Google+ El Malpensante

Ficción

El tatami

.

 

Ilustración de Manuel Gómez Burns

Llegué a Tokio disfrazado de árabe.

En la salida del aeropuerto me estaba esperando una pequeña comitiva de la universidad, pese a que era pasada la medianoche. Uno de los profesores japoneses, evidentemente el jerarca, fue el primero en saludarme en árabe –no sé si con acento japonés o sin él–, y yo solo le sonreí con tanta cortesía como ignorancia. Una chica, quizás asistente del jerarca o estudiante de posgrado, llevaba puesta una mascarilla blanca de laboratorio y unas sandalias tan delicadas que parecía estar descalza; no paraba de inclinar la cabeza hacia mí, en silencio. Otro profesor, en mal español, me dijo: Bienvenido al Japón. Un profesor más joven me estrechó la mano y luego, sin soltarme, me explicó en inglés que el chofer oficial del departamento de literatura de la universidad me llevaría enseguida al hotel, para que descansara unas horas antes del evento de la mañana siguiente. El chofer, un viejo canoso y chaparro, estaba vestido de chofer. Tras recuperar mi mano y agradecerles a todos en inglés, me despedí imitando sus gestos de reverencia y salí persiguiendo al viejo canoso y chaparro, quien ya se había adelantado en la acera y caminaba bajo una ligera llovizna con pasos nerviosos.

Llegamos en nada al hotel, que además quedaba muy cerca de la universidad. O al menos eso creí entenderle al chofer, cuyo inglés era aún peor que las cinco o seis palabras que yo sabía en árabe. También creí entenderle que ese sector de Tokio era famoso por sus prostitutas o por sus cerezos, no me quedó muy claro y me dio pena preguntar. Él se estacionó frente al hotel y, con el motor aún encendido, se bajó del carro, corrió a abrir el maletero, dejó mis cosas en la puerta de entrada (todo, se me ocurrió, con la desesperación de alguien que ya se orina) y se marchó murmurando unas palabras de despedida o quizás de advertencia.

Yo me quedé de pie en la banqueta. Un tanto confundido pero contento de finalmente estar ahí, entre el estrépito de luces de la medianoche japonesa. Había escampado. El asfalto negro brillaba como neón. El cielo era una inmensa bóveda de nubes blancas. Pensé que quizás me caería bien caminar un poco antes de subir a la habitación. Fumar un cigarro. Estirar las piernas. Respirar el jazmín de la noche aún tibia. Pero me dieron miedo las prostitutas.

 

*

 

Estaba en Japón para participar en un congreso de escritores libaneses. Al recibir la invitación unos meses atrás, y después de leerla y releerla hasta estar seguro de que no era un error o una broma, yo había abierto el armario y había encontrado ahí el disfraz libanés –entre mis tantos disfraces–, heredado de mi abuelo paterno, nacido en Beirut. Nunca antes había estado en Japón. Y nunca antes me habían solicitado ser un escritor libanés. Escritor judío, sí. Escritor guatemalteco, claro. Escritor latinoamericano, por supuesto. Escritor centroamericano, cada vez menos. Escritor estadounidense, cada vez más. Escritor español, cuando es preferible viajar con ese pasaporte. Escritor polaco, en una ocasión, en una librería de Barcelona que insistía –insiste– en ubicar mis libros en la estantería de literatura polaca. Todos esos disfraces los mantengo siempre a la mano, bien planchados y colgados en el armario. Pero nunca me habían invitado a participar en algo como escritor libanés. Y me pareció poca cosa tener que hacerme el árabe durante un día, entonces, en un congreso de la Universidad de Tokio, si eso me permitiría conocer el país.

