Google+ El Malpensante

Crónica

Los pequeños soldados de Erdogan

Traducción del francés de Jorge Mestre

En medio de una crisis política, marcada por ataques terroristas, tensiones diplomáticas e incluso un fallido golpe de Estado, Turquía enfrenta lo que desde afuera se percibe como el comienzo de una dictadura. Un reconocido escritor francés recorre Estambul para entender el actual paisaje político del país y escuchar la voz de quienes osan apoyar a Erdogan.

Partidarios del presidente de Turquía esperan su aparición en la Plaza Kizilay (Ankara), tras un fallido golpe de Estado en 2016.

 

1

Tengo una cita con Bulut al pie de la torre de Gálata, en un barrio habitualmente muy turístico pero hoy en día abandonado por su público. Es sorprendente que en una ciudad tan cosmopolita como Estambul sea raro escuchar a alguien hablando en otra lengua que no sea turco. Ya en el avión no había más que turcos. El Gran Bazar está desierto, nadie hace fila a la entrada de Santa Sofía ni de la Mezquita Azul. Tal desinterés se debe a los tres atentados terroristas que, desde comienzos de año –y al contrario de los ataques de París, que en principio estaban dirigidos contra franceses–, han tenido por objetivo menos a los turcos que a los extranjeros que visitaban la ciudad. (Mientras escribo esto, acaba de producirse el cuarto.) La indiferencia se debe también al hecho cada vez más notorio de que el país se hunde en una dictadura. Así que ya nadie se muere por pasar aquí sus vacaciones –y bueno, de todas formas hay que admitir que, simple y llanamente, mediados de noviembre no es la temporada más veraniega–.

Escucho el llamado a rezo mientras espero a Bulut, que viene con retraso, cosa normal en una ciudad de catorce millones de habitantes conocida por la envergadura de sus embotellamientos. Bulut es un muchacho cercano a los treinta, juvenil, espigado y poseedor de un inglés tan refinado que por momentos me cuesta comprender. Cuando le pregunto de dónde viene esta maestría, si vivió por largo tiempo en Inglaterra o en los Estados Unidos, responde que no: películas y videojuegos. Contraté a Bulut en calidad de fixer. En el argot de la prensa, un fixer es un habitante del país que sirve de asistente a un periodista extranjero, lo ayuda a encontrar aquellos contactos que necesita, traduce, da sugerencias, hace de todo un poco. Un buen guía es una bendición, uno malo puede ser una carga, y tengo la impresión de que Bulut es bueno. Decidí recurrir a sus servicios, primero, porque no hablo una palabra de turco, pero también por otro motivo. Para un escritor francés es muy fácil encontrar en Estambul artistas, intelectuales, miembros de la clase media cultivada, occidentalizada, que hablan inglés o francés; que se declaran horrorizados por los eventos en curso y denuncian, con menor o mayor vehemencia, la brutalidad e incluso la locura de su presidente, Recep Tayyip Erdogan. Estas personas se nos parecen, más allá de la lengua tenemos un lenguaje común. Uno siempre puede arreglárselas para ir y cenar con ellos. Pero, ¿y los partidarios de Erdogan? ¿Los electores que hacen parte de su movimiento político, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco)? ¿Esa mitad de la población que aprueba de corazón todo lo que produce miedo en la otra, y que por añadidura nos da miedo a nosotros? Hay que intentar alguna otra cosa.

2

Pensé en algo: estos reportajes que hago desde hace casi diez años para la revista XXI me toman por lo general dos semanas, y esas dos semanas usualmente se reparten así: la primera se me va haciendo contactos entre personas parecidas a mí, a quienes he llegado gracias a amigos y a amigos de amigos: intelligentsia demócrata en Rusia, activistas proinmigrantes en Calais... Durante la segunda semana intento alejarme de esa plataforma tanto como puedo, y no siempre es fácil pasar al otro lado: putinistas de base o calesianos enfurecidos, como se denominan a sí mismos los cazadores de inmigrantes. En Estambul, decidí no esperar a la segunda semana para encontrar seguidores de Erdogan, y es por ello que recurrí a Bulut.

Bulut es a la vez reportero freelance, videoartista, miembro de un grupo de rock psicodélico y, de vez en cuando, fixer: su último trabajo en este terreno fue al lado de una periodista de la prensa femenina francesa que hacía una investigación a fondo sobre los implantes de bigote y barba –industria floreciente en Estambul y que atrae, o al menos lo hacía antes de que la situación se degradara, a una importante clientela del Medio Oriente–. Bulut se autodefine como un turco blanco, varón, occidental, nacido entre la burguesía estambulí. Todo lo necesario para ser un privilegiado, excepto que hoy en día, observa él con buen criterio, mientras bajamos las calles de pendientes empinadas y terriblemente peligrosas que van de Petra al puente de Gálata, un tipo como él está tan jodido como antes lo estaba un pobre o un kurdo, porque se le considera un traidor a la patria, uno de esos enemigos internos que el poder tiene en sus radares y a quienes en cualquier momento se les puede despojar de sus trabajos, privar de sus pasaportes e incluso de su existencia social. Bulut hace parte de quienes en 2013 ocuparon el Parque Taksim Gezi por quince días –en una movilización que es para los turcos lo que Mayo del 68 es para los franceses, y de la cual él guarda un recuerdo encantado– pero que en el curso de los tres años siguientes perdieron toda ilusión por el sistema y ni siquiera pueden formar una agrupación porque es demasiado peligroso. Y cuando le pregunto si tiene un plan B, levanta los hombros: exiliarse, ¿y para ir a dónde?, ¿a los Estados Unidos de Trump?, ¿a la Hungría de Orbán?, ¿a la Francia de Marine Le Pen? Y cuando le hago caer en cuenta que a ella aún no la eligen, él se ríe: “Ya verás. Es difícil de creer antes de que pase pero, en tales momentos, siempre sucede lo peor”.

