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Columnas

Cartas desde Madrid

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El universo foster

El cierre de la temporada madrileña, con el verano climatológico (de julio a septiembre) en puertas, vino dado sin lugar a dudas por la apertura de la sede de la fundación del arquitecto Norman Foster en Madrid. Foster, que acaba de cumplir 82 años, depositó en el restaurado palacio del duque de Plasencia, en la calle Monte Esquinza, más de 74.000 documentos, dibujos y planos, material fotográfico, maquetas, correspondencia, cuadernos de bocetos y objetos personales. Tuvo que aclarar unas cuantas veces (lo hizo siempre con educación y flema británica) por qué depositaba aquí su legado –que incluye, por cierto, un carro Voisin de 1927 restaurado, que perteneció a Le Corbusier–. ¿Por qué España? ¿Por qué Madrid? Madrid, dijo, es “un lugar para comenzar”. Y digo yo, ¿por qué le hacen semejante pregunta a Foster? ¿Tendría que justificarse si hubiera establecido su fundación en su Manchester natal, Washington o Berlín? Cuando lo dejaron explicarse, Foster aludió a la gran arquitectura reciente que se ha hecho en España, a la singular relación que tiene con la ingeniería, a las obras que ha realizado o le interesan. La última, nada menos que el proyecto bajo cuyo signo se celebrará en 2019 el bicentenario del Museo del Prado, es la ampliación del Salón de Reinos, que debería albergar en las condiciones originales de exposición obras del tiempo de Velázquez y del esplendor barroco.

La fiesta de inauguración de la Fundación Foster fue el evento “El futuro es ahora”, celebrado en el Teatro Real. Entre el público, muy variado, se dieron cita estudiantes y profesionales de arquitectura, jubilados enérgicos, “gogós de la cultura” (término prestado de un amigo periodista que fabricó él solo durante tres años una guía de restaurantes y bares de la capital) y hasta alguna it-girl de retirada. En una ciudad acostumbrada a trasnochar y en un país noctámbulo, fue chocante contemplar colas de interesados desde las siete de la mañana. No hubo en la intervención inicial de Foster sombra alguna de afectación personal por encontrarse en España y en Madrid, excepto para bien. De mirada romántica, nada. El maestro de arquitectos y Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2009, por el contrario, dejó traslucir con su habitual elegancia una posición de preeminencia y liderazgo patente en el impresionante elenco presente en la sala. Allí estaban el historiador Niall Ferguson, el gurú de la sociedad digital Nicholas Negroponte: el ex alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg; el diseñador de Apple, Jonathan Ive, y los arquitectos Alejandro Aravena y Patricia Urquiola, entre otros. Quedó claro que la marca Foster valora en Madrid su experiencia humana densa, pero también una energía renovada, que se proyecta en todas direcciones.

Una de las grandes ventajas globales de la capital española reside en su alma barroca. Sin las tiranías de la identidad obligatoria y parroquial, que en otros lugares causan estragos, vive a su manera una modernidad líquida y flexible, cambiante, muy remotamente posimperial, que va saliendo a la luz. En el evento, las intervenciones de las estrellas, moderadas por periodistas de Bloomberg o CNN, trataron de la tecnología y el diseño, o del papel crucial de las infraestructuras. Fue evidente el abismo que divide a tecnófilos y tecnófobos (con matices). Aquellos que como Negroponte se alinean con las visiones optimistas del cambio social por efecto de la tecnología, y quienes como Niall Ferguson piensan que lo humano es imprevisible y no sabemos qué pueda ocurrir con sus usos, pero insisten en que podrían ser nefastos; uno de sus brillantes ejemplos aludió al patético desconocimiento de la historia humana de parte de quienes gobiernan Silicon Valley. En manos de quiénes estamos, vino a decir. Poco después yo iba a comprobar en un caso práctico lo agreste del debate.

 

Revolución en el 27

Por una de esas situaciones que solo un ingenuo calificaría de casuales, días después fui testigo de un grave enfrentamiento que reprodujo a escala local y cotidiana la guerra de las ideas latente en el elegante debate entre quienes piensan que la tecnología lo va a resolver todo y quienes piensan que –según las manos en que esté– nos puede complicar la existencia. El bus número 27, para quienes no lo conozcan, es una institución capitalina. Tiene una ruta que alguno calificaría como un poco boba, de la plaza de Castilla en el norte a Atocha en el sur, arriba y abajo sin salirse del eje central de la urbe, por el paseo de la Castellana, Recoletos y El Prado. El 27 es conocido y temido por ser lugar habitual de trabajo de carteristas y descuideros (ladrones al descuido, que aprovechan el despiste del prójimo). Todos pasamos por allí y se ve de todo.

