué están hechos en realidad”. Vonnegut, en ese sentido, fue uno de sus personajes: su padre, un acaudalado arquitecto al que le gustaba pintar, quebró en la crisis de los años veinte; su madre se suicidó el Día de la Madre de 1944, su adorada hermana murió de cáncer en 1958 –él adoptó a sus tres hijos–, y su hijo Mark tuvo que luchar contra la esquizofrenia.

Su ficción los incluiría a unos y otros como ecos y personajes. El fantasma de su madre se materializaría en Desayuno de campeones y en Buena puntería, en la carne de la triste Celia Hoover, quien en lugar de tranquilizantes se administraría una sobredosis de destapacaños. Por otra parte, su padre se insinúa en la piel del viejo y derrotado pintor Rabo Karabekian, en Barbazul, quien pinta, al mejor estilo tralfamadoriano, un extraordinario mosaico de la vida en el cobertizo de su casa. Su hermana, a quien le dedica Payasadas, es la otra mitad de ese genio incomprendido y solitario que solo se forma cuando ella y el protagonista están juntos. Y su hijo esquizofrénico le regala esta frase que es el epígrafe de Barbazul y que repite en Un hombre sin patria: “Estamos aquí para ayudarnos unos a otros a pasar por esta cosa, sea lo que sea”.

Esa frase resumía la filantropía desencantada que Vonnegut manifestaba constantemente, cuando pese a todo sostenía que “los humanistas servimos lo mejor que podemos a la única abstracción con la que estamos familiarizados: nuestra comunidad”. La misma que se hacía evidente cuando, pese a que era ateo, se maravillaba ante un pasaje de la Biblia: “Me fascina el Sermón de la Montaña. La compasión, creo yo, es la única buena idea que hemos tenido hasta ahora. Tal vez algún día se nos ocurra otra, momento en el que ya tendremos dos buenas ideas”.

 

3.

 Por eso su obra transmite una cálida desesperanza, una perplejidad ante el mundo que le tocó en suerte, desprovistas de cualquier cosa parecida a la solemnidad. Un mundo que le mostró desde temprano la brutalidad más desgarradora, cuando durante la Segunda Guerra Mundial los alemanes lo hicieron prisionero de guerra y lo encerraron –a falta de celdas– en el matadero de Dresde. Allí, rodeado de las carnes frías de decenas de bovinos, tuvo refugio de las 4.000 toneladas de bombas incendiarias que los Aliados hicieron llover sobre la ciudad, para luego salir y encontrar las carnes humeantes de miles de humanos.

Tardó 23 años en verter esa historia sobre el papel y lograr esa pequeña y descomunal novela titulada Matadero Cinco, que no es otra cosa que una declaración pacifista, en la que el protagonista, Billy Pilgrim, viaja de forma espontánea y aleatoria por el tiempo para aterrizar en la jaula de un zoológico extraterrestre (donde está cautivo con una hembra humana), o en su vejez (cuando es un optómetra que ya enviudó), o en territorio alemán, para revivir los horrores de la guerra. Una novela bipolar que se lee con los ojos húmedos y una sonrisa, en donde la locura, para ser soportable, recurre al humor.

El mismo Vonnegut lo explicó en Un hombre sin patria: “Yo vi la destrucción de Dresde. Vi la ciudad antes y la vi después de salir del refugio y, desde luego, la risa era una forma de reaccionar. Dios sabe que el alma necesita desahogarse”, escribe y un par de páginas más adelante recuerda: “Mientras éramos bombardeados, sentados en un sótano con los brazos sobre la cabeza por si se nos caía el techo encima, un soldado dijo, como si fuera una duquesa en su mansión durante una noche fría y lluviosa: ‘Me pregunto qué estarán haciendo esta noche los pobres’. Nadie se rió, pero todos nos alegramos de que hubiera dicho aquello. ¡Al menos, todavía estábamos vivos! Él nos lo había demostrado”.