El plan B es un tema recurrente entre las personas de treinta y cuarenta años que he conocido durante mis primeros días en Estambul. Estas personas, que no voy a nombrar pues así me lo han pedido, llevan, o cuando menos llevaban, una buena vida. Tienen familia, amigos. Son abogados, arquitectos, editores, cineastas o altos ejecutivos; viven en casas lindas de madera en los barrios bohemio-burgueses como Bebek y no tienen a priori ningún deseo de exiliarse, pero todos se hacen la pregunta, y esta nutre discusiones interminables: ¿en qué etapa del proceso habrá que partir antes de que sea demasiado tarde?, ¿antes de que se cierren las puertas y ya no sea posible, cuando se prohíban las escuelas mixtas, el velo sea obligatorio y el aborto criminalizado, cuando se restablezca la pena de muerte? ¿Hasta qué punto uno puede hacer la del avestruz y esconder la cabeza bajo la arena?

Cuando no basta con retirarle su pasaporte a un universitario que firmó una petición a favor de la paz con los kurdos, sino que se les retira también a todos los miembros de su familia, ¿no se ha rebasado ya la frontera a partir de la cual se entra en un Estado totalitario, donde la noción de derecho carece de sentido, en un Estado capaz de todo? La referencia de la subida al poder del Tercer Reich nunca está lejos, es con frecuencia explícita, y no menos de tres personas me han citado aquella magnífica y célebre fórmula –que está a punto de convertirse en un clásico aquí– del pastor Martin Niemöller: “Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron por los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío. Cuando finalmente vinieron por mí, no había nadie que pudiera protestar”.

 

 

3

Bulut programó un encuentro por la tarde con la hermana de su padre, ferviente seguidora de Erdogan. Su padre camina por la misma orilla, a diferencia de su madre, principal razón por la cual estos dos septuagenarios están divorciándose, probando así que en un Estado totalitario no es posible traficar sino con personas con las que se está completamente de acuerdo. Como vamos temprano para la cita, atravesamos el Cuerno de Oro por el puente de Gálata. No fue sobre este puente que se dio el combate durante el fallido golpe de Estado del 15 de julio del año pasado, sino sobre el entonces puente del Bósforo, que pasó a llamarse –en homenaje a los cerca de 250 partidarios leales al gobierno, civiles en su gran mayoría, que aquella noche fueron asesinados por los golpistas– Puente de los Mártires del 15 de Julio de 2016.

La placa fue fijada al mismísimo día siguiente y tenía el aspecto de haber estado ahí desde siempre, lo cual atizó la hoguera de los conspiracionistas –en este caso poco numerosos, a decir verdad, pues si bien es cierto que Erdogan aprovechó el golpe fallido para lanzar una purga contra los partisanos de su ex aliado, Fethullah Gülen, parece más difícil asegurar que él mismo lo haya organizado–.

En la baranda del puente de Gálata se acodan en filas estrechas pescadores con caña, ante quienes Bulut improvisa una pequeña encuesta callejera que comienza –hasta donde llega mi turco– con un “entonces muchachos, ¿están picando?”, después de lo cual me presenta como un periodista francés deseoso de saber lo que piensan sobre la actual situación política.

En general, los turcos son un pueblo amable, cordial, más inclinado a decir sí que no –opuestos en esto a los rusos–, pero un periodista francés causa un poco de fastidio y nadie tiene que decírnoslo. Los medios extranjeros se hacen un banquete con lo que pasa en Turquía pero prefieren ignorar, por ejemplo, que en Francia la cosa está a sangre y fuego. Lo que saben de los medios extranjeros estos pescadores que no hablan más que turco, me hace notar Bulut enseguida, evidentemente es lo que los medios nacionales les dicen, y esto con una fidelidad discutible, como lo mostró la falsa entrevista a Christiane Amanpour.

Christiane Amanpour es una periodista-vedette de CNN, que cubrió la megamanifestación del Parque Gezi con una simpatía que disgustó al periódico religioso Takvim. Por ello, Takvim publicó una entrevista con ella bajo el elocuente título: “Dirty Confessions from CNN”, y en cuanto a lo dirty, lo era bastante, puesto que Amanpour (quien, como era obvio, nadie de Takvim había entrevistado) confesaba con crudeza que, al presentar a Turquía como un país al borde de la guerra civil y al utilizar más veces de lo necesario la palabra “dictadura”, no hacía sino seguir los mandatos de su dirección, dirección que a su vez recibía órdenes de grandes grupos financieros, del lobby judío y de la industria licorera, de los gülenistas, de la CIA y en general de todos aquellos que tienen interés en que el país fracase.

