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Portafolio gráfico

La cámara invertida

Métodos fotográficos de la STASI

Compilación fotográfica de Simon Menner

Los espías de una de las agencias de inteligencia más eficientes de la era soviética revelan un rostro cómico y absurdo cuando apuntan hacia sí mismos. Intenciones macabras detrás de imágenes paradójicas que sacan una sonrisa.

La imagen a blanco y negro parece un juego. El camino está bloqueado por un camión, un tractor y otros vehículos. El protagonista, un hombre con boina, saca el cuerpo por la ventanilla de su coche. Lleva en las manos una cámara fotográfica y hace un retrato de la persona que lo está retratando a él. Todo resulta muy inocente hasta que se conoce el trasfondo /1/.

El autor de la fotografía es un agente de la Stasi, abreviatura de Ministerium für Staatssicherheit, el denostado servicio secreto de la República Democrática Alemana. El hombre con boina que a su vez toma una foto es un espía de Estados Unidos, Francia o Gran Bretaña, las naciones que se repartieron la soberanía de Berlín Occidental durante casi medio siglo XX. Pero esta fotografía fue tomada en la zona este, donde la autoridad era exclusiva de la Unión Soviética.

“Tras la Segunda Guerra Mundial, Alemania fue dividida. La antigua capital, Berlín, estaba fragmentada en cuatro sectores: francés, inglés, estadounidense y ruso”, explica el fotógrafo Simon Menner, para ayudar a entender la imagen. “Los generales rusos y estadounidenses hacían tratos y dejaban que pequeños contingentes entraran y salieran de las zonas controladas por las otras potencias”. Los servicios de seguridad alemanes no podían arrestar a estos espías, aun cuando los detectaban y acorralaban; las únicas con autoridad para hacerlo eran las potencias vencedoras. “Así que bloqueaban con camiones la salida de los coches donde iban los agentes y esperaban a que vinieran los rusos o los norteamericanos para detenerlos”. Mientras tanto, lo documentaban con sus cámaras.

 

Esas fotografías reposan entre los cien kilómetros de estanterías llenas de archivos que dejó la Stasi (según Der Spiegel) tras la absorción de la RDA por su contraparte occidental, después de la caída del Muro de Berlín en 1989. La prueba física de cuarenta años de espionaje, la mayor parte efectuada sobre su propia población. Unos seis millones de fichas de personas, más de un millón de fotos y un océano insondable de películas y audios en el cual Simon Menner, un artista que se mueve entre la etnografía y la política, decidió bucear.

El resultado de esa inmersión es Top Secret: Images from the Stasi Archives, un volumen en el cual el fotógrafo recopila las imágenes más interesantes que encontró. En una cafetería de Berlín, Menner coloca el libro encima de la mesa y comienza a pasar las páginas mientras cuenta historias, señala detalles, contextualiza las fotografías.

La Stasi fue fundada en 1950, pocos meses después de la división de Alemania en dos entidades. Su modelo era el kgb soviético, cuyos integrantes hicieron de mentores del flamante servicio secreto de la Alemania del este, que nació con la misión, el lema, de ser escudo y espada del partido comunista. Se estima que cuando llego la reunificación en 1990 tenía 91.000 empleados a tiempo completo y la increíble cantidad de entre 500.000 y dos millones de colaboradores informales, personas en diversos sectores de la sociedad civil que suministraban información a la agencia, considerada una de las más eficaces del mundo. ¿Una prueba de sus alcances? En abril de 1974 se descubrió que Günter Guillaume, un asesor muy cercano al canciller socialdemócrata Willy Brandt, era un agente del este. Este hecho contribuyó en gran medida a la dimisión del mandatario dos semanas después. 

 

Durante dos años, Menner buscó entre las imágenes, pero con una idea diferente a la de ciertos historiadores. Si estos van tras un relato específico para confirmar una tesis, él solo quería ver qué había, qué guardaban esos kilómetros de estanterías. Sobre su forma de elegir las imágenes, aclara que no quería repetir la sobreexposición de la intimidad característica de la Stasi. “Por eso no enseñé personas en la cárcel, o mientras eran arrestadas, o los elementos de vigilancia, digamos, clásica”, dice. “La gente sabía que era espiada por la Stasi en un concierto de rock, en encuentros juveniles o en reuniones sociales, así que eso no me parecía interesante”.

En su selección hay sitio para todo: fotos de entrenamientos, de vigilancias, de allanamientos y registros, de personas metiendo cartas en determinados buzones de correo, de carritos de juguete y carteles de rock. “Al principio fue extraño, ya que los encargados no sabían qué era lo que yo buscaba y les sorprendía que solo quisiera ver imágenes aleatorias. Pero luego empezó a interesarles que yo me fijara precisamente en esas cosas que no despiertan la atención de los historiadores, como la foto de un hámster”/2/.

