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Filosofía

¿Y para qué sirve un bebé recién nacido?

Sobre la inutilidad de la filosofía

Mientras algunos funcionarios públicos cuestionan la enseñanza de la filosofía en los colegios y los académicos responden tratando de sustentar su utilidad, el autor de este ensayo hace de abogado del diablo en una defensa paradójica de lo abstracto y lo inútil. 

  Ilustración de Mao Díaz

 

Cuando Michael Faraday, el físico del Siglo XIX, descubrió que moviendo un imán sobre un cable de cobre podía generar una pequeña corriente eléctrica, el público indignado lo interpeló: “¿Y para qué diablos sirve tal cosa?”. Faraday, molesto, se ingenió una respuesta que al tiempo daba una medida de su contraindignación: “para nada. ¿Y para qué sirve un bebé recién nacido?”.

La réplica de Faraday da en el clavo de algo que bien se puede decir no solo con respecto a los bebés y al electromagnetismo, sino a la filosofía. Una reciente entrevista de Semana a Ignacio Ávila, profesor de filosofía de la Universidad Nacional, sobre la pertinencia de su campo –la pregunta concreta es infinitamente más difícil de resolver: “¿para qué sirven los filósofos?”–, ha atraído la atención sobre este interrogante que nos hacemos de vez en cuando quienes nos dedicamos a esto: ¿para qué sirve la filosofía? 

No solo es viejo el debate sino la respuesta denodadamente simple: si se entiende por utilidad la construcción de un objeto que sea una extensión de nuestro cuerpo, o la implementación de una serie de actividades que darán dinero o la solución a los problemas de la vida cotidiana, la filosofía tiene la misma función que los niños de brazos. La imagen del bebé propone un brutal contraste entre aquello que es claramente importante y lo que cumple una función como los paraguas, los teléfonos o los fondos de inversión. De hecho, la analogía invita a ir más allá. Las cosas inútiles –los campos magnéticos en tiempos de Faraday, los conceptos y los niños– suelen ser justamente aquellas en las que anidan nuestras esperanzas, donde toman forma los amores y los vicios, en donde nos jugamos el todo por el todo y por las que perdemos la vida o la cabeza. Odio tener que reconocerlo, pero fue Heidegger quien lo dijo con toda claridad: lo inútil tiene poder. 

Considérese la inutilidad del deporte profesional. ¿Realmente sirve para algo que veintidós personas persigan un balón en unas yardas de césped? Que produzca o no dinero no le quita un &aacut...

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Roberto Palacio

Es autor de Pecar como Dios manda: historia sexual de los colombianos y de Amor, delirio y redención. Actualmente prepara un conjunto de ensayos sobre la peculiar relación entre los filósofos y el sexo, que publicará Libros Malpensante en septiembre de 2017.

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