Pero una vez más, los turcos son personas amables y, pasada su desconfianza respecto a los periodistas extranjeros en general, se llevan al periodista extranjero, que se presenta como individuo y sobre quien no existen motivos para considerarlo un mal tipo, a practicar el deporte nacional, el cual consiste en sentarse sobre pequeños bancos en un bistró al aire libre y al borde del agua para fumar cigarrillos liados sin afán, aromáticos, que me hacen arrepentir de haber abandonado el tabaco, y sorber el té servido en esos vasos con forma de tulipán que uno ve por todas partes y que llaman ajda, en homenaje a las formas onduladas y sinuosas de Ajda Pekkan, una cantante de los años setenta cuyos dúos con Enrico Macias aún hacen las delicias en YouTube.

Un hombre gordo, cordial, pueril, habla del golpe de Estado diciendo que Turquía no merecía eso. Porque golpes de Estado los ha habido aquí, más o menos uno cada diez años, pero se hacen teniendo en cuenta unas reglas mínimas. No comprendo muy bien qué reglas de juego fueron violadas, pero después Bulut me explicará que los últimos golpes, calificados de “virtuales” o “posmodernos”, consistían en que un general leyera un comunicado en televisión, luego de lo cual todo el mundo se dispersaba en buen orden. En este en cambio hubo cientos de muertos, más del lado leal al gobierno que del golpista, y sobre todo, contra todos los precedentes, el intento fracasó.

El amable gordo piensa que detrás había una mezcla de kemalistas, gülenistas y, por supuesto, la CIA, sin cuya bendición ninguna iniciativa de este género se emprende en Turquía. También considera que, aun si uno está en desacuerdo con el gobierno actual, la vida cotidiana sigue su rumbo imperturbable: de acuerdo, en desacuerdo, eso no te impide tomar el té al borde del Bósforo, pescar con caña, tomarte las cosas con calma.

Mientras traduce para mí, Bulut me dice que personalmente está de acuerdo con estos análisis, y cuando le pregunto al amable hombre gordo si aceptaría que cite su nombre en mi artículo, me responde que sí, por supuesto. Le tiendo mi cuaderno mientras me digo que es cómica esta línea divisoria y, quién sabe, tal vez sea lo que nos espera algún día. Los intelectuales, las personas que normalmente hablan en nombre propio, las personas como yo, me han pedido antes que nada permanecer en el anonimato, mientras que no hay problema con este hombre de la calle, ordinario sostén de un régimen populista. En este caso, reescribo su nombre en mi cuaderno: M. Ömer Ali Aksu, conductor de tractomulas jubilado, nacido en 1955. Y les ahorro su número de teléfono.

 

4

 

La tía de Bulut vive sobre la ribera asiática de Estambul. Siempre es encantador ir a la ribera asiática, y más aún lo es regresar a la parte europea. Al volver, la ciudad que fue Bizancio y luego Constantinopla, la capital del mundo después de Roma, se descubre en todo su esplendor dorado, mientras las gaviotas giran en un cielo que recortan con sus alas y graznidos. El trayecto de ida es un poco menos espectacular, pero hay algo que hace pensar en el enorme bloque continental que allí comienza y que en una sola pieza alinea Bagdad, Teherán, Benarés, Beijing, hasta Vladivostok.

Me divido entre el deseo de abandonarme por completo al espectáculo y la atención que merece el pequeño curso de política turca que Bulut compone para mí.

El partido dominante es el AKP, de Recep Tayyip Erdogan, partido musulmán de orientación suní que consigue sus seguidores, sobre todo, entre las clases menos favorecidas y la nueva clase media –y, en tanto que domina, entre los oportunistas–. En la actualidad tiene –Bulut verifica las cifras en su smartphone– 317 diputados, lo que es bastante aunque no suficiente para gobernar sin coaliciones; esa es una de las razones por las cuales se espera que Tayyip, como todo el mundo lo llama aquí, lance pronto un referendo para buscar instaurar un régimen presidencial, en otras palabras, para darse plenos poderes.

Le sigue, con 133 diputados, el CHP, partido republicano que reúne a la vieja élite kemalista. Después, con 59 diputados, el HDP, que es el partido pro kurdo pero ahora convoca más allá de los kurdos: todas las personas que conozco en Estambul, de izquierda, liberales, ecologistas, votan por el HDP, incluso si es un voto por descarte y si sus adversarios blanden contra el HDP el espantapájaros del PKK, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, que sería difícil de considerar, por sensible que uno sea a la causa kurda, más que como una organización terrorista. Por último, hay 40 diputados del MHP, nacionalistas que se podrían calificar de extrema derecha.