 

4.

 En 1996, David Foster Wallace, otro autor que también escribió con cierto humor sombrío sobre nuestros tiempos, le dio el siguiente título a su novela más conocida y celebrada: La broma infinita. Un nombre que bien podría llevar la biografía de Vonnegut, quien al igual que Foster Wallace batalló contra la depresión crónica pero, a diferencia de él, sí sobrevivió a su intento de suicidio, así como a la nicotina que consumió con disciplina desde los 12 hasta los 84 años, y a la Segunda Guerra Mundial con el ya mencionado bombardeo a Dresde –y el horror de sus 135.000 muertos–, para finalmente tropezar y caer por las escaleras de su casa en Manhattan y morir a causa de las lesiones cerebrales el 11 de abril de 2007.

Terminó sus días con lo que ahora parece una de sus humoradas. Lo que no logró la guerra y tragedia, lo hizo la gravedad y el equilibrio.

5.

 Volver a su foto. A sus fotos. En las que sonríe como si estuviera a punto de llorar, en las que la boca se arquea bajo el tupido mostacho y los ojos tienen siempre ese brillo líquido de la nostalgia. Esas imágenes en las que el escritor es un viejo melancólico y divertido –“el más eufórico de los depresivos”, diría Rodrigo Fresán–; un hombre agrietado por el tiempo que, desde el silencio congelado de la imagen en la solapa de un libro, aún habla, aún lee la realidad y para decir “te lo dije”.

Leerlo o releerlo es experimentar los efectos del túnel “infundíbulum cronosinclástico” en el que encalló el brillante Winston Niles Rumfoord, en la novela Las sirenas de Titán. Un desorden espacio-temporal que permite estar en el pasado, el presente y el futuro de manera simultánea, y que Vonnegut definió como “aquel lugar donde encajan todas las verdades”. Pues, para él, el viaje en el tiempo –que también exploró en Matadero Cinco y en Cronomoto– siempre es una excusa para examinar el camino que hemos recorrido y que volvemos a recorrer, pues no implica la posibilidad de navegar hacia futuros caóticos o utópicos, sino de naufragar en el bucle que se repite una y otra vez, en una temporalidad cíclica que puede tener un lado tan perverso como divertido.

Lo que el autor encontró en el pasado lo convirtió en mensajes sin fecha de caducidad, igualmente válidos ahora como hace tres décadas. Más que ciencia ficción, lo suyo es un profundo diagnóstico de la especie, para advertirnos que todo se va por el desagüe (o que todo se está yendo por el desagüe, desde y para siempre) mientras nos divertimos como tontos viendo el remolino. Por eso sus libros se conjugan en un presente continuo, escapan del pasado y, aunque no persiguen el futuro, se leen como mensajes permanentes, incluso como advertencias que llegan flotando en la marea del tiempo, para contarnos quiénes somos, quiénes fuimos, quiénes seremos; para armar el mosaico –compuesto de microcapítulos– de nuestro lado más bello y generoso en medio del salvajismo, de la decencia que aún florece en los escenarios más indecentes. Él, ya con el pelo gris y la cara marchita, sostenía ante auditorios repletos de jóvenes que también era un recién llegado tratando de entender el mundo que le había tocado en suerte. En ese sentido, sus novelas, que podrían parecer un espejo de feria que agranda, alarga y deforma, en realidad revelan la justa proporción de nuestra naturaleza grotesca, la caricatura en la que nos convertimos, pero también la caricatura que somos y fuimos.

