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Entrevistas

Rojas Herazo

Un árbol que busca su patio

Hace diecisiete años, un entonces joven periodista llegó a Bogotá a conocer a uno  de sus escritores más admirados. Ese diálogo se convertiría en la última entrevista concedida por Héctor Rojas Herazo, un año antes de morir. El autor y su interlocutor encuentran un amable resguardo poético, lejos de las raíces caribeñas de ambos.

© Dairon Quezada Fernández

 

La preocupación más grande de Héctor Rojas Herazo es saber que su teléfono está dañado. Observa el aparato desde un viejo y grueso mueble de cuero. Su único deseo es que de un momento a otro vuelva a sonar.

Ahora que su cuerpo resulta demasiado pesado para la fuerza de sus piernas, sus salidas por la capital se han reducido; el teléfono le resulta imprescindible para tener noticias de sus amigos. Tiene en mente el nombre de uno de ellos: Gustavo Ibarra Merlano. Hace diecisiete días que no sabe nada de él, y está desesperado.

 –¡Carajo! y... ¿cuándo van a arreglar ese aparato? –pregunta a Rosa Isabel, su esposa, a quien con dulzura llama “la niña Rochi”.

–Ya llamé... pero no han venido –responde ella, mientras desenreda una madeja de lana sobre su falda.

–¡Mami! y... ¿cuándo carajo van a venir? –dice el maestro con voz ronca y profunda.

–Tú sabes mijo que aquí en Bogotá no le hacen caso a nadie. Hay que esperar.

Rojas vuelve su mirada impotente, triste, hacia el teléfono. Levanta sus dos manos y se cubre la cara, estira sus cachetes de ochenta años y exclama: “¡Qué vaina, carajo!”. Y su fuerte voz deja un silencio que nadie se atreve a interrumpir.

Desde mi llegada a Bogotá he llamado varias veces a la casa de Rojas Herazo. Nadie responde. Pienso: “Quizá no esté. Quizá escribe los últimos versos de un nuevo poema. Quizá corrige los párrafos de un viejo cuento. Quizá mezcla ocres y negros para una nueva obra... Y no desea responder. Quizá lee el libro de algún joven poeta costeño, de esos que llegan a la capital y pasan a saludarlo. Quizá relee algún libro de Azorín, Faulkner, o repasa los versos de Edgar Lee Masters, o prepara una nueva exposición de sus pinturas... y no quiere responder. Mejor ir a buscarlo.

Una mañana, durante una entrevista en la Feria del Libro, le comenté al escritor Pedro Badrán Padauí mi intención de dialogar con Rojas Herazo.

–¡Ve con tranquilidad! –dijo, y enseguida advirtió–: El peligro de conversar con Rojas es que al final él termina preguntándole todo a uno.

El día que decido ir a buscarlo, una fina lluvia como de alfileres de hielo me acompaña hasta su apartamento. Dairon Quezada, quien cumple para la ocasión el rol de reportero gráfico, aprovecha la caminata por la carrera tercera para comprar unos rollos fotográficos. Al llegar a la esquina de la tercera con 22 vemos el Edificio Sucre.

–Tiene que ser aquí, el hombre es de Tolú, ¿no? –dice Dairon, en broma.

Sí. Es de Tolú y vive en el Edificio Sucre. Extraña coincidencia que nos hace pensar, sin descartar la broma, que es muy cierto que él nunca ha salido de su tierra ni de su patio en Tolú, ni mucho menos de Cedrón, lugar que ha imaginado en sus obras.

Al entrar al edificio, el portero baja el volumen de su radio y mira su reloj. Le decimos que estamos buscando a Héctor Rojas Herazo.

–Será a don Héctor Rojas, el escritor y pintor –responde, como si hubiéramos cometido una gran imprudencia.

Toma el citófono, marca el número del apartamento y dice:

–Buenos días mi señora, aquí hay dos jóvenes que preguntan por don Héctor... Que quiénes son ustedes... que son periodistas. Que de dónde vienen... dicen que vienen de Cartagena.

Silencio.

–Que pasen al citófono –indica.