Lo que nos es más difícil de entender es el estatuto del partido kemalista, pues estamos acostumbrados a pensar que los laicos, en un escenario político, son los benévolos. Mustafá Kemal Atatürk, el “padre de los turcos”, era un imponente hombre de Estado, pero ciertamente no uno dulce, y se olvida con frecuencia que el kemalismo es, entre el fascismo, el comunismo y el nacionalsocialismo, el cuarto de los grandes movimientos autoritarios surgidos de la Primera Guerra Mundial. Es también el único de los cuatro que sobrevivió a sus fundadores y que, cerca de un siglo más tarde, sigue siendo para su pueblo una referencia sagrada.

Atatürk fundó la República sobre las ruinas del Imperio otomano, impuso el alfabeto latino (en una versión erizada de cedillas y diéresis), reemplazó el fez tradicional por el sombrero de copa y dio incluso, antes que el resto del mundo, el derecho de voto a las mujeres. Cuando se está obsesionado, como él lo estaba, por la unidad del Estado-nación, se teme a todas aquellas fuerzas que puedan desafiarla y esas fuerzas, en Turquía, eran en el plano étnico los kurdos y en el religioso el islam –ambos considerados por Atatürk, y por sucesores menos geniales que él, como factores del atraso oriental–.

Para sacar al pueblo de este atraso no hacía falta contar con la clase política –indolente, corrupta y poco fiable–; bastaba con el ejército, lo que hace del kemalismo un coctel inédito de laicismo intransigente, militarismo profundo y altivez elitista. El pueblo era tratado como un niño perezoso, sus representantes elegidos en cantidades despreciables, y cada vez que las cosas tambaleaban un poco las arreglaban con un golpe de Estado militar; el ejército retomaba el mando y luego lo delegaba a un gobierno que regía bajo su total vigilancia y con la amenaza del golpe siguiente: como se dijo antes, se presentaba uno más o menos cada diez años, y algunas veces llegaban a colgar a los ministros sospechosos de ser demasiado indulgentes con la religión o los kurdos. Se comprende que casi un siglo de tal régimen haya terminado por cansar y que el islam político, como en el resto del mundo, haya mostrado desde finales del siglo pasado un regreso notorio.

Es sobre esta ola que surfeó Erdogan, quien, excelente alcalde de Estambul y más tarde primer ministro antes de ser presidente de la República, ofreció a su país y a Occidente el rostro seductor de un islam compatible con la democracia y la modernidad. Él mismo llegó a verse a la vez como un segundo Atatürk, amigo del pueblo y no de una élite desdeñosa. En la sala de tránsito, cuando el ferry descarga sus pasajeros en el embarcadero de Kadiköy sobre la ribera asiática, Bulut me muestra un enorme retrato de Atatürk de saco y corbata, con el pelo cuidadosamente peinado hacia atrás, muy del tipo dandy de los Años Locos con algo a la vez de Mishima y de Rodolfo Valentino. Este retrato es una señal, me dice Bulut. Antes, los había por todas partes, absolutamente por todas partes. Desde que Erdogan está en el poder se hicieron menos comunes, los descolgaron. Bulut, quien con frecuencia hace este trayecto, me asegura que el de la sala de tránsito no estuvo ahí los últimos diez años. Me rasco la cabeza: ¿esto indica entonces que lo han vuelto a colgar? Que se ha vuelto a insistir, dice Bulut, en los valores de la República. Navega a ojo, Erdogan.

 

 

La policía antidisturbios arremete con gas pimienta contra los manifestantes ambientalistas que ocupaban el Parque Gezi (mayo de 2013).  

5

 

La tía de Bulut vive a unos cuantos kilómetros, es decir, a casi una hora en taxi desde Kadiköy. Su edificio, moderno, algo elegante, exhala clase media: ni lower, ni upper. Media. Es una mujer rubia, sonriente, con un vestido de flores, sin velo, de aspecto enteramente occidental. Para nuestro encuentro ella invitó a su hermana menor, a quien se parece mucho; a su padre, un jubilado del sector textil con el bigote blanco y el aire sagaz de un viejo campesino anatolio, y a un vecino cercano que, me dice nuestra anfitriona, comparte sus puntos de vista.

Bulut jugó sus cartas destapadas: los cuatro saben que me han sido vendidos como partidarios de Erdog?an, y se esmeran para no decepcionarme. Es el padre quien, con voz amortiguada y ferviente, abre fuego sobre la Europa que desde hace décadas da largas a Turquía. Se rellenan formularios, se juntan archivos, condiciones, jamás es suficiente, jamás es lo que hace falta, y su Sarkozy habla de nosotros como de salvajes, entonces nuestro Erdogan tiene razón al decirles basta y cerrarles la puerta en la cara, los turcos son orgullosos, no merecen ser tratados así. “Tengo 85 años”, brama el padre, “he visto pasar varios golpes de Estado y puedo decirles una cosa: es que para un hombre como yo, Tayyip es como un hijo, es parte de mí”.

Con el debido respeto por su padre, sus dos hijas se ponen a hablar al mismo tiempo que él y con el mismo entusiasmo. Entre esa algarabía escucho dos palabras que van y vienen: “diktatür...”, “demokrasi...”. Bulut, desbordado, me traduce como puede. Hablan del tiempo en que Erdogan llegó a ser alcalde de Estambul, en esa época se podía tomar una ducha cada dos días y él prometió que el agua corriente funcionaría y el agua corriente funciona, es un hombre que cumple sus promesas. Y antes de la llegada del AKP, lo que tenían oficialmente era un régimen parlamentario, pero en realidad se trataba de una dictadura militar.