 

*

 

Durmió con su uniforme de chofer. Eso pensé al verlo de pie a mi lado, quieto, impávido, esperando a que yo terminara mi desayuno para llevarme a la universidad. El viejo tenía las manos detrás de la espalda, la mirada hinchada y perdida en un punto preciso delante de nosotros, en la pared de la cafetería del hotel. No me saludó. No me dijo ni una palabra. No me apuró. Pero todo él parecía un globo lleno de agua a punto de estallar. Yo tampoco lo saludé, entonces. Solo bajé la mirada y me terminé el arroz blanco y el caldo de miso lo más lento que pude. Luego me puse de pie, le sonreí al globo blanquinegro a mi lado y me fui a servir más.

 

*

 

Mi abuelo libanés no era libanés. Lo descubrí o entendí hace unos años, mientras buscaba en Nueva York documentos de su hijo primogénito, Salomón, fallecido de niño allá, en una clínica privada, y enterrado en quién sabe qué cementerio de la ciudad. Uno de los documentos que encontré fue la bitácora misma –en perfecto estado– del barco que llevó a mi abuelo y sus hermanos a Nueva York, el 7 de junio de 1917. El barco se llamaba el SS Espagne. Había zarpado de Ajaccio, la capital de Córcega, a donde todos los hermanos llegaron con su madre al salir huyendo de Beirut; días o semanas antes de viajar rumbo a Nueva York, la habían sepultado a ella ahí mismo (nadie sabe de qué murió mi bisabuela, ni dónde quedó su tumba en la isla). Mi abuelo, según la bitácora, tenía entonces dieciséis años, era soltero, hablaba y leía francés, trabajaba como dependiente (“clerk”) y su nacionalidad era siria. “Syrian”, a máquina. Al lado, en la columna de “race or people”, también estaba escrita a máquina la palabra “Syrian”. Pero luego el oficial de migración se corrigió o se arrepintió: tachó esa palabra y encima, a mano, escribió la palabra “Lebanon”. Y es que mi abuelo siempre decía que él era libanés, dije, el micrófono apenas funcionando. Aunque Líbano, como país, no se estableció hasta 1920, tres años después de que él y sus hermanos salieron de Beirut. Antes de eso Beirut era parte del territorio sirio. Ellos, legalmente, eran sirios. Habían nacido sirios. Pero se decían a sí mismos libaneses. Acaso por raza o grupo de gente, como estaba escrito en la bitácora. Acaso por identidad. Yo soy entonces el nieto de un libanés que no era libanés, le dije al público de japoneses en la Universidad de Tokio, y bajé el micrófono. No sé si por respeto o confusión, el público de japoneses permaneció mudo.

 

*

 

Se llamaba Aiko. Tenía el pelo negro y corto, los ojos negros y grandes, la piel como de vidrio. No la reconocí hasta que ella, sonrojada, aceptó ponerse de nuevo la mascarilla blanca de laboratorio.

Me gustó mucho lo que dijiste de tu abuelo, dijo en un inglés correcto mientras volvía a quitarse la mascarilla. Le agradecí y ella de inmediato se lanzó a explicarme algo sobre la identidad de los libaneses. Yo solo podía ver sus labios apenas moviéndose al hablar. No más de treinta, pensé. No más de veinte, pensé. No tengo ni idea, pensé ya resignado. Todo en ella se contradecía. Por ejemplo: estaba vestida con una corta falda de tela escocesa, tipo colegiala, pero al mismo tiempo le colgaban del cuello unas antiguas gafas de lectura, como de abuela. Por ejemplo: la piel de su rostro era la piel tersa y rosácea de una adolescente, pero al mismo tiempo, entre su cabello, de pronto chispeaba una cana plateada, solitaria, perdida en esa noche tan negra. Por ejemplo: las uñas de sus pies ilusoriamente descalzos estaban pintadas de un color rojo guinda, pero al mismo tiempo tenía enganchado a su blusa blanca un gafete oficial de la universidad. Me había dicho, al presentarse, que estaba con la universidad. Así: con, “with”. Y yo no entendí si eso quería decir que trabajaba en la universidad o que estudiaba en la universidad o qué.