Nos entrega el auricular y Patricia, hija de Rojas Herazo, nos hace nuevas preguntas y nos orienta.

Dice que son las nueve, que están levantándose, pero que podríamos regresar al medio día. Mientras tanto, ella va a comentarle a su papá sobre la visita.

El maestro está arriba. El mismo de Respirando el verano, de En noviembre llega el arzobispo, de Celia se pudre; de cientos de versos recogidos en poemarios como Rostro en la soledad, Tránsito de Caín, Desde la luz preguntan por nosotros, Agresión de las formas contra el ángel y Las úlceras de Adán, obras cuya temática, como él lo ha dicho, es la tibia presencia del hombre en la Tierra.

 

La bárbara inocencia, / los ojos indecisos y las manos, / el horror de vagar sin un delito. / Y él se golpeaba el pecho, se decía, / yo suspiro otra cosa, yo quisiera, / mientras Dios, en el viento, respiraba. // Lo inventó una mañana (en esto consistió el privilegio) / y olfateó su terror, sus crímenes, su sueño. //Entonces conoció la alegría de no ser inocente. // Y se apiadó de Dios / y lo hospedó en sus úlceras sin cielo.

 

Es el primer hombre que Rojas imagina en su poema “Las úlceras de Adán”.

 

Volvemos a las doce. No hay más preguntas, solo invitaciones. Subimos hasta su apartamento. Lo recorremos con nuestros ojos, pero él no está por ninguna parte.

Doña Rochi busca su aguja de tejer y enrolla una hebra de lana en su índice izquierdo. Patricia nos invita a sentarnos. Dairon saca su cámara y yo busco una silla al lado del gran mueble de cuero negro.

–¿Cómo está Cartagena? –pregunta doña Rochi.

Hablamos de sus recuerdos. De sus paseos por el sector amurallado, de las bellas casas de Manga, de la playa de Marbella y sus pescadores mañaneros, y hasta habla de la posibilidad de regresar a Cartagena y ver el mar junto a Héctor todos los días.

–¿Y qué está tejiendo? –pregunto para alejarla de la nostalgia.

–Mira allá mijo –y señala el gran mueble de cuero–. Ahí se sienta Héctor, ¿ves el hueco que tiene ese brazo? Era un huequito, se le puso cinta pegante, pero siguió rompiéndose. Se le puso más cinta, pero así se ve muy feo. Entonces voy a hacer un tapetico para ponérselo encima.

Teje con rapidez las primeras cadenetas. El hilo se desliza obediente entre sus dedos. Fijo mis ojos en sus manos y queremos hacer nuevas preguntas, pero nos enreda el silencio.

Lo escuchamos arrastrar sus pasos. Vienen desde el pasillo que conduce al cuarto donde el maestro pinta y escribe. Su voz se escucha fuerte, un saludo cálido. Como el de un gigante que intenta convencernos de que no nos hará daño.

 

 

Viene arropado hasta el cuello. Asoma su cabeza; su cabello blanco. Doña Rochi recoge sus piernas, y él atraviesa con dificultad el angosto espacio que lo lleva hasta el gran mueble de cuero. Cae. Solo su cuerpo se ajusta a ese espacio. Y encaja su codo en el pequeño hueco que doña Rochi había señalado.

–Hace días llegamos para asistir a la Feria del Libro –les digo.

–¿Por qué no habían venido antes? –reclama Rojas.

–Queríamos avisarle. Llamamos varias veces.

–¡No era necesario! Vienen, y yo los recibo –parece una sentencia.

–Pensamos que estaba de viaje o muy ocupado.

–Ese teléfono... ¡Carajo! ¿Cuándo van a arreglar ese aparato? –pregunta.

–Ya se llamó... pero no han venido –dice doña Rochi.

–Mami... ¿Cuándo carajo van a venir?

–Tú sabes mijo que aquí en Bogotá no le hacen caso a nadie. Hay que esperar.

Ya sabemos lo que sigue: levanta sus dos manos. Cubre su cara, estira sus cachetes de ochenta años y exclama:

–¡Carajo, no sabe uno de nada ni de nadie! ¡Qué vaina!