En Payasadas, por ejemplo, el planeta se va por el retrete y un delirante Estados Unidos elige a un presidente aún más delirante, un incapaz sin remedio que no puede controlar su hipo –“¡hi-ho!”– ni las erecciones involuntarias causadas por las fluctuaciones gravitatorias que aquejan a un mundo apocalíptico. Él, Wilbur Narciso-11 Swain (¡ja!), se pasea descalzo y envuelto en una túnica púrpura, para concluir, en una epifanía, que la suya es “una historia gastada y cómica. Aparte de las batallas, parece que la historia de las naciones solo consiste en que ancianos impotentes como yo, atiborrados de medicinas y vagamente queridos en el pasado, se acerquen a besar las botas de jóvenes psicópatas”. Y, mientras todo eso sucede, los chinos llevan su avance técnico al punto en que son capaces de encogerse hasta un tamaño microscópico, haciéndose tan volátiles y ubicuos que es posible respirarlos. Cualquier parecido con la realidad es pura consecuencia.

Por esa razón es inevitable pensar que vivimos días vonnegutianos. Hace unos meses, la actriz Susan Sarandon hizo el siguiente comentario: “No puedo creer ni por un segundo que Estados Unidos realmente convirtiera a Donald Trump en presidente. Él me recuerda al tío borracho que en una boda se levanta y comienza a hablar y dice lo que sea para obtener una reacción. Él es como un personaje de Kurt Vonnegut”. Pero en realidad habría que decir que las páginas del siglo xx y las que llevamos del xxi bien pudo escribirlas la misma mano cargada de sátira. Solo hay que poner el nombre sobre la línea puntuada y allí aparecerá un personaje vonnegutiano: Adolf Hitler, el pintor que invadió Europa; Rafael Leónidas Trujillo, el “benefactor” tropical que asesinó a millares de dominicanos y haitianos; Ronald Reagan, el cowboy que llegó a la Casa Blanca; George W. Bush, el alcohólico que buscó armas de destrucción masiva hasta debajo del sofá del Salón Oval; Nicolás Maduro, el heredero del poder con problemas cognitivos, y claro, Donald Trump, el hombre que instauró el reality show como forma de gobierno.

Y no hay que buscar mucho para encontrar similitudes entre los poderosos de la vida real y esos millonarios erráticos que pueblan páginas escritas hace décadas, como el enloquecido Dwayne Hoover (Desayuno de campeones), quien piensa que todos los demás son máquinas excepto él –y como tal no merecen consideración–; o como el dictador “Papá” Monzano (Cuna de gato), que gobierna una república bananera y cada tanto amenaza a sus opositores con colgarlos de un anzuelo enorme; o como el prepotente Malachi Constant (Las sirenas de Titán), que lo hacía todo “con exhibición de estilo –en forma agresiva, estentórea, infantil, inútil, dejando mal parados a sí mismo y a la humanidad–”. Basta revisar los periódicos para encontrar la sátira –que Vonnegut heredó de su héroe literario Mark Twain– regada a cuatro coles, la trama extravagante de una novela que se escribe a diario y según el último giro dramático del demente de turno.

“Nuestros dirigentes están hartos de toda la información que la ciencia, el estudio y el periodismo de investigación han vertido sobre la humanidad. Creen que el país entero también está harto de tanta información y tal vez estén en lo cierto. No pretenden que volvamos a seguir el patrón del oro. Quieren algo todavía más básico: pretenden que volvamos a seguir la voz del charlatán”, escribió Vonnegut en Un hombre sin patria, dos años antes de morir.

Como diría Wilbur Narciso-11 Swain: “Hi-ho”.

 

6.

 A diferencia del paranoico Philip K. Dick o del metódico Isaac Asimov, que como clarividentes predijeron –y con seguridad seguirán prediciendo– el futuro, el de Vonnegut no es el oficio del profeta, sino que se parece más al de un antropólogo –al fin y al cabo estudió esa carrera en la Universidad de Chicago–. En clave sci-fi, descubre fascinado la ambigüedad humana, desde la decencia y la generosidad, hasta la brutalidad y la indiferencia. Me explico: a Vonnegut no le interesan tanto las naves espaciales, los robots o los extraterrestres, aunque los usa con fines casi didácticos; sino la condición de nuestra especie, la crueldad de la sociedad y, cómo no, la agonía y la belleza de la vida.