Estábamos de pie en el mismo auditorio donde era el congreso, rodeados por el público y demás participantes, todos también de pie, charlando en susurros, un vasito de café en las manos. Era media mañana. Quince minutos de receso, nos habían dicho.

Es que algo sé de la diáspora libanesa, dijo Aiko. Estoy casada con un libanés. Y alzó su mano izquierda, para mostrarme la evidencia en su dedo anular o quizás para alejarme. Yo también, le dije, también alzando mi mano izquierda pero sin anillo alguno, y sintiéndome como un idiota. Aunque no con un libanés, añadí, y Aiko casi sonrió. ¿Nunca hablaste de esto con tu abuelo?, me preguntó. No, nunca, le dije, dándole un sorbo al café. Mi abuelo murió el año que yo ingresé a la universidad, le dije, y nunca tuve ni la madurez ni la curiosidad para hablar con él de su infancia en Beirut, del viaje de salida que hizo con sus hermanos, de su llegada a Guatemala. Una lástima, dijo ella. Sí, una lástima. Guardamos silencio unos segundos. ¿Y tú eres de Tokio?, le pregunté y ella me dijo que estaba ahí solo por la universidad, que su familia era originalmente de Hiroshima. Voy mañana temprano, le dije. ¿A Hiroshima?, preguntó algo extrañada (pronunciaba la palabra “Hiroshima” como aspirándola entera). Claro, tendrás un compromiso en la universidad, supongo. No, ningún compromiso, le dije, nada más quiero conocer. Ella seguía con el ceño fruncido. ¿Y todavía tienes familia en Hiroshima? Guardó silencio un momento, como sopesando su respuesta. Mi abuelo, dijo, y luego se adelantó a responder la pregunta que no me atrevía a hacer: Sí, sobrevivió a la bomba. Pero Aiko no dijo más, y yo no quise preguntar más, y solo me quedé viendo cómo ella le daba pequeñas mordidas al borde de su vasito de cartón.

 

*

 

Tras el receso, me volvieron a entregar el micrófono para leerle al público algunas páginas de mis libros. Tenía pensado leer (en inglés, con traductor simultáneo al japonés) cuatro fragmentos de cuatro libros distintos que narran aspectos de la vida de mi abuelo, pero solo alcancé a leer el primero, sobre una finca de café que él había tenido en los años cincuenta o tal vez sesenta en El Tumbador, cerca de la frontera mexicana, pero que vendió al iniciar el conflicto armado interno entre militares y guerrilleros, y la cual yo nunca llegué a conocer. Al terminar la lectura, no sé por qué, quizás porque no quería leer o hablar más de mi abuelo, quizás porque la imagen de esa finca (o de aquel conflicto armado) hizo una carambola y activó la imagen de otra, empecé a contarles la historia de un viejo ganadero guatemalteco, de apellido Azzari.

Era el hijo o el nieto de un italiano que había llegado a Guatemala más o menos al mismo tiempo que mi abuelo, les dije (el traductor simultáneo, aunque un tanto despistado por la carambola, continuó su trabajo con valentía). Yo conocí a Azzari en su finca de ganado en San Juan Acul, una aldea en la Sierra de los Cuchumatanes donde él llevaba años produciendo un exquisito queso artesanal de una receta que había traído su padre o su abuelo desde Milán, pero cuyo verdadero secreto, me dijo Azzari, era el buen cuidado que él les daba a sus vacas. Me contó que en los años setenta había existido ahí cerca un importante cuartel militar (toda esa región del país, conocida como el Ixil, fue una de las más devastadas durante el conflicto armado interno), y de pronto los militares del cuartel se habían enterado de que él ayudaba clandestinamente a la comunidad de indígenas de San Juan Acul. Nunca me dijo Azzari qué tipo de ayuda clandestina les había brindado a los indígenas, pero supuse que era mucho más que darles trabajo y comida. Me contó que varios miembros de la comunidad lo visitaron una tarde para advertirle que tuviera cuidado, que los militares llegarían a buscarlo. Una manera de decir, me dijo, para algo mucho peor. Esa misma noche, entonces, Azzari huyó de la finca con todo su rebaño. No me explicó cómo hizo para transportar tantas vacas, si caminando o a caballo o acaso en varios camiones, pero me gusta más imaginármelo a pie en las montañas de los Cuchumatanes con una manada de enormes vacas blancas, guiándolas, arreándolas, acariciándolas, susurrándoles palabras de ánimo hasta por fin alejarlas del peligro y salvarlas (mientras él me hablaba, varias vacas merodeaban y pastaban en la pradera delante de nosotros, sin duda descendientes de aquellas que él salvó). Días o semanas después de su huida, Azzari llegaría con ellas hasta la capital, una travesía larga y complicada. Ya ahí le informarían de que aquella noche, la misma noche de su huida, los militares efectivamente habían llegado a buscarlo a su finca de San Juan Acul, y la habían quemado.