Un profundo silencio corre por todo el apartamento, apenas interrumpido por el sonido del obturador y la luz del flash.

–Mijo, ve... –dirigiéndose a Dairon–. Si vas a tomar más fotos, espérate y yo me cambio.

–Se vuelve uno vanidoso aquí en Bogotá, maestro –le digo.

–Claro. Es que uno anda con tantos trapos encima... Pero espérate, espérate. Yo mejor me quito esta ruana y me pongo otra cosa.

Quedamos con la niña Rochi en la sala. Sus ojos azulados revisan la primera vuelta de su tapetico. Parece estar sola. Viéndola tejer, recordamos un hecho que Ibarra Merlano le cuenta a Álvaro Suescún en un reportaje titulado “El ímpetu genial de Héctor Rojas Herazo”: “...le ofrecieron un puesto de corrector y traductor en Planeación Nacional... y entonces Héctor le dijo a Rosa Isabel Barbosa, su esposa, a quien le decíamos Niña Rochi: ‘Me han dado un puesto, pero en este momento tengo en la cabeza mi novela Entre los ojos de Filipo [Respirando el verano]. Una de dos, o cojo el puesto y entonces pagamos el colegio, pagamos la casa, comemos bien, pero no escribo la novela; o escribo esa novela y entonces no habrá plata ni para los estudios, ni hay plata para la casa’, y Rochi le contestó: ‘Escribe la novela, qué carajo’ ”.

–¿Escribe mucho el maestro ahora? –le digo para detener su aguja.

–¿Cómo dices mijo? –pregunta distraída.

–¿Que si escribe mucho el maestro ahora? –repito.

–No. Se la pasa pintando. Dice que ya escribió lo que tenía que escribir.

 

Rojas Herazo regresa peinado, con una sonrisa pícara.  Pero a la vez inocente, inofensiva.

Suéter verde cuello de tortuga, chaqueta y bufanda roja, y vuelve a caer en su mueble de cuero.

–Fíjate, Gustavo Ibarra Merlano vive también aquí, pero hace días que no lo veo. No sé nada de él. Sé que ha estado un poco enfermo.

–Pero hablan mucho por teléfono –aclara doña Rochi.

–Sí, por eso es que me choca no tener teléfono. Si lo tuviera, lo llamaríamos ahora –replica Rojas.

Ibarra Merlano, su gran amigo desde aquel lejano encuentro en la Plaza de la Merced en 1935. Eran un par de muchachos que amaban la literatura y se sentaban en las banquitas a hablar de Verne o Melville.

Habla de él, de su capacidad de amar, de su infinita lealtad, de sus discusiones sobre Dios y lo divino.

–Tenemos desacuerdos que siempre acordamos
–dice Rojas con una sonrisa que evoca a los amigos del pasado. A los que no han regresado. A aquellos que ya se han ido.

Pasando rápidamente las páginas, Rojas Herazo salta de un compañero de lecturas a otro.

–Toño del Real fue mi primer gran amigo, desde niño –continúa–. Fue el primero que me regaló libros. Me dio los de Emilio Salgari, ese fue mi encuentro con la fantasía. Me prestó libros de Buffalo Bill, donde conocí la historia de los indios del Oeste. Nos entendíamos muy bien. Aprendimos a fumar. Incluso alcanzamos a tomarnos los primeros traguitos. Era casi un hermano. Hombre muy culto, magnífico historiador, buen crítico y cartagenero valioso. Me dolió mucho su muerte.

 

 

Le pregunto si es acertado afirmar que Toño del Real afianzó su pasión por la lectura y la escritura, pero que fue Clemente Manuel Zabala quien le brindó la oportunidad para escribir en El Universal.

–Al maestro Zabala lo conocí aquí en Bogotá. Tenía una gran fama, era redactor literario de varios periódicos. Me lo presentó Jorge Artel. Conocía su trabajo y le dije: “Ombe, maestro, es un placer conocerlo”, y de inmediato nos compactamos en amistad. Era un hombre sumamente amoroso, un hombre superior. Uno de los periodistas más ilustres, porque fue un periodista de la cultura. Un hombre extraordinario, y con un gran conocimiento musical.