Este gigantesco archivo está gestionado por la Comisión Federal para los Archivos de la Stasi (BStU por sus siglas en alemán), la oficina encargada de hacer públicas las acciones de la Stasi. Tiene un presupuesto anual de cien millones de euros, 1.800 empleados, y anualmente organiza más de setecientos eventos por toda Alemania, con la misión de generar constantemente noticias sobre las prácticas de vigilancia en la antigua mitad comunista.

Son tantos los eventos que a veces Berlín parece una especie de parque de atracciones sobre la Stasi. Hay una antigua cárcel abierta al público; los antiguos cuarteles secretos fueron convertidos en un museo, y ahí se hacen con frecuencia exposiciones sobre el tema. Algunos, invadidos por ese neologismo alemán llamado “ostalgie”, que se usa para referirse a la nostalgia de la vida en tiempos de la RDA, consideran que la BStU es una agencia de propaganda, que busca legitimar la Alemania del oeste inflamando pasiones contra la Stasi. 

 

 

El inicio del libro de Menner es la zona cómoda, la más cómica: el manual del perfecto espía de la Stasi, un seminario sobre cómo disfrazarse /3/, con pullovers horrendos que serían la envidia de Bill Cosby. Otro conjunto de fotografías enseña cómo pegarse un bigote falso o las señales secretas durante una vigilancia, al estilo de rascarse la cabeza /4/. También instrucciones para detener a un sospechoso o artes marciales básicas; además de la mejor forma de esconder una cámara dentro de un vehículo, o de camuflarla en una caja de herramientas. El grano, los encuadres, la misma apariencia de los espías, hacen que sea difícil no esbozar una sonrisa al ver la mayoría de las fotos.

Con el segundo capítulo, titulado “Observations”, llega el horror. La inmensa mayoría son fotos tomadas durante vigilancias; como las polaroids que sacaban los agentes encargados de registrar las casas de sospechosos para, después de buscar a fondo entre sus pertenencias, dejarlo todo como estaba y así nadie pudiera sospechar su intervención. Hay imágenes de habitaciones de adolescentes, cementerios, fiestas en embajadas. La intimidad sobreexpuesta.

Para establecer los objetivos a espiar había que determinar si eran o no enemigos del Estado. Como indicadores servían, por ejemplo, si una persona pasaba mucho por delante de edificios militares, si gastaba más dinero del que le permitía su sueldo, si venía de una familia de nazis o tenía conexiones en el oeste, si le veían repartiendo panfletos. En el libro de Menner aparece un curioso elemento que captaba la atención de la Stasi: las cafeteras fabricadas en el oeste de Alemania /5/.

“Este aparato podía ser visto de dos maneras: como un regalo de familiares del otro lado, o como una señal de que se trataba de un agente del oeste o al menos de alguien que tenía contactos con ellos”, comenta Menner. “La diferencia era pasar una década en la cárcel, perder el trabajo o el acceso a la universidad... todo basado en una interpretación”. Como dijo Lavrenti Beria, uno de los jefes del KGB bajo el mandato de Stalin, “señálame al hombre y yo encontraré el crimen”.

Pero entre las fotos que encontró Menner hay muchas en las que los espías revelan su humanidad. Tras horas de vigilar un buzón, tomando imágenes de cada persona que envía una carta, un agente ve un ratón en la casa donde está apostado y le hace una foto con aparente intención poética; en estos detalles alejados de cualquier móvil político puede intuirse la persona detrás del espía. ¿Estaba cambiando el carrete y sacando una primera prueba para ver que todo estaba bien? ¿O simplemente se aburría y le hizo gracia el roedor? Conocer los motivos de esas imágenes es imposible.

Incluso hay algunas fotografías subidas de tono. En una de ellas aparece un hombre musculoso en bañador, durante una fiesta /6/. Estaba rota en pedazos y fue reconstruida por el equipo de la BStU. En los meses posteriores a la caída del Muro, cuando los miembros de la Stasi sabían que esta iba a ser desmantelada, los agentes pusieron a funcionar las trituradoras de papel y dejaron más de 16.000 sacos llenos de fragmentos. Una persona tarda un año en recomponer, como un rompecabezas, el contenido de una sola de esas bolsas. ¿Por qué entre tanto material decidieron destruir la evidencia esa fiesta? Quizá se tratara de un Romeo, un agente encargado de ir al oeste a seducir secretarias de altos cargos para lograr información confidencial.

Sin embargo, el mayor misterio de todo el archivo se escondía en la caja fuerte del despacho de Erich Mielke, el gran jefe de la Stasi. En su interior había un conjunto de tres fotografías que retratan el entierro de un cisne, acercándose cada vez más a la escena: la primera es de un campo, la segunda de una cruz circundada por varias minibanderas de la RDA sobre tierra removida, y la tercera es el ave dentro de su fosa, descubiertos el cuello, la cabeza y parte del cuerpo /7/. “Nadie sabe qué significan, pero debían ser importantes para Mielke”, cuenta Menner, que no puede evitar una sonrisa. “Los del archivo intentaron encontrar una respuesta, pero nada”.