 

*

 

 Aiko me estaba esperando en la puerta del auditorio y caminamos juntos al restaurante de la universidad, nos sentamos juntos en la mesa larga y concurrida, ignoramos durante todo el almuerzo de ramen a los demás escritores libaneses y académicos japoneses, hablamos en susurros de nuestras vidas y de nuestras parejas (la suya vivía lejos, me dijo, en Beirut; la mía, le dije, vivía en todas partes) mientras yo sentía o creía sentir o me hubiera gustado sentir que, debajo de la mesa, en secreto, con sigilo, nuestros muslos jamás dejaron de rozarse.

 

*

 

En la piel de mi abuelo quedó su kimono.

La cafetería estaba ubicada a un par de cuadras de la universidad, en una antigua casa de madera que parecía a punto de ser engullida por tanto edificio y tanta modernidad. Se resiste, me había dicho Aiko cuando entramos. Estábamos sentados en dos taburetes de metal y vinilo corinto, ante un largo mostrador de mármol grisáceo, frío, con manchas de café y tabaco y quién sabe qué más. Del otro lado del mostrador, un señor de pelo blanco y alborotado nos preparó el café con un artilugio que yo no había visto jamás, una especie de sifón cilíndrico que goteaba hacia un sifón redondo más pequeño, y que daba la impresión de una droguería de química. Y el señor de pelo alborotado, entonces, en mandil blanco y guantes blancos, era el científico loco.

Me había dicho Aiko, al terminar de almorzar, que prefería tomar el café ahí, que ese era su lugar favorito cuando quería estar sola, que teníamos un poco de tiempo antes de que iniciaran los conversatorios de la tarde.

Solo una vez vi las quemaduras en la espalda de mi abuelo, dijo.

La taza de café humeaba en sus manos. Sus deditos de guinda no llegaban al suelo.

Una mañana, dijo, cuando yo era niña, él me llevó a nadar bajo un puente del río Ota, cerca de su casa. Íbamos solos, tomados de la mano. Al llegar, mi abuelo me sentó en la ladera del río y caminó hacia el agua y se quitó la bata delante de mí, de espaldas a mí. Yo era muy niña, entendía poco, pero aún recuerdo bien el patrón de quemadura en su espalda. Era como si tuviera su kimono estampado sobre la piel, o como si alguien le hubiese dibujado la tela de su kimono sobre la piel. Algo así. No entendí por qué mi abuelo llevaba su kimono en la piel. Solo entendí que esas cicatrices en su espalda eran iguales al tejido de sus kimonos, unos kimonos que yo conocía perfectamente. Pero no le dije nada, ni le pregunté nada. Tampoco sentí miedo. Solo me desvestí y nadé con mi abuelo en el río. Esa noche, le pregunté a mi madre y ella me explicó un poco, no mucho, supongo que para no asustarme. Telas blancas, me dijo mi madre, repelían el calor de la bomba. Telas oscuras lo absorbían y conducían a la piel. El kimono de mi abuelo era negro.