Para esos años en que Héctor Rojas trabajó en El Universal, bajo las órdenes de Zabala, se dio una estrecha relación con los periodistas de Barranquilla, quienes eran alimentados por don Ramón Vinyes, “el sabio catalán” que llegó a la Arenosa en 1914.

–Ramón Vinyes hacía la revista Voces –recuerda Rojas–. Era una revista superculta. Fue el primero que habló de Nietzsche. Tanto Zabala como Vinyes eran muy leídos. Sabían varios idiomas. Luces para los escritores nuevos como yo. Tanto en Barranquilla como en Cartagena se reunían varios grupos, la verdad es que no he pertenecido a ninguno, lo que he tenido son grandes amigos. En Barranquilla tenía a Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Alejandro Obregón...

–¿Qué es lo que más recuerda de esos amigos, por ejemplo de Álvaro Cepeda Samudio? –pregunto.

–Sí claro, hay algo que no olvido, fuimos con Rafael, mi hijo... ¿mama, te acuerdas? –dirigiéndose a la niña Rochi–. Cepeda tenía un carro muy rápido. Cogía esas vías de Barranquilla a toda velocidad y le dedicaba todos los semáforos en rojo a mi hijo, aceleraba y se los volaba. La niña Rochi y yo nos poníamos muy nerviosos, ¿te acuerdas mami? Mientras Rafael y Álvaro se morían de la risa. Eran sus travesuras. De él han dicho que era loco –continúa Rojas, con potente voz–, pero no es así. Él no era loco. Era un hombre muy fino, de un gran sentido del humor y además un gran lector. Leía a los escritoresy novelistas contemporáneos, lecturas que eran inéditas para nosotros. Cepeda es un modelo humano y literario, único en este país.

Cuenta Germán Vargas que cuando Rojas llegaba a Barranquilla, sus amigos le organizaban recitales en las emisoras locales, y le ayudaban a vender, entre los ejecutivos y funcionarios públicos, unos dibujos a lápiz con la imagen del general Santander. Aquellos retratos del Hombre de las Leyes son las primeras muestras de su otra afición: la pintura.

Después de escudriñar en sus recuerdos, Rojas halla una anécdota con Alejandro Obregón como protagonista.

–Álvaro y Alejandro habían llegado a Bogotá para visitar una exposición mía en la Biblioteca Nacional. La muestra estaba constituida por unas obras que titulé Cuadros con brujas, y otras en las que había dibujado unos peces. Obregón se me acercó al oído y con cierto misterio me dijo: “Oye Héctor, hay más brujería en esos peces que en las mismas brujas”.

–Había mucha unidad entre los creadores de Barranquilla y Cartagena en ese entonces, ¿cómo fue esa experiencia de compartir? –pregunto.

–Lo que ocurrió fue lo siguiente: en el Caribe no teníamos ninguna vanidad ni antecedentes literarios, salvo casos como el de Luis Carlos “el Tuerto” López; pero en el fondo, no teníamos una espesura heredada para trabajar. ¿Qué ocurrió? ¡Ombe!, el costeño se volvió serio y se dio a la tarea de buscar cuáles eran los textos legibles, es decir, queríamos saber cómo se trabajan la novela y la poesía contemporáneas. Entonces nos abrimos universalmente. Estábamos solos, con el ímpetu del mayor esfuerzo, la actividad creativa era la que nos consolaba. Cuando íbamos a escribir un poema lo meditábamos en la forma más honda. Lo mismo ocurría con una página que fuéramos a publicar en el periódico. Solo había un camino: trabajarla lo mejor posible. A mí lo que me interesa es acercarme, con un gran deseo de consuelo, al ser humano, a su sufrimiento.

 

...la casa se desprendía a pedazos y las vigas caían en la noche como los costillares de un cadáver podrido. La abuela, con los ojos irascibles y duros, pareció reunir todo el ímpetu que quedaba en su alma y, con una tozudez heroica, como si una fuerza insospechada entre aquel manojito de trapos y aquellos huesecillos de pájaro la atornillara al caserón destruido, se opuso a todo razonamiento, a toda insinuación de abandonar los zozobrantes despojos.