Intento introducir con sigilo: ¿y ahora?, ¿ahora qué es? ¿No se parece a una dictadura islamista que tomó el lugar de la dictadura militar? Escarbo en mis apuntes, anoté algunas cifras para la ocasión: 60.000 funcionarios destituidos, en el ejército, en la educación, en la justicia; decenas de periódicos y de estaciones de radio cerrados; 50.000 ciudadanos privados de pasaporte y prisiones vaciadas de presos por delitos comunes para abrirles campo a los periodistas y opositores de todas las orillas. ¿Acaso esto les parece normal?

En este punto el vecino interviene. El vecino, un hombre alrededor de los cincuenta, se parece de forma sorprendente a Mahmud Ahmadineyad, ex presidente de Irán, quien, personalmente, me parecía de rostro confiable –los rostros confiables a veces engañan–. Con calma, me explica que siempre es así después de un golpe de Estado, que tal vez haya algunos excesos pero que los demás harían lo mismo y, por cierto, lo han hecho. ¿No fue el mismo Erdogan llevado a prisión por los militares laicos por haber recitado en un discurso público versos belicosamente islamistas que se referían a “las mezquitas, que son nuestros cuarteles / los minaretes, que son nuestras bayonetas”?

Pienso, al escucharlos, en la cena a la cual fui invitado la noche anterior: miembros del periódico de vieja tradición kemalista, Cumhuriyet, personas encantadoras, perfectamente francófonas, perfectamente cultivadas, perfectamente consternadas, intercambiando noticias de sus decenas de amigos y colegas presos. Había quienes compartían celda, para ellos el asunto no era tan grave, eran buenas noticias; sin embargo, todos se preocupaban por la escritora Asl? Erdogan (simple homonimia), una mujer de salud más que frágil, que corre el riesgo de morir detenida. Al escucharlos me arrepentí de no haber firmado, por exceso de cautela, una petición que circulaba en Francia en su favor. Así, lo uno llevó a lo otro, y cuando la conversación llegó al encarcelamiento de Tayyip, en 1999, sobrevino una inmensa carcajada pues es de conocimiento público que Erdogan fue tratado en prisión no del todo como Pablo Escobar, quien se hizo construir una prisión palaciega, pero tampoco lejos de eso: los guardias no tenían el derecho de fumar ni de cruzar las piernas en su presencia –porque saca de quicio a Erdogan que uno fume o cruce las piernas (incluso registra los bolsillos de su séquito, en búsqueda de paquetes de cigarrillos que tira a la basura con ademán colérico)–, y su celda, un pequeño apartamento, se cerraba desde adentro.

La cerradura interna es un detalle que me cautiva, pero ya Ahmadineyad vuelve a la carga. Dice que Erdogan es un hombre sencillo, del pueblo, que el ejercicio del poder no lo ha hecho arrogante en lo más mínimo –una barbaridad y, aunque es de conocimiento público, no tengo tiempo de evocar el palacio de 1.200 habitaciones que Tayyip se hizo construir en Ankara, y que hace ver el palacio de Ceausescu como un chalet de suburbio, pues ya han brotado otros elogios–. Es un hombre íntegro –otra barbaridad, la Turquía de Erdogan como la Rusia de Putin es una cleptocracia, y se puede decir que las cosas comenzaron a ponerse más duras hace tres años cuando circuló en internet la grabación de conversaciones telefónicas entre Erdogan y su hijo, en las que hablaban de esconder millones de euros en efectivo para eludir una investigación en curso–.

Sobre este tema, la hermana menor toma el relevo: milita en el AKP desde 2004 y un día, mientras iba por la avenida Istiklal, los Campos Elíseos de Estambul, fue insultada por un grupo de kemalistas. Le digo que es lamentable, claro, pero para retomar su argumento sobre las purgas al día siguiente del golpe de Estado, ¿no sería posible lo contrario? ¿Lo contrario? ¿Individuos del AKP insultando o maltratando kemalistas? La hermana sonríe ante mi inocencia: no, lo contrario no sería posible y si sucediera el agraviante no sería un verdadero miembro del AKP sino un agente provocador, un kurdo o un kemalista infiltrado.

Este argumento, cuando menos gracioso –un mal miembro del AKP no puede ser otra cosa que un falso miembro del AKP–, Bulut me lo traduce sin ironía, y este es un rasgo que me agrada de él, esa preocupación de ser justo, comprensivo, de tomar partido por aquel a quien escucha. En todo caso, él no es elitista y uno percibe que, por extravagantes que puedan ser los discursos de nuestros anfitriones, es tan sensible como yo a su buena fe, a su candor, a la generosidad con la cual, aun hablando a gritos e interrumpiéndose, nos sirven sin cesar té y maravillosas baklavas hechas en casa.

