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Lecciones para aprender a correr

A lo largo de su carrera, Usain Bolt rompió todos los récords y pulverizó rivales luciendo una sonrisa tan amplia como su ventaja. Muy cerca del hombre más rápido del mundo siempre estuvo una suerte de sensei que susurraba secretos a su oído. ¿En qué consistían esas claves para burlar los límites de la velocidad humana?

Ilustración de Fabián Rivas

 

Conocerlo fue el relámpago, pensé parafraseando a Pedro Salinas. Fue en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. Con nuestros propios ojos lo vimos atravesar la pista como un rayo y dejar muy atrás a sus contrincantes, uno de ellos el poseedor del récord mundial (9,74 segundos) en ese momento. Se dio el lujo incluso de desacelerar en los últimos metros para golpearse el pecho y festejar con una felicidad que tampoco era de este mundo y, aun así, romper la marca por cinco eternas centésimas de segundo. Por un momento sentimos que todo era posible, que la vida no era una larga agonía. Si no hubiera festejado antes de tiempo, señalaron un grupo de científicos después de varias simulaciones, habría podido alcanzar el récord increíble e imbatible de 9,51 segundos. Él mismo se encargaría de ratificarlo un año después al fijarlo en la misma franja: 9,58.

Devorar el espacio de esa forma resulta aún más sorprendente cuando entendemos que el propio acto de correr no transcurre con la misma dinámica coherente, homogénea y unificada que la de rodar. Correr es una actividad contradictoria, accidentada y dispersa. Para correr se requiere lanzar una zancada hacia delante, pero también tocar de nuevo el suelo y frenar inevitablemente el impulso para propulsarse otra vez. Correr suele exigir un sacrificio renovado: reclama una resta repetida para poder sumar nuevos metros. Rodar, en cambio, no requiere ninguna resta, ni siquiera una suma: su saldo es más bien una multiplicación. La mejor forma de correr es emular el ritmo continuo de la rueda.

–Aunque te impulses con más fuerza, la fluidez es lo que te hará ir más rápido –le dice el entrenador Glen Mills a Usain en el documental sobre la vida de este último, I am Bolt, de los directores Gabe y Benjamin Turner.

Usain parece interiorizar sus palabras mirándolo de reojo. Toma aire y apoya las manos en las rodillas.

–Parece lógico –asiente.

Tiene un cinturón atado a un caucho y a un pequeño remolque con pesas. Usain corre rápidamente jalando esa especie de arado, como un tractor.

–Lo hiciste más fluido esta vez –concede Mills–, aunque todavía te impulsas con más fuerza que...

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Paul Brito

Su libro El proletariado de los dioses (Collage Editores, 2016) estuvo nominado al Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana. Colabora con El Tiempo, Arcadia, El Heraldo y El Malpensante.

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