En los asientos intermedios de un bus atestado, una señora de apariencia corriente y cierta edad intenta hablar con su hija, que la acaba de llamar al celular. Según parece, tiene problemas con el marido (no se entiende si una de ellas o ambas). Como hay un ruido ambiental tremendo, la señora sube el tono de voz y, francamente, se empeña en conversar como si estuviera sola en el mundo. A grito limpio. Alrededor de ella, un abuelo con su nietecita, más una madre que lleva a sus dos hijas (y que para colmo le ha cedido el asiento a nuestra señora de cierta edad), entran en acción. La reconvienen por gritar lo que consideran intimidades no aptas para menores –o por gritar, simplemente–. La señora grita más, dice que hará lo que le dé la gana y –afortunadamente– se dispone a bajarse en la siguiente parada. Literalmente abucheada por la multitud, mientras se dan la razón unos a otros, se desliza hacia la salida entre aspavientos.

Todo aquello me recuerda lo que viví como estudiante en Gran Bretaña. Nadie comentaba en público nada considerado privado, mucho menos lo íntimo. Así fue durante siglos. Pero de repente, por efecto de la aparición de los celulares, ahora los británicos divulgan detalles escabrosos de su vida particular en trenes y buses. Claramente, este caso da la razón a Niall Ferguson. También recuerda, por si hiciera falta, que el arte –la reflexión– imita a la vida, no al revés.

 Imperiofobia

A propósito de culpas, resulta significativo que uno de los libros más vendidos este año (van nueve ediciones), Imperiofobia y leyenda negra (Siruela) de María Elvira Roca Barea, lleve el sabroso subtítulo de “Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español”. El argumento es sencillo. Desde Julio César en adelante, tener un imperio ha resultado agotador. La experiencia imperial implica la vivencia e interiorización acomplejada de una imagen negativa: “...los pueblos imperiales suelen asumir la propaganda antiimperial en mayor o menor medida, e incluso contribuyen a su difusión”. Se trata de “una clase de prejuicio racista hacia arriba”. En el caso español, una pulsión de “autohumillación católica” explicaría la indolencia para enfrentar a quienes han construido esa imagen negativa.

Lo mejor del libro es que ofrece datos y argumentos alternativos, al margen del dogma de la decadencia de España. Que como bien demuestra la autora, resulta tan viejo como la propia nación española, privada desde el Renacimiento de un aparato de propaganda y autodefensa. Como toda obra militante, cuenta historias de héroes y villanos. Entre los primeros, destaca el inventor del término “leyenda negra”, Julián Juderías, “funcionario ejemplar que nunca alcanzó ningún puesto de relevancia, pero que sirvió a su país con todo su talento y capacidad”. El polígrafo Juderías, un madrileño que trabajó en el servicio exterior, dominó 16 idiomas y escribió sobre Rusia, la infancia abandonada y la miseria urbana, en 1914 publicó La leyenda negra y la verdad histórica, ultrajado por las calumnias que afectaban la narración del pasado español. Juderías no era “un retrógrado y un ultramontano”. Por el contrario, era un liberal y erudito práctico, que murió joven.

No hablamos del pasado. Tener una imagen negativa cuesta mucho dinero. Tras la crisis económica de 2007, no fue casual que España resultara alineada por importantes medios de comunicación anglohablantes con los países en ruina (PIGS y GIPSY según los acrónimos despectivos y racistas que emplearon). Pagamos más intereses por la deuda que si tuviéramos una imagen si no positiva, al menos neutral. La cultura siempre es la avanzada de los frentes político y económico. Como bien apunta la autora, la globalización se libra en el contexto de guerras culturales, de las que nadie puede sustraerse.

 

¿Colombofilia?

A veces resulta importante consultar el diccionario. El de la rae indica que “colombofilia” es “cría y adiestramiento de palomas mensajeras” y “conjunto de técnicas y conocimientos relativos a la cría y adiestramiento de palomas mensajeras”. Basta entrar en Facebook para descubrir que incluso existe una “Asociación Colombófila Colombiana” (por las fotos, gente encantadora). Si habláramos en españombiano, según el título del magnífico libro de Néstor Pardo (Ariel, 2015), podríamos pensar que “colombofilia” es también una querencia apasionada por Colombia. ¿Implica la nacionalidad la querencia? Sabemos demasiado bien que no es así, pero visto desde fuera resulta llamativo ese rasgo tan común a españoles y colombianos de hablar mal de sí mismos, como una especie de velo impenetrable delante de los ojos, que impide ver lo positivo.

