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Poesía

Infancia es destino

Poemas de Elena Salamanca

Presentación y selección de Helena Calle

Cuando Elena tenía cinco años y estudiaba en un colegio católico, le pusieron una banda con los colores patrios de El Salvador y la coronaron Reina de la Independencia para uno de los actos cívicos del 15 de septiembre, fiesta nacional de ese país.

–Mami, pero en la Independencia no hay reyes
 –apuntó.

Su mamá hizo silencio, pero la ironía estaba servida. Esa idea de nación, impuesta por los libros de texto llenos de heroísmos es, en sus palabras, “tan violenta como chistosísima”. El recuerdo de sus compañeros disfrazados como cadetes y sus fotos de niña vestida de enfermera tomaron sentido cuando se dio cuenta de que recibía una educación adoctrinante que la aburría hasta desesperarla; que vivía en un país en guerra donde enfermeras de verdad, las de la Cruz Roja, cortaban y pegaban los restos de los soldados que morían inmolados, y que en ese mismo país mataron a su padre a balazos por robarle un carro. La violencia era asunto suyo.

–Eso te marca porque esas ideas son impuestas, y ahora como historiadora intenté desmontar esa idea del Bicentenario y la Independencia. Escribo sobre personajes que son como las santas que me obsesionan, como las abuelitas que me criaron. Por eso digo que la infancia es destino.

De sus obsesiones y sus olvidos brota lo que escribe. Por ejemplo, “Sobre el mito de santa Tecla” es una reinterpretación de la vida de la santa, a quien le pidieron la mano y como no se quería casar se la cortó. El atractivo dramatismo de la escena es inevitable: “El hombre pensará: / qué perfecta mujer, es un árbol de manos: / podrá ordeñar las cabras, / hacer queso, / cocer los garbanzos, / ir por agua al río, / tejer mis calzoncillos. / Pero yo seguiré cortando mis manos”. Así como santa Tecla, existen Lilian o Teresa, madres o abuelas, reminiscencias de las que la criaron o las que ha visto “joseando” en las ciudades donde ha vivido, Ciudad de México, Tegucigalpa, Huelva.

Hace unos años, Salamanca leyó la historia de Amparo Casamalhuapa, una maestra de treinta años que en 1939 dio un discurso bajo la estatua ecuestre del prócer Gerardo Barrios, en contra de la corrupción. Se obsesionó de nuevo. Inspirada en esa imagen, en 2011 adornó la estatua de otro prócer, Francisco Morazán, con coronas fúnebres y una bolsa plástica negra, último refugio de los 4.360 jóvenes que murieron en el repunte de violencia que los salvadoreños sufrieron ese año. Vestida de primera dama, leyó “Landsmo(r)der, poema escrito expresamente para esto, justo en el momento en que la horda de oficinistas buscaba la avenida principal para tomar el bus: “Parí / cuantas veces pude / los hombres de la nueva raza. / Pero solo lo terrible se desprende de mí: cuánto coágulo, / cuánto plasma, / cuántos hombres que se degüellan como yo degollaba / a mis ovejas”. Y muchos, dice ella, oyeron atentos, y luego fueron a casa.

Gracias a este “acto cívico”, pasó de Reina de la Independencia a ser llamada en broma “madre de la patria”, landsmoder en noruego. Todo esto es satírico, claro. Es la construcción de un símbolo tan válido o risible como las banderas que se agitan en los días cívicos, o las lágrimas que se derraman con el himno nacional.

Siguiendo su impulso de llevar la historia y la literatura a los espacios públicos, fundó junto al artista Nadie y dirigió hasta este año la Fiesta Ecléctica de las Artes (fea), que fue escaparate y foro para artistas emergentes del país. También ha hecho homenaje en papel y plazas a escritores salvadoreños como Roque Dalton o Lilian Serpas. Todo esto en un país donde dicen que hay escasez de arte y exceso de sangre fresca. Fue columnista de Plaza Pública, de Guatemala, y colaboradora y bloguera de El Faro, de San Salvador, desde su época de estudiante de comunicación social hasta hace un año. También ha publicado cuatro libros: Último viernes (2008), Landsmo(r)der (2012), Peces en la boca (2013) y La familia o el olvido (2017).

Esta selección de cuatro poemas híbridos o “transgénero”, como los llama en broma, hace parte de La familia o el olvido (Kalina, 2017). Salamanca nos invita a los playones donde las madres van a buscar a sus hijos desaparecidos, abre las puertas hacia la íntima experiencia del dolor cotidiano y despoja de ambages los recurrentes duelos que vivimos en Latinoamérica.