Fragmento de la novela Respirando el verano.

 

–A mí me interesaron mucho esos autores de los que todos hablaban: Whitman, Kafka, Apollinaire, Azorín. Al leerlos, recordé que mamá Buena, mi abuela, me hablaba de cuando la casa era muy hermosa, una casa distinguida, pero lo que yo conocí de niño era una ruina... una total ruina. Se metía el sol por los techos y paredes. Ahí descubrí el esplendor y la riqueza de la ruina. Quise mucho a mamá Buena, era una mujer muy dulce y de mucho carácter. Sus diálogos e imágenes empezaron a trabajarme desde niño. Con imprecisiones, y duré años pensando en eso, hasta que se fue cuajando aquello. Eso es lo que he llevado a la escritura –dice Rojas con intensidad.

–¿Ahí aparecen sus conceptos de pudrición, deterioro y muerte?

–Claro, la podredumbre. Lo que ocurre es lo siguiente: ¿qué es el vivir? Es un lento morir. O sea, te vas pudriendo. Además, el hombre es de una indefensión absoluta ante la muerte. Me impresiona cómo un político persigue el poder como si se lo fuera a llevar a la tumba. El hombre es indefenso y totalmente ignorante. No sabe nada de nada. A la hora de la verdad usted le hace tres preguntas esenciales a un tipo de esos y no se las puede responder: ¿de dónde venimos?, ¿para dónde vamos? y ¿quiénes somos? Mientras el hombre no pueda responderlas, no sabe nada. Lo demás son vanidades filosóficas y pendejadas. Hay una frase que es clave: “Me fascina la persona que está buscando la verdad, pero odio aquella que está convencida de que la ha adquirido”. ¿Quién va a adquirir la verdad? ¡El hombre no sirve pa’ un carajo!

 

 

–Por eso su actitud permanente de búsqueda. Seguir hasta donde lo lleven sus sentidos.

–Un tipo una vez me hizo una entrevista, y me dijo: “Usted es como un renacentista”. Y le contesté: “¡Un momentico! No soy médico ni pintor ni escritor ni renacentista... ni nada. Soy un hombre que unas cosas las intenta escribir y otras las intenta pintar. Además, si la pintura es grafía, eso es la misma cosa”.

–Además de su actividad creativa, ¿qué hace para disfrutar de la vida, para vivir?

–Sencillo. Estoy muriendo todos los días. No hay nada más que hacer. Llega un momento en que usted se funde con la muerte. Se une a ella, resultan dos grandes amigos, tiene que ser. El que olvida el morir se está olvidando de sí mismo. La riqueza de esos asombros viene de saber que uno se va a ir. Toda instrumentación de lo positivo en el vivir viene del sentido de la muerte. Todos los días se está uno despidiendo. Todo está lamido, sentido, humedecido por la muerte.

–¿Y qué piensa de aquellas personas que la buscan de manera intencional?

–Puede ser un excesivo amor por la muerte y quieren irse con ella... A mí me gustaría saber el día que voy a morir para despedirme tranquilo. Quiero mucho a la muerte, por eso, interiormente estoy muy alegre. Además, no me destruye por el contrario, la esencia misma de mi existir es ella. Me impacientan tanto los actos de esos tipos que se consideran importantes. Lo que realmente merece un hombre no es ser importante, sino ser útil. Hay individuos que, carajo, se destruyen por alcanzar poder o dinero. ¿Se lo van a llevar? Los enamoramientos de lo que apenas transita es una tontería. Lo más hermoso es llegar a la fusión con el ser humano. No entiendo este país. A la gente le fascina hacer enemigos.

– ¿Los tiene usted, maestro?

–Claro, sé de personas que me tienen una profunda enemistad, y nunca las he conocido. Me da mucha risa. ¿Cómo va usted a procurar enemistad teniendo la posibilidad de hacer amigos? Hay escritores que todos los días se inventan un enemigo. El desamor del hombre por el otro hombre es lo que destroza la paz y es el principio de la violencia.

–¡Mami, dame agua! –dice Rojas Herazo agarrándose la garganta. Tose. Se acomoda su bufanda y vuelve a toser.