Entonces leer a Vonnegut es como leer esos libros del lejano planeta Tralfamadore, que él describe en Matadero Cinco así: “Los libros tralfamadorianos eran ordenados en breves conjuntos de símbolos separados por estrellas. Cada conjunto de símbolos es un mensaje tan breve como urgente que describe una determinada situación o escena. Nosotros, los tralfamadorianos, los leemos todos al mismo tiempo y no uno después de otro. No existe ninguna relación en particular entre los mensajes excepto que el autor los ha escogido cuidadosamente; así que, al ser vistos de manera simultánea, producen una imagen de la vida que es hermosa y sorprendente y profunda”. Y, en su caso, también dolorosa.

 

7.

 Vonnegut, con ese triste y feroz sentido del humor, también expresó a la Paris Review lo siguiente:

 

–Dije que solo una persona en todo el planeta se benefició del bombardeo de Dresde, que debe haber costado decenas de millones de dólares. El ataque no acortó la guerra en medio segundo, no debilitó ninguna defensa alemana, no liberó a una sola persona de un campo de exterminio. Solo una persona se benefició. No dos ni cinco ni diez. Solo uno.

–¿Y quién fue?

–Yo. Tuve tres dólares por cada persona asesinada. Ima-
gine eso.

 

8.

 Solo hay que agarrar una, cualquiera, de sus catorce novelas –si se incluye la extrañísima Cronomoto en el género– y leer esa prosa sencilla y efectiva –mas no efectista– que corta con el filo de la obsidiana. Un estilo que lo caracterizó desde el principio, desde que publicó su primera novela, La pianola, inspirada en su paso por el departamento de relaciones públicas de la General Electric y donde ya despuntaba esa voz inteligente que destruye y construye el mundo.

Vonnegut fue un especialista del fin, quien sostenía que un escritor tiene “la obligación de, al menos, destruir una vez nuestro planeta”. Así que, con bombas de neutrones, con mesías que se materializan y desmaterializan, con predicciones numerológicas o con el congelamiento instantáneo del planeta, no pocas veces ofreció el absurdo clausurado por un “the end” definitivo.

 

9.

 Y como de finales se trata, Matadero Cinco termina así: “Un pájaro le dijo a Billy Pilgrim: ‘¿Pío-pío-pí?’ ”.

Y le dijo eso porque después de la carnicería eso es lo único sensato que se puede oír: el trino de un canario.

Vonnegut decía que los escritores son como los canarios que los mineros llevaban a las minas, aquellos que eran los primeros en morir cuando se liberaban los gases letales, aquellos que por su sensibilidad advertían con su canto –o con la ausencia del mismo– lo que se avecinaba, como lo hicieron Orwell, Bradbury o Foster Wallace, o como lo siguen haciendo algunos que aún trinan posados sobre sus ramas, como Michel Houellebecq o el extravagante Yasutaka Tsutsui.

Hay una escena bellísima en Desayuno de campeones, en la que Kilgore Trout –el entrañable álter ego de Vonnegut que salta de novela en novela– le dice a Bill, su canario, que le concederá tres deseos. El primero fue abrirle la puerta de la jaula, el segundo fue abrirle la ventana, pero justo en ese momento el pájaro se alarma tanto que vuela de nuevo hacia el interior. Entonces, Trout vuelve a cerrarla y le dice: “Jamás he oído de alguien que haga un uso tan inteligente de sus tres deseos. Te aseguraste de quedarte con algo que desear: salir de la jaula”.

¿Pío-pío-pí?

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Julián Isaza

Autor del libro de cuentos Ondas expansivas y de la selección de crónicas Alucinación o barbarie. En 2009 ganó el Premio Internacional de Periodismos Rey de España, por el artículo "Atlas es chocoano", y en 2016 fue uno de los finalistas del Premio Nacional de Cuento La Cueva

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