La imagen de Colombia fuera del país y especialmente en Europa ha cambiado mucho y para bien en años recientes, pero da la sensación de que perdura el empeño en contar solo lo malo. Obviamente lo contrario a que todo sea malo resulta falso, porque no todo puede ser bueno. Pero sin duda en este momento existe una oportunidad para que la imagen de Colombia cambie y se fije en el imaginario global de modo que, por ejemplo, no se difunda más contra los emigrantes colombianos un estereotipo negativo que les afecta todos los días, o que el turismo y las inversiones no tengan que asumir una prima de riesgo. Hay que apostar por la complejidad y contar también otras realidades.

La avalancha de teleseries de narcotráfico patrocinadas por Netflix y similares anuncia, sin embargo, que lo peor está por llegar. La Navidad de 2016 tuvimos que padecer en la Puerta del Sol madrileña un aviso gigante del tamaño de un edificio de cinco plantas con el rostro del actor (el brasileño Walter Moura) que personificaba a Pablo Escobar, bajo el lema “Oh, blanca Navidad”. En contraste con esta industria cultural de la pornomiseria que vende una imagen deformada –pero demandada– de Colombia, hay un empeño instintivo de muchos colombianos de a pie por mostrar un equilibrio, un “también somos esto otro”. Es llamativa la necesidad de reconocimiento inmediato. En cuanto un extranjero desciende del avión en Colombia, le preguntan si se encuentra a gusto, lo cual es un contrasentido aparente, porque acaba de llegar, lleva quince horas de vuelo y le duele la cabeza. El visitante no puede haber formado todavía un juicio, pero el local avisa con amabilidad que espera una valoración positiva. Menos mal que tenemos a Sofía Vergara.

 

Y un disco

Se acaban de cumplir veinte años de Omega, el interesante experimento musical que reunió en 1996 al cantautor canadiense Leonard Cohen, al grande del flamenco Enrique Morente, a Federico García Lorca (por influencias mutuas y cruzadas) y al grupo granadino de rock y neopunk Lagartija Nick. “Ya estamos liados con otro tsunami”, señaló Morente, cuya hija Estrella afirmó: “Omega es el grito que Lorca hubiese pegado”. Los comienzos no fueron fáciles. A los puristas del flamenco estos mestizajes les preocupan, o los rechazan como una aberración. La actuación en el Teatro Albéniz de Madrid, el 28 de febrero de 1996, marcó el comienzo de la polémica. Morente y el guitarrista Tomatito daban un concierto y decidieron que tras los aplausos finales saldría Lagartija Nick para enseñar lo que estaban haciendo. La bronca no se hizo esperar. Abucheos, gritos, insultos... “La culpa no fue de la gente. No sabían lo que íbamos a hacer. Fueron a ver un bolazo flamenco de Enrique y Tomatito y, de pronto, se abre el telón y no podían creerlo. No sabíamos por qué, pero vimos que habíamos tocado en un punto que dolía. Les faltó darnos hasta en el cielo de la boca”, recordó Antonio Arias, de Lagartija Nick. Tras varios intentos de publicarlo, Omega salió gracias al mecenazgo del empresario inmobiliario y arquitecto polaco Antonio Idzikowski. Junto a poemas de Lorca, incluyó canciones de Cohen, futuro Premio Príncipe de Asturias en 2011, como “First We Take Manhattan”, “Take This Waltz” y otras. Aquel experimento musical abrió caminos divergentes. Uno de los miembros de Lagartija Nick acabó en otro grupo de larga trayectoria, de indie y también granadino, Los Planetas. Su último disco, Zona temporalmente autónoma, acaba de aparecer y está disponible en internet. Muestra algo importante, la tradición y vigencia de los mestizajes sin complejos. Según afirmó Jota, cantante del grupo: “El rock y el hip-hop son palos del flamenco”. Y se quedó tan tranquilo.

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Manuel Lucena Giraldo

Es investigador del Consejo Superior de Investigación Científica de España y profesor de ensayo en Cursiva, la escuela de escritura de Penguin Ramdom House.

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