–Agua, mija, para Héctor, apúrate –dice doña Rochi, dirigiéndose a alguien en la cocina.

Bebe su agua y entrega el vaso a una menuda joven que había salido desde el fondo del apartamento.

–¿No quieres un café, mijo? –pregunta doña Rochi a Héctor.

–Ahora no. Lo que quiero es más agua, mami...

 

No me pongan a derecha mis sentidos / ni a izquierda mi dolor y mi sonido. // Yo soy de aquí. De aquí, de donde piso, de donde crezco y muero, / donde tiemblo y espero, / donde tengo parada mi estatura / y mis cinco sentidos verticales. / No me llamen, siquiera, por un nombre. / Llámame simplemente como se llama frío a lo que hiela / o fuego a lo que quema / o viento a lo que esparce y multiplica / Porque esto soy, no más, esto que miran / sufrir aprisionado en el vacío: / una mezcla de sangre, hueso y nada, / de agua sedienta y clamoroso frío.

Del poema “Primera afirmación corporal”.

 

 

–¿No le hace falta acá un patio, un palo de níspero, por ejemplo?

–Claro que me hace falta, pero ahí ocurre una cosa. Puedo vivir en Bogotá, en donde sea, ¿entiende?, pero donde estoy sembrado, porque yo soy arbóreo, es en el patio de Tolú. De ese patio salió todo.

–¿Imagina ese patio con regularidad?

–Claro, todos los días, y ahora esos recuerdos se van agudizando más a medida que avanzo. Son más nítidos.

–Elementos de sus obras se reinventan en creaciones de poetas tales como Rómulo Bustos o Jorge García Usta.

–Lo que ocurre es una cosa, ellos también son patieros. Enfocan el patio y el paso del silencio con una finura verbal extraordinaria. Rómulo es uno de los poetas positivos que tiene la Colombia nueva. Es un hombre que ama el sollozo y la hondura familiar. Ama la amistad. Es un hombre esencial y notabilísimo poeta, pero aquí la clave es que ellos son también patieros. Hay muchos patieros que escriben muy bien.

–¿Se siente usted, en esa mirada al patio, como patriarca o referente?

–¡No, no! ¡Me siento compañero! Es una unificación en el sentir. Lo que realmente interesa es que sean hondamente sentidores, que padezcan, que sufran y que adquieran la alegría del sentir. Ellos están prensados al vivir. Están logrando una gran finura en el decir. Aunque, en el fondo, todo ser humano lo que busca, sin saberlo, es la poesía.

Cuando Héctor Rojas llegó a El Universal, comenzó a publicar la columna titulada “Telón de Fondo”. Era la voz de su ser sentidor. Cantos al pensamiento humano y evocación de sus recuerdos. En ella manifestó su reconocimiento a personajes del cine y el arte, escribió sobre el escritor o los burócratas de turno, o sin pudor (escándalo local) escribió sobre la mujer y sus nalgas.

Pero su gran tema es el que esboza en su columna titulada “El héroe común y corriente”: “El tema simple, monumental y heroico –heroico por lo aterradoramente normal de este sacrificio terrestre– de un hombre a quien no le ocurre absolutamente nada”.

 

 

El jueves 13 de enero de 1949, Clemente Manuel Zabala escribió unas líneas donde se refirió al trabajo de Rojas: “Es todo un drama intelectual en nuestro medio. Se encuentra, por así decirlo, en el mediodía de sus facultades técnicas. Ahora, precisamente ahora, es cuando esta juventud puede ser aprovechada al servicio del arte nacional. Tiene una de esas raras personalidades llamadas a conquistar, a influir, a perdurar”.

Para la fecha de aquella publicación, Rojas tenía 28 años, y el periodismo constituía su principal pasión.

–Con “Telón de Fondo” usted generó reflexiones sobre nuestra realidad, pero parece que ahora no se hace pensar a la gente.

–No... Y un detalle: una de las cosas que ha creado la tensión de la violencia es el periodismo. Detestan la cultura y les fascina la violencia. Al periodismo le interesa solo la imagen. Cuando un país, a través de los transmisores de cultura, principalmente los periódicos, se olvida de sus deberes, viene el horror. La cultura es la que fundamenta elementos reflexivos y humanos para poder vivir. Apenas se carece de ella, otra vez vamos a subirnos a los palos.