 

 

Saber la motivación detrás de las fotos más evidentes (como las de los espías fotografiando espías, los seminarios de espionaje o los manuales para pegarse barbas o bigotes postizos) fue más sencillo. “Hay archivos conectados a la mayoría de las imágenes, pero tampoco los leí todos ya que no estaba interesado en su lado burocrático, aunque sí contestaban muchas preguntas”, explica Menner. “Igual de valiosa fue la ayuda de la gente que trabaja en el archivo; ellos saben mucho sobre los documentos que protegen”.

Es “Internal Affairs”, la última de las tres secciones, la que se lleva la palma. En esta aparecen agentes y analistas jugando fútbol, recibiendo medallas o tomándose fotos de grupo en su enorme cuartel general. Pero hay dos conjuntos que llaman poderosamente la atención. Uno de ellos es de una fiesta de cumpleaños, en la que todos los participantes van vestidos como los grupos sociales a los que debían investigar. Un obispo, representando las iglesias que servían de paraguas a la oposición. Otro vestido de bailarina, como si hiciera parte del mundo de las artes, siempre sospechoso y supervisado. Un médico, un futbolista, uno vestido de pacifista /8/. “Mira, tiene una calcomanía pacificista, una persona podía ser detenida y perder su trabajo por llevar puesta una”, señala Menner. “Quizá incluso este mismo tipo detuviera personas por eso”.

Menner pasa las páginas y llega al otro conjunto de fotos: una ceremonia en la que, con una espada, nombran caballero a un hombre arrodillado que lleva colgada al cuello una cadena con un auricular de teléfono /9/. Es importante resaltar que en la RDA solo uno de cada diez habitantes tenía línea telefónica, y casi siempre eran personas ligadas a las estructuras de poder, como directores de fábricas o altos funcionarios. La suposición más razonable es que se trate de una ceremonia de iniciación en el equipo encargado de espionaje telefónico.

“Era su trabajo, era divertido para ellos, pero hacer esto cuando su labor consistía en violar la intimidad de la gente es terrible”, trata de comprender. “En ese tiempo, yo creo que la mayoría de los agentes de la Stasi pensaban que su labor era justa, que estaban luchando por su país y que, para defender la ley, de vez en cuando hay que romperla”. Como demostraron las revelaciones de Snowden en relación con la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense (NSA por sus siglas en inglés) y su sistema masivo de espionaje a ciudadanos usando las nuevas tecnologías, es algo que sigue muy vigente.

“No sé cuántas fotos vi, miles, podría haber continuado ya que hay mucho material, pero quería seguir con mis propios proyectos”, dice Menner. Durante ese proceso, también hubo espacio para frustraciones. Al encontrar las imágenes de espías retratando espías,pidió permiso a los actuales servicios secretos de Alemania y del Reino Unido para ver sus imágenes. Aunque le confirmaron que los materiales existen, no le dejaron verlos ya que las agencias continúan operando. Pese al fin de la guerra fría, sus archivos siguen clasificados como “top secret”.

Josef Foschepoth, historiador de la Universidad de Friburgo, descubrió que, entre 1951 y 1989, la República Federal Alemana fue un fenomenal Estado policial que no tenía nada que envidiar a su hermano comunista. El correo, las comunicaciones telegráficas y telefónicas con la Alemania del este, y algunas internas en el oeste, eran intervenidos, censurados, vigilados. El autor de Alemania vigilada. El control de correos y teléfonos en la antigua República Federal, estima que hay como mínimo 7,5 millones de fichas secretas de este tipo en los archivos del servicio secreto alemán actual, que es la continuación de la misma institución cuando pertenecía a la Alemania del oeste. El espionaje masivo a la propia población deja de ser una característica específica del lado socialista para convertirse en un tema central de la cuestión alemana.

También la represión política es un asunto de los dos lados. En la RFA, entre 1951 y 1958, se emprendieron más de 200.000 procesos contra comunistas. Producto de estos, 10.000 personas fueron a la cárcel. El partido comunista fue prohibido en 1956 y miles de ciudadanos fueron vigilados por su forma de pensar. El mítico canciller socialdemócrata Willy Brandt aprobó en 1972 la Radikalenerlass, ley que prohibía el acceso a la función pública para los “políticos radicales” y que afectó principalmente a izquierdistas. El ejemplo más reciente fue en la reunificación, cuando los empleados públicos de la RDA, como profesores y diplomáticos, perdieron sus puestos al integrarse en la RFA.

Aunque la mala imagen de la Stasi es completamente merecida, su praxis se equipara a la de cualquier servicio secreto. Basta recordar las revelaciones de Snowden sobre el programa Prism de vigilancia masiva de la NSA para llegar a la conclusión de que en todos lados cuecen habas. Como dice Menner, existen las mismas imágenes absurdas y siniestras en los dos lados de un conflicto, y eso demuestra las similitudes entre los actores involucrados. Pero únicamente tenemos acceso a los métodos de la parte vencida.


 


 

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Carlos Carabaña

Reportero freelance radicado en México, desde donde colabora con Tintalibre. Yorokobu y El País.

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