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Música

Tsvietaieva y la gavota

Haciéndose eco de Mi madre y la música, de Marina Tsvietáiva, la autora escribe esta serie de viñetas centradas en su abuela, una pianista diletante. Viaje táctil y musical acompañado por las notas de la poeta rusa, y en el que los objetos revelan su potente capacidad evocadora.

Ilustración de Ximena Escobar

 

La última canción que mi abuela tocó en el piano fue una gavota. Así se refería a ella, la llamaba “la gavota”. A mí de niña el nombre me sonaba al apodo para alguna mujer, parecido a “la gaviota”. No sabía que decir “la gavota” es como decir “la sonata”, que existen cientos de ellas.

*

Quizá por ser la hija mayor entre siete hermanos, a mi abuela –y no a los otros– la metieron a clases de piano desde muy niña. Tenía que estudiar dos horas diarias. Contaba que cuando nadie la veía, adelantaba el reloj de la sala para que el tiempo pasara más rápido. Le gustaba el piano, pero era una niña inquieta y las dos horas se le hacían eternas. A Marina Tsvietáieva la hacían tocar de niña cuatro horas diarias. Eso cuenta en Mi madre y la música. Ella, que sufría igual que mi abuela, jamás se hubiera atrevido a adelantar el reloj; apenas volteaba a verlo de vez en cuando y su madre se decepcionaba. Su madre, que era pianista, que quería más que nada en el mundo que sus hijas fueran músicas, decía que esa era la prueba de que Marina no amaba de verdad la música. Tsvietáieva aseguraba que sí, amaba la música, pero no amaba su música.

*

Mi bisabuelo amaba la gavota, era su canción favorita y se la pedía una y otra vez a mi abuela. Dicen que era porque la gavota le recordaba a una de sus amantes.

*

Cuando yo tenía siete años, mi madre vendió una de sus pinturas y con ese dinero compró un piano vertical. Era –es– negro, antiguo, con dos siluetas al frente, que marcan donde alguna vez hubo un par de candelabros. Comencé las clases de inmediato. Me emocionaba todo: las canciones cada vez más difíciles, las partituras cada vez más pequeñas y más llenas de círculos negros. Solo odiaba las escalas eternas al principio de la clase, que tocaba mientras el sol entraba por la ventana y me daban sueño. Por las tardes, me sentaba a practicar una hora o dos, y lo primero que hacía siempre era tocar las escalas del Hanon, las mismas que tocaba mi abuel...

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Jazmina Barrera

Ensayista, ha colaborado con La Tempestad y Letras libres entre otros medios. Fue galardonada con el premio Latin American Voices de ensayo en 2013 por su libro Cuerpo extraño. Es autora de Cuaderno de faros (Tierra Adentro 2017) y parte del equipo de Ediciones Antílope.

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