En un punto de la discusión, el padre se retira. Primero creo que es para hacer una siesta, pero no, es la hora de la oración. Es el único de ellos que nunca falla. Los demás, aun considerándose buenos musulmanes, observan los ritos con más desenfado: es un asunto privado, ninguno de ellos piensa que la sharia debería primar sobre las leyes civiles, su apoyo a Erdogan no procede en absoluto de algún tipo de fanatismo islamista. Buscamos la justicia, cada uno en su vida, seguimos la vía del Corán pero no queremos imponérsela a nadie. Un cristiano o un judío que vive sinceramente su fe vale tanto como un musulmán, Turquía no es y no ha sido jamás gobernada en el nombre de Alá, eso no sucederá nunca y no es lo que quiere Erdogan.

El padre, al terminar la oración, vuelve y retoma su lugar. Hablábamos ahora de la religión pero él, que había perdido el hilo de la conversación, retoma el curso de sus ideas, que parecen apenas variar: Tayyip es el pastor de su pueblo. Es el guía y da a su pueblo lo que su pueblo desea en realidad. Ahmadineyad, que sabe algunas palabras en inglés, va más allá con esta fórmula que parece haber aprendido de memoria: “Whatever we feel, he does. Whatever he does, we feel”. La hermana dice que viaja mucho al extranjero para una organización de caridad, y donde quiera que va, en Birmania, en Nigeria, en Pakistán, cuando cuenta que es turca, los ojos se abren, por poco la bendicen: Erdogan es la voz de los débiles, de todos los oprimidos del mundo, de todos aquellos que necesitan ser protegidos, es por esto que los ricos de América y de Europa occidental lo detestan con tanta cordialidad.

Se acerca la hora de partir, me traen como regalo una pequeña cerámica, a mi juicio bastante linda, hecha por la hermana mayor, y antes de dirigirnos hacia la puerta la menor me pregunta: y usted, Emmanuel, ¿qué opina? Me toma por sorpresa, pero decido responder con franqueza. Digo que me encanta Turquía pero que no me gustaría vivir aquí hoy en día, que no me gustaría vivir en un país donde la política ocupa tanto a la gente, donde no se habla prácticamente de nada más y es tema obligado incluso con personas de la misma opinión que uno. Digo que, sin duda influenciado por la opinión dominante en mi país, desconfío de Erdogan, pero que hago este tipo de artículos para ampliar mi propia visión, para conocer personas que no piensan igual a mí y reconocer su buena fe. Asienten, me dan un beso, nos despedimos. Lo que no dije es que me pregunto si en los años treinta, en Alemania, habría considerado tan simpáticos, por su sinceridad, a los miembros del joven partido nacionalsocialista.

 

6

Aunque es fácil compartir la opinión del último que habló, la tía de Bulut y los suyos, con sus exquisitos pasteles y su conmovedora hospitalidad, me han parecido más convencidos que convincentes y, obviamente, no creo que se pueda hacer al tiempo propaganda del AKP y propaganda de la oposición o de la prensa extranjera. No es solo que tenga mayor afinidad sociocultural con aquellos de la oposición: me parece evidente que tienen razón. Razón en preocuparse por la deriva autoritaria de su presidente, razón al pensar que bajo esta autoridad el país se va por el vertedero, razón en tener miedo por ellos mismos y por todos aquellos que piensan y quieren vivir libremente. Como dice una de mis amigas, quien también prefiere conservar su anonimato, los últimos tres años Erdogan conducía el automóvil mirando de vez en cuando a derecha e izquierda: un vistazo hacia el islam, otro hacia Europa.

Pero las cosas han cambiado: pasaron las primaveras árabes y sus debacles, que arrasaron con sus sueños de convertirse en el líder de los países de mayoría suní; pasó la feliz rebelión de Gezi, que lo atemorizó; y más grave que Gezi, los fiscales de orientación gülenista que tuvieron el coraje de lanzar una operación por cuenta propia con la mira puesta en los grandes clientes del Estado, sus allegados y familias. Desde entonces, acelera a toda velocidad, sin frenos y sabe que si se detiene, o incluso desacelera, su supervivencia política estará en riesgo.

Bastó que se sintiera amenazado por la emergencia de un partido de izquierda creíble y de un líder kurdo, Selahattin Demirtas¸, un joven y brillante abogado que podría ser el Tsipras turco, para poner en entredicho el cese al fuego y reanudar una guerra civil de pesadilla, en la que el ejército y la policía turcos se destacan por una tradición de brutalidad y tortura dignas de Midnight Express.

Erdogan respeta a la Unión Europea al acoger en su territorio, a cambio de un buen fardo de miles de millones de euros, a tres millones de refugiados sirios: en todo momento, si no está contento, puede abrir las fronteras, dejar que toda esa gente se abalance hacia nuestros países; es una amenaza intimidante. Pero darle la espalda a Europa, el segundo ejército de la OTAN, cuando se está acorralado por países que son todos aliados o satélites de Rusia, si acaso es un alarde, es uno peligroso. “La única solución a la situación actual”, me dice un amigo escritor, “es que lo asesinen y entre más temprano mejor”. Es algo que me impacta aquí, hasta qué punto la situación de un país entero depende, a los ojos de todos, de un solo hombre, se le quiera o no, y desde el punto de vista de los que no lo quieren, de la hybris que desde hace algunos años afecta notoriamente a ese hombre.