 

Nunca fuiste completamente joven / nunca serás completamente anciano. / Un disturbio de fuego equilibra tus años/ ¿Ves ese niño que contempla tu rostro en el espejo y vibra y te envejece mientras arde? / Es el sueño sin tiempo, / el hombre sin edad que en tu cuerpo regresa. / Fluye, pues, en tus años que acompasa la muerte. / El joven que no fuiste / te espera en el anciano que eres.

Del poema “Anciano ante el espejo”

 

–¿Sigue usted teniendo predilección por los recuerdos de su infancia?

–Diariamente regreso a ella. Nunca la abandono. Lo que sostengo es que uno es pura infancia apelmazada. El niño es una hondura inocente. Es superior porque está estrenando sentidos; al estrenar los sentidos está estrenando el asombro. Cuando tenía más o menos cinco años, recuerdo una tarde en que había llovido mucho, de pronto me quedé viendo el cielo. Todo estaba en silencio y la luz era oscura. Estaba sentado junto a mamá Buena, frente al muro que nos separaba de la casa vecina, y en ese muro vi la tristeza. Y supe, intuí, reconocí, que había un día en que tenía que morir.

Se queda inmóvil. Sus ojos abiertos, enormes. Su boca entreabierta. Sus inmensas manos congeladas en el aire. Sabemos que aquella imagen pasa ahora por su mente y decidimos esperar a que vuelva a moverse.

–Niña Rochi... ¡Mami! –dice–. Ahora sí nos tomamos el café.

La niña Rochi detiene su aguja y alza el pequeño tapetico que ya comienza a tomar forma. Una delicada pieza hecha de bridas y cadenetas.

–Está casi listo –nos dice.

Después del café, nos despedimos.       

–Vengan cuando quieran. Si el teléfono está dañado, no importa. Aquí siempre estoy yo.

Cuando cruzamos la puerta de salida del Edificio Sucre, su gruesa voz suena como un eco a nuestras espaldas: “Aquí siempre estoy yo, vengan cuando quieran”. Seguro regresaremos. Sí. Quizá no sea necesario. Su sola presencia, como se lee en uno de sus versos, ha dejado una sustancia eterna entre nosotros.

Esa sustancia eterna que Rojas Herazo impregnó en muchos escritores colombianos sigue compactándose. Luego de su muerte, ocurrida el 11 de abril de 2002, algunos de sus trabajos periodísticos, dispersos hasta entonces en viejas revistas, gacetillas y periódicos, fueron reunidos y editados en forma de libro. Primero fue Señales y garabatos del habitante, publicado por la Unión de Escritores de Sucre (ues), en agosto de 2002.

Rojas, hasta sus últimos días, trabajó en la edición y corrección de ese manuscrito, según cuenta Cristo García Tapia, quien en la presentación del libro escribe: “Aquí está el patio, viejo y poblado de fantasmas, abarcando en su colosal dimensión lo mítico y lo atávico; lo lúdico que deviene en espejismos; en alucinada travesía por los parajes laberínticos de aquellos miedos creadores de la infancia”.

En agosto de 2003, apareció un trabajo monumental: su obra periodística de 1940 a 1970, reunida en dos tomos de lujo editados por el Fondo Editorial Universidad Eafit. El primero se titula Vigilia de las lámparas, y el segundo La magnitud de la ofrenda. La compilación fue realizada por el poeta Jorge García Usta, obsesivo estudioso de la obra de Rojas Herazo. En el prólogo, García Usta destaca su importancia en la renovación del lenguaje y lo describe como un fundador vital de nuestra modernidad narrativa, y pionero en la difusión y defensa de la cultura del Caribe.

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David Lara Ramos

Docente de periodismo de la Universidad de Cartagena. Colabora habitualmente para el suplemento Latitud de El Heraldo y el diario Fénix de España. Recientemente Collage Editores publicó su compilación de crónicas El dolor es volver (2017).

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