 

 

Los pájaros

Dos mujeres entran a una cafetería. Llevan una jaula. Se sientan y piden el menú, ordenan: pan, café, té y azúcar.
Una es vieja, la otra es joven. La joven recibe el pan y lo entrega a la vieja. La vieja lo desmigaja sobre un platillo, abre la jaula, lo sirve y pregunta:
–¿Ya compramos el pan?
–Ya lo compramos.
–¿Cuántos panes compramos?
–Tres.
–El refrigerador se está llenando de hielo.
–Se descongelará.
–¿Ya cayeron las hojas del árbol del patio?
–Ya cayeron.
–¿Quién las barrerá?
–Alguien barrerá el patio.
–¿Ya está comiendo?
–Sí, ya come el pájaro.
–No, no, la niña, ¿ya está comiendo?
La niña es una estela en los ojos ciegos de la vieja. La niña no existió, o la crió hace tiempo. La niña murió o se fue, quién sabe, y ellas se quedaron con los pájaros.
Llenaron la casa de jaulas con pájaros, las abrieron, dejaron a los pájaros andar por la casa como huéspedes. Los pájaros dormían en los zapatos y defecaban en las figurillas de porcelana como defecan las palomas sobre los héroes de las plazas.
Cuando las mujeres salían, llevaban a los pájaros en la cartera, en el pecho como un prendedor; los pájaros subían por las ropas hasta instalarse en la cabeza:
–Qué bonito sombrero, señoras.
Qué bonito sombrero que vuela con el viento y no regresa como los sombreros que pierden los niños cuando no los atan a su cabeza, como los globos que suben a la inmensidad cuando los pierden los niños en el parque como los pájaros que salen de la jaula.
Los pájaros cantaban cuando alzaban vuelo, y ellas, con lágrimas, les decían adiós con la mano.
Adiós, pájaro,
adiós.
La casa quedó llena de plumas y de mierda, de cascarones de huevos y de mierda, de una capa fina de mierda que dejaron los pájaros en las tacitas y en las mesas como la dejan las palomas sobre los héroes y sobre las naciones, sobre la memoria y el olvido.
Y ellas decidieron salir.
El mesero se acerca con otra bandeja de pan. Coloca dos panes más sobre la mesa. Las mujeres desmigajan el pan. Uno, dos tres, cinco, dieciocho, veinte migas. El mesero pregunta si no es peligroso mantener la jaula abierta.
No.
No es peligroso.
El vuelo comenzó con la caída. La vida comenzó con unas alas estrellándose sobre la piedra, con una avalancha, lava y lodo, cuesta abajo, con un pájaro que no pudo levantarse. Los primeros pájaros tuvieron escamas, no lograron volar; todos los inicios comienzan con un final.
Las gentes que comen su pan y beben su café miran la mesa de las dos mujeres. Escuchan un pájaro que canta demasiado alto como si cien pájaros diferentes cantaran, como si la cafetería fuera en realidad una pajarera. La gente deja de comer, el mesero se acerca a servir café y tropieza con las patas demasiado largas de sus clientes. Le dan aletazos como cachetadas y cae con su bandeja con panes y tacitas.
Las mujeres no escuchan al pájaro.
Desmigan el pan.
No escucharon a los pájaros nunca.
Los perdieron.
Los clientes pían, reclaman, sus migas de pan; les salen picos de la boca, plumas de las axilas, colas de las faldas y los pantalones. El mesero escucha que trinan y aletean como aletean y trinan los pájaros en el alambre al atardecer, justo la hora en la que a la cafetería entran dos mujeres con una jaula.
Vacía.

 

 

Pez

Preparar el almuerzo de la desempleada: abrir una lata de sardinas, estrujar un tomate, rallar una zanahoria, partir la mitad de un pepino. Juntar en un plato. Servir.

Los ojos, como si hubieran cortado cebollas, inflamados de agua.

Caminar a la mesa, sentarse.

Morder la sardina, retener en la boca, devolver el tenedor al plato.

Los ojos, en el supuesto de haber partido cebollas, enrojecerán.

Mantener el pedazo de sardina sobre la lengua.

Salivar.

Los ojos, en el supuesto de que en el aire persista un intenso olor a cebolla, como si la hubieran cortado, llorarán.

La sardina en la boca, en el supuesto de haber sido alguna vez pez, nadará.

 

La madre
A Lilian Serpas

La madre despierta o muere, no se sabe.

El hijo se viste guapo, como se visten los muchachos que van a morir.

La madre despierta o muere, no lo sabe.

Le llegan noticias mientras parte el pollo. Un animal, un cuerpo destrozado en su mesa, alas de santidad servidas en plata. ¿Cómo habrían sido estos huevos si los hubiera empollado como empolló al hijo, primorosa, por nueve meses?, se pregunta. Estrella dos huevos en la cacerola.

Lilian, mujer esdrújula, zapatos blancos, de taconcito, caminando por ciudades desconocidas. Lilian, madre, un día parirás un mar de hijos y te ahogarás en ellos.

 ***

El hijo se arremolinaba en el pecho de la madre como un gato lo hace en la bola de estambre. Años después, el hijo fue un gato salvaje, y el corazón de Lilian fue una bola de estambre. Rota.