El drama de Turquía no es la crisis económica, incluso si la afecta; no es la rebelión de los kurdos, que no esperaba más que apaciguarse; no es tampoco la vecindad peligrosa con Siria; es la paranoia creciente, la locura de grandeza, los rechazos al diálogo encarnados en un hombre que fue la esperanza y que ahora, por sí mismo, es una maldición. Hay un viejo debate, que ocupa capítulos enteros de Guerra y paz, sobre los roles respectivos en la historia del gran hombre y los grandes movimientos que hacen avanzar las sociedades. En Turquía, la sociedad no tiene nada más que decir. El gran hombre y el destino del país son Tayyip.

De ahí que la tía de Bulut exulte de entusiasmo y cante sus alabanzas, que mis amigos esperen su muerte aun cuando saben que faltarán años para reconstruir el sistema educativo, la justicia, la policía. De ahí que, cuando tuve la ligereza de decir en su mesa que, a pesar de todo, la vida cotidiana no se veía en realidad afectada, que seguía siendo igual de placentero tomar una taza de té fumando lentamente un cigarrillo mientras se observa el Bósforo, todos se indignaron. ¡Claro que la vida cotidiana ha sido trastocada! Ya no hay vida cotidiana, solo queda la vida política y esta es una catástrofe.

 

Un grupo de soldados que participó en el intento de golpe es vapuleado por una turba tras su rendición (puente del Bósforo, julio de 2016).

 

7

Para Erdogan es un axioma que la prensa que le canta alabanzas es seria e imparcial y aquella que lo critica es sectaria y vendida a los enemigos del interior y del extranjero. Por esa razón, para el interés general, en los términos que lo entiende el AKP, prácticamente ya no existe esa prensa vendida y subversiva. Sin embargo, mientras sigo aquí me gustaría encontrarme con representantes de la prensa “imparcial” y, ya que conozco sobre todo intelectuales de oposición, ver cómo son los que apoyan el régimen.

Me hablaron de un tipo llamado Yigit Bulut, publicista, consejero personal del presidente, que habla mucho en televisión y tiene cerca de un millón de seguidores en Twitter. Yigit Bulut desarrolla teorías que lo dejan a uno pensativo: según él, hay un complot para asesinar a Erdogan por telekinesis; en cuanto a las manifestaciones de Gezi, dice que fueron fomentadas por Lufthansa, compañía que no soportaba la idea de que el nuevo aeropuerto de Estambul –otro proyecto faraónico del humilde presidente– dejara en jaque al de Fráncfort –hasta entonces el más grande del mundo–. Cuando le hablé a Bulut de su homónimo, hizo una mueca de desaprobación: por un lado, Yigit Bulut no es, a decir verdad, lo que podría llamarse un intelectual –lo reconozco–; por otro lado, es como muchos partidarios del régimen, francamente paranoico y difícil de agarrar. Porque hubo intelectuales que apoyaban a Erdogan, y entre ellos algunas personas admirables; pero todos aquellos con algo de lucidez y honor se han distanciado en el curso de los últimos años, cuando se hizo patente su tendencia autoritaria. La intelligentsia, me dice Bulut, es ladina o abiertamente hostil al gobierno; partidarios históricos del AKP, como los hermanos Mehmet y Ahmet Altman, están hoy en prisión por el crimen de gülenismo, y los demás se ocultan, errando como fantasmas.

En resumen, no conoceré intelectuales erdoganistas, ni figuras públicas que lo apoyen, aparte de la encantadora presentadora de una de las numerosas cadenas de televisión estatal, quien además de ser encantadora me dijo varias cosas bastante interesantes y sinceras –con la condición, por desgracia, de que permanecieran confidenciales–. Y yo, al dejarla, pienso en el mail de mi amigo José, un francés que ama Turquía y vive en Estambul desde hace diez años: “Con este cacofónico juego de sillas musicales en que ejército, laicistas e islamistas de todos los costados han cambiado de sillas tan rápido y tantas veces en la historia reciente, pasando de los buenos a los malos y viceversa, uno comprende el vértigo que esto produce a todos los no turcos –e incluso a los mismos turcos–. Pero así es Turquía”. (Esta expresión fatalista, irónica, agobiada, se escucha con mucha frecuencia y en las circunstancias más variadas: por ejemplo, me dice otro amigo, cuando a una ambulancia no le basta con llegar tarde sino que al aparcarse atropella al enfermo que la esperaba: “Y sí, así es Turquía...”.)

 

8

Con frecuencia, en el curso de estas dos semanas en Estambul, me he preguntado cómo hacen para vivir en esta situación las personas a las que me siento cercano: escritores o artistas que en tiempos normales se mantienen al margen de la política –por una mezcla de sensatez, inapetencia e inclinación por la esfera privada–. Me hubiera gustado interrogar al respecto al gran cineasta turco Nuri Bilge Ceylan pero está de rodaje en este momento, y quienes conocen sus filmes, realizados gracias a un sistema de orgullosa autarquía, dudan que sea del tipo de los que dan entrevistas durante un rodaje. En cambio, me reuní con Hakan Günday, de cuarenta años y físico balzaciano, tal vez el escritor más reconocido de su generación –obtuvo el Premio Médicis extrangero por More, una novela potente cuyo protagonista es un muchacho que ayuda a su padre en su trabajo como coyote en el Mar Egeo–.

