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Literatura

Los descendientes del dude

La dicha de no saber si es lunes o viernes

Una fanática de las películas de los hermanos Coen descubre que no está sola en su obsesión por el protagonista de The Big Lebowski. ¿En qué consiste esa exaltación masiva, casi religiosa, del exitoso perdedor californiano? ¿Cuánto conserva de hippie tardío y cuánto anticipa de freelancer en chancletas?

Ilustración de Juan Caicedo


La otra tarde, en un supermercado cercano a la casa de mis padres en el centro de Guadalajara, un tipo gordo y en chanclas se me acercó. Traía en la mano varios panecillos de chocolate en una servilleta que de vez en cuando se acercaba a la boca.

–¿Eres o te pareces? –me dijo.

Se trataba de Arturo Vizcaíno, un compañero del bachillerato que no veía desde la graduación, hacía más de 17 años. Debo confesar que no me sorprendió mucho su atuendo. Siempre tuvo ese look medio hippie de los años setenta, incluso esta vez más acentuado, pues llevaba el pelo hasta los hombros y la barba crecida. Lo que en realidad me sorprendió fue que no hubiera cambiado mucho. Los pocos compañeros que había vuelto a ver estaban irreconocibles, con empleos de oficina y ropa formal. Eran las doce del día de un lunes y en su carrito solo había una botella de vodka, cigarros, unas papas chips, una revista de deportes y un par de latas de comida para gatos.

–¿Sigues en el periódico? –me preguntó interrumpiendo mis pensamientos.

–Sí. ¿Cómo lo sabes?

–No me pierdo tu columna –dijo tragándose el último bocadillo.

–¿En serio? ¿Y tú a qué te dedicas? –pregunté curiosa.

–Trabajo para una empresa japonesa –contestó sin dar muchos detalles.

–¿Y los lunes es tu día de descanso? –cuestioné sarcástica.

–No. Ahora mismo estoy trabajando –dijo mostrándome su iPhone 7–. Hago traducciones del japonés al español, al inglés, al francés y al alemán.

–¡Wow! ¿Hablas todos esos idiomas? –expresé sorprendida.

–Sí. Y un poco de mandarín –añadió de lo más calmado.

Nos despedimos en la puerta principal con la promesa de estar en contacto. Desde ahí lo vi subirse a su Jeep Liberty último modelo.

De camino a la oficina no pude evitar pensar en que se trataba de un Dude revolucionado, recargado, actualizado con la tecnología y con un empleo que podía desarrollar desde cualquier lugar sin quitarse la piyama y bebiendo un vodka; alejado del concepto del antihéroe que representaba el Dude (protagonista de la película The Big Lebowski, de los hermanos Coen), un perdedor, desempleado, sin aspiraciones salvo la de recuperar una alfombra y seguir jugando a los bolos. Pero también estaba muy cerca del hombre relajado que vive a su aire, sin complicaciones, soltero, con un gato y que hace lo que quiere cuando quiere porque cuenta con los ingresos suficientes para hacerlo. Un hombre, que sin ser un perdedor, pertenece a la corriente del “dudeismo” que practica la filosofía del take it easy.

El antihéroe cool

La gente que me conoce sabe de mi debilidad por estos seres con más defectos que virtudes. Siempre me he sentido más atraída por estos perdedores, outsiders, con mala suerte, que van de un problema a otro y siempre todo termina saliéndoles mal, que por aquellos que son perfectos y exitosos. Se que no soy la única, pues cada vez son más los directores y escritores que eligen como protagonista a un perdedor. Ethan y Joel Coen son un ejemplo de esto. Todas sus películas se caracterizan por tener antihéroes, de quienes por lo general se burlan hasta el cansancio, como con Jerry Lugerman, protagonista de la película Fargo (1996), personaje amargado, cobarde y tonto que manda a secuestrar a su esposa y luego se arrepiente. Con el Dude, los Coen logran un personaje de culto por el que todos sentimos empatía ya que, a pesar de ser un antihéroe, se sale del estereotipo del perdedor deprimido, agobiado y enojado con el mundo.

Su mala suerte no le quita el sueño y su vida fluye en el barrio californiano de Venice entre los bolos y rusos blancos (vodka con leche). Por las noches fuma marihuana en la tina, tiene amigos y es buen vecino. Viste ropa cómoda, no le preocupa su aspecto informal, tiene panza, el pelo largo y la barba descuidada. Pareciera recién salido de Woodstock.