Una mañana, el hijo tomó las armas, se fue a Vietnam, se fue a Corea, se fue a la guerra. Y Lilian no supo dirección donde enviar una carta.

Una mañana, u otra, recibió un telegrama. Papel blanco, mecanografía impoluta, puntos. No decía: Te quiero, madre, nos vemos frente al capitolio u otro lugar sagrado. Decía tres palabras. Repatriación. Himno. Bandera.

Los aviones, pájaros tan terribles, llevaron el telegrama.

Lilian dejó el papel, lavó platos, quebró la vajilla.

Entre el agua y el jabón, la angustia. El estropajo húmedo metido en la boca.

Pensión, decía también el telegrama.

Dejó caer un plato con el miedo de caerse ella misma. De derrumbarse.

Años atrás, en un parque, una mujer le había leído las cartas: Tendrás tres hijos. Vulnerables. Ninguno excepcional. Mediocres. Alguno de ellos, tal vez, hará algo mayor.

En la escuela, los hijos de Lilian llevaban los zapatos lustrados, el cabello acicalado, las calificaciones regulares. Ella se preguntaba: ¿Cuál de ellos será el escogido, quién de ellos será el pájaro?

Cuando crezcan, dormirán desnudos con una mujer, pensaba, serán padres, tal vez oficinistas, se decía. Pero no decía, no podía pensar, que alguno sería simplemente un muerto.

***

El azúcar actúa de las formas menos dulces.

Abrí el azucarero, tragué todos los terrones, quise envenenarme.

Vomité cuando supe, o leí, o leyeron, el telegrama.

Hijo, me dijeron.

Héroe, susurraron.

Ceniza.

¿Adónde?, ¿dónde está el hijo?, tanteo sobre la mesa, ¿dónde está el par de ojos que puse en su pecho como prendedor?

Escupí los terrones como quise escupir diamantes de mi anillo de reina. ¿Qué dedo fue, qué anillo llevaba la reina de las Parcas que señaló a mi hijo? ¿Qué mañana soleada ya, amarilla, derretí azúcar para hacer miel para un pastel? ¿Qué pastel saqué del horno y dejé enfriar en la mesa? ¿Qué pastel corté como se cortan los cuerpos y serví en un plato como se sirve al enemigo?

***

Lilian tomó un cuaderno contra su pecho. Libro de recetas, anotaciones de kilos de azúcar, cucharadas, pizcas de sal. Anotó el telegrama. Transcribió palabra por palabra, punto por punto, punto final. ¿Qué se hace con los hijos muertos? ¿Qué se hace con los nombres de los hijos que mueren? ¿Dónde, en qué libro se inscriben?

No es tu mano la santa, Lilian, no es tu mano la que escribe. Es la guerra.

Si te matan al hijo en guerra, tendrá santidad. Si tu hijo es el que mata en guerra, tendrá santidad: lo ungirás con aceite de cocina, y servirás, en porcelanas, su corazón de ave.

Te vestirás de novia para esperar.

***

Un día volverá tu hijo, como vuelven los niños a los columpios. Volverá, pedazo de tierra, cenotafio, arma sobre la hierba, flor en mano.

Le dirás: No importa, hijo, que hayas matado a los niños. Los que matan en guerra son los santos de la nación.

Un día volverá entre trompetas como volverán los santos.

Y le dirás: Te esperé y bordé mi útero de flores.

La mortaja de un hombre santo es el vientre de su madre.

 


Carta

No todos los días se recibe una carta desde Europa. No en esa ciudad. No una carta.

La escritura de una carta es en esencia romántica. Una carta escrita a mano por alguien al otro lado del océano. Alguien que busca un buen bolígrafo –tinta azul– y un buen papel –de algodón– para decir un par de cosas. Lo que podría decir un telegrama, una llamada telefónica o un correo electrónico.

–Vuelvo pronto. Seamos jóvenes de nuevo.

Un venido a menos, habría dicho el padre.

Un aventurero sin carisma, diría ella.

Un muchacho leído, habría sentenciado la abuela.

En efecto, el muchacho había leído mucho, lo que una biblioteca de familia venida a menos permite: rusos, franceses, ingleses. Se había quedado, como la fortuna de su familia, en el siglo xix.

Los hombres románticos buscan muchachas anémicas. La fantasía de la protección, la fantasía, sobre todo, de una muchacha que, a pesar del desparpajo histórico, anide la ternura en el cabello. ¿Qué harían los románticos sin el pájaro?

La muchacha anémica dobló la carta, miró las flores sobre la ventana. Necesitó un paisaje. No hubo, ni siquiera, la estampa de un atardecer.

Hacía, sin embargo, mucho sol, y por el calor, las flores morirían pronto.

Mañana, ojalá, pensó.

Ojalá.

 

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Elena Salamanca

Actualmente escribe su tesis doctoral en historia en El Colegio de México

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