El tema es político, pero se aborda en un registro íntimo, el único que de verdad interesa a Hakan. “Porque aquí”, me dice, “solo hay tres posiciones posibles”. Puedes entrar en el juego: te condenas a despertar cada mañana en un nuevo país, y te conviertes en un neurótico seguidor de la actualidad porque todo cambia tan rápido que el juego de sillas musicales que describía mi amigo José acapara la totalidad de la vida. O, por el contrario, te refugias en una visión a largo plazo: aceptas con fatalismo haber nacido en el país y lugar equivocados, te dices que harán falta treinta, cuarenta o cincuenta años para que las cosas cambien y que, de aquí a diez años, sin duda Erdogan estará muerto, pero que las cosas no mejorarán necesariamente después de que eso pase, e incluso podrían llegar a ser peores; entonces uno se repliega en lo privado, en su rincón –en la medida de lo posible y con el riesgo de ser atrapado–. O bien, por último, intentas tomar distancia y, en lugar de seguir cada etapa del juego como un hámster en su rueda, intentas comprender sus reglas. Esta posición es la que Hakan prefiere en términos generales, pero confiesa que en el fondo navega entre las tres, como todo el mundo. Si puede hacer algo medianamente útil –como, por ejemplo, militar por la liberación de Asl? Erdogan– entonces lo hace, es lo mínimo, y si no lo hiciera no podría dormir ni mirarse en el espejo. No obstante, lo que más le importa es continuar con su trabajo.

Trabajar, es decir, escribir novelas, historias, y no artículos o columnas. Buscar lo universal y no convertirse en prisionero del clima político turco. Que al cruzar las fronteras del país se le considere un escritor y no un vocero cuya opinión sobre Turquía se espera sempiternamente. Mientras lo escucho, pienso en algo que a menudo me impactó en Rusia. Un escritor inglés o francés puede escribir sobre lo que quiera, el amor o la amistad, el tiempo que se va, la vejez que llega, los jardines que florecen o se marchitan, el miedo a la muerte. Nadie espera que hable de Inglaterra o de Francia en particular. Por el contrario, se espera que un escritor ruso hable de Rusia, de lo que se trata ser ruso. Para él, esta rusidad es mucho más central, tanto menos opcional, que la francesidad para un francés. Y es exactamente igual para un escritor turco: lo que se busca en él es primero su turquicidad. Contra lo cual, justamente, se alza Hakan Günday. “Ser escritor”, me dice, “es hacer sentir la complejidad de lo real, es ser hombre antes que turco”. Hakan se acuerda de un gran novelista de los años setenta, Oguz Atay, a quien se le reprochaba con vehemencia escribir novelas psicológicas en medio de un país en llamas. También Hakan, en su país eternamente en llamas, que jamás ha parado de quemarse, quisiera poder escribir novelas psicológicas. Piensa incluso que se trata de un acto de resistencia, tal vez la única herramienta política a la que tiene acceso. Buscaba, dentro de toda esta confusión, un interlocutor con quien identificarme y supongo haberlo encontrado: si viviera en su país, o el mío comenzara a parecérsele, intentaría hacer justamente eso. Así lo creo.


Página 1 de 4

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Emmanuel Carrère

Ganador del Premio Renaudot y el Prix de la Langue Française. Ha sido jurado del Festival de Cannes y del Festival de Cine de Venecia. En 2015, publicó El Reino, la entrega más reciente de una serie de libros de no ficción que el autor inisiste en llamar novelas.

Agosto de 2017
Edición No.188

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Científicos burócratas


Por David Graeber


Publicado en la edición

No. 151



Los centros de investigación en ciencia y tecnología han copiado en mala medida los vicios del mundo corporativo. El resultado es que el quehacer de la actividad científica transc [...]

Elogio del menosprecio


Por Christy Wampole


Publicado en la edición

No. 153



Comentarios exaltados, tuits furiosos, alaridos digitales. Vivimos en tiempos de indignación masiva. Sin embargo, aparte de amargarnos la vida, generalmente no cambiamos nada. ¿Existe al [...]

Los hombres me explican cosas


Por Rebecca Solnit


Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

Vampiros en Cartagena


Por Luis Ospina


Publicado en la edición

No. 101



¿Qué puede salir del encuentro entre tres cinéfilos reunidos para hablar de lo que más les gusta? Esta desempolvada entrevista puede ofrecer una respuesta. [...]

Columnas

La comba del palo

El control del comercio sexual

En uso de razón

¿Qué hay de nuevo en WikiLeaks?

Paseos citadinos

Paseo cartagenero por una Manga sin mangos

El arte del trapecio

Razones y tradiciones

No lo veo claro

Mary Roach y sus cadáveres fascinantes