Al Dude lo conocí por la insistencia de una amiga, en 1998, cuando se estrenó la película The Big Lebowski en México.

–Wey, tienes que ver esta movie, el protagonista es como tú, pero en hombre –me dijo.

Por aquella época mi marido y yo éramos muy jóvenes. Nos enfiestábamos de lunes a domingo y mi carro siempre estaba lleno de envases de cerveza y colillas de cigarro. Llevaba una bolsa de dormir y un cambio de ropa para cualquier emergencia. Traía dreadlocks de varios colores y más de una vez me presenté a trabajar en chanclas. Llevaba una vida relajada sin tarjetas de crédito ni celular. Era amiga de la boletera de Cineforo y entraba a las funciones como Juana por su casa con un café en la mano. Ahí vi la película dos veces en la misma semana. La primera me quedé dormida (por la resaca de la noche anterior) y la segunda fui por la presión de mi amiga. Desde ese día me enganché con el Dude. Sin embargo, no fue hasta varios años después, en la maestría de cine, que comencé a interesarme por el estudio de los antihéroes y decidí analizar a este.

Una tarde, caminando por el barrio Friedrichshain, en Berlín, me encontré un bar llamado Lebowski. El interior estaba decorado con artículos que hacían referencia a la película, como bolos y fotografías de los personajes. En el baño, en lugar de música de fondo, se podían escuchar algunos diálogos de la cinta. En otra ocasión en el SoHo de Nueva York encontré una tienda llamada The Little Leboswki. Allí tenían toda clase de artículos relacionados con la película: libros, playeras, pósters, tazas y demás souvenirs. El dependiente estaba vestido como el Dude: pantalones holgados y bata. Arriba del mostrador había un televisor donde se podía apreciar la película de los Coen en un loop interminable. Fue entonces cuando caí en cuenta de que no estaba sola, de que no era la única friki obsesionada con este personaje. La cinta se había convertido en una película de culto y tenía fans por todo el mundo. Me encontré con una larga lista de pubs, boliches y cafés con el nombre de dicho protagonista en ciudades como Reikiavik, Islandia, Praga, Los Ángeles, Nueva York y Buenos Aires, por mencionar algunas.

En alguna entrevista me preguntaron por qué The Big Lebowski seguía vigente. ¿Cómo se había convertido en una película de culto? ¿Sería una cuestión generacional? Su filosofía del take it easy ha logrado cautivar a miles de espectadores por todo el mundo generando memes, convenciones y hasta una excéntrica religión con el lema de “vive y deja vivir sin prisa y en armonía con el mundo”. Su fundador es un ex periodista norteamericano establecido en Tailandia, conocido como Dudley Lama. Se dice que recibe en su casa a cuanto curioso quiere hablar con el. Lo hace en bata de dormir y con un vodka en la mano. Para pertenecer a este grupo de “vagos pacíficos”, como él mismo los describe, se debe pagar una cuota de 30 dólares. De esa manera los interesados reciben un diploma que los acredita como miembros del “dudeismo”.

El año pasado en Los Ángeles, mientras daba un paseo por Venice, pude constatar que en cada esquina había un Dude. El hombre jubilado en bermudas bebiendo cerveza a las once de la mañana en un café del malecón. El chico de treinta paseando al perro y fumando marihuana. La señora cuarentona bebiendo café en un vaso desechable y bailando reggae a media calle. Un par de jóvenes regresando de la fiesta con una guitarra a cuestas. Un trío de ancianas comprando yerba en una farmacia.

Venice, el barrio del Dude, es el sitio donde se puede encontrar la playera con el rostro del personaje en todas las tallas, incluso la xs. Lugar de gente pacífica y extravagante para muchos, que vive a su aire y sin molestar a nadie. Músicos, pintores, escritores, se mezclan con vagabundos sin techo. Venice, el barrio de El gran Lebowski y del gran Bukowski. Paraíso en donde a nadie le importa sí es lunes o es viernes

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Lorena Ortiz

En febrero de 2014, publicó su libro de relatos Con playera de Sonic Youth, gracias al premio de literatura del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Jalisco

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