Entró un anciano a la cafetería y se sentó cerca de Aiko, saludándola como si se conocieran, y a mí me pareció que el anciano llegaba a sentarse todos los días a ese mismo taburete, a esa misma hora de la tarde.

Yo era solo una niña, susurró Aiko, su rodilla desnuda por momentos tocando la mía. Pero aquella noche entendí a mi abuelo. Entendí el porqué de su silencio. Entendí que la bomba había marcado para siempre su piel no con cualquier prenda de vestir, no con una camisa o un saco, sino con uno de los kimonos tradicionales que había heredado de su padre y su abuelo, y el cual ya ni siquiera existía. La bomba lo había incinerado, dijo Aiko. O más bien la bomba se lo había metido entre la piel.

El señor de pelo alborotado se acercó a nosotros con el sifón de café en la mano; sin preguntar, volvió a llenar nuestras tazas. Cerca de Aiko, el anciano tenía la cabeza volteada hacia mí y me miraba directamente.

Hibakusha, dijo Aiko. Quiere decir persona bombardeada. Así se les dice a los sobrevivientes de la bomba, a veces con desprecio y discriminación. Pero se desprecia y discrimina no solo a los sobrevivientes, sino también a nosotros, a sus hijos y nietos, debido al miedo que quedó en la población japonesa a los posibles efectos de la radiación. Por eso mi abuelo nunca habla de aquel día, dijo, y nunca muestra sus cicatrices en público.

Iba a decirle que entendía bien el silencio de un abuelo sobreviviente, que entendía bien las marcas que ellos luego llevan en la piel durante el resto de su vida. Pero solo me terminé el café en aquel espacio cómodo, grato, casi familiar.

 

*

 

Estábamos de pie, ya por marcharnos de regreso a la universidad, cuando el anciano le dijo algo a Aiko desde su taburete, y ellos dos se quedaron hablando en japonés. Pero el anciano, mientras hablaba con Aiko, no dejaba de verme. Su mirada no me pareció juiciosa ni displicente, sino la mirada indiscreta y sincera de un niño. Quiere saber si te sientes bien, me dijo Aiko. Es médico, me dijo. O era médico. No entendí la intención de su pregunta pero le dije que sí, que me sentía muy bien, gracias. El anciano sonrió con gentileza y volvió a decir algo. Dice él que no quiere molestar, me dijo Aiko, pero pregunta si le permites tomarte los pulsos. De nuevo no entendí por qué, pero tampoco me importó, y le dije que por supuesto, extendiendo mi brazo. El anciano se giró hacia mí, colocó tres dedos en el dorso de mi muñeca izquierda y se quedó así, con los ojos semicerrados. Tenía la piel escamosa, las uñas largas y afiladas. Recuerdo que me sorprendió su tacto firme y a la vez exiguo. ¿Por qué pulsos, en plural?, le pregunté a Aiko en un susurro, como para no interrumpir la concentración del anciano. Según la medicina oriental, me dijo ella también en un susurro, tenemos veintinueve pulsos distintos. El anciano dijo algo breve en japonés. Dice, me dijo Aiko, que detecta un pulso como de una cuerda de arco, no sé bien cómo traducir la palabra. Xianmai, dijo el anciano, sus dedos aún en mi muñeca (o quizás no). Xianmai, se llama ese pulso, dijo Aiko. Luego el anciano dijo algo en japonés mientras repetía un movimiento extraño con su otra mano. Dice, me dijo Aiko, que el ritmo de tu pulso es largo y tenso, como la cuerda de un instrumento musical. Ai, dijo el anciano, aún estirando esa cuerda invisible en el aire. Bien, le dije, ¿y eso qué significa? Ellos se quedaron hablando unos segundos. Pregunta él si has tenido recientemente un dolor agudo en el abdomen, y yo le dije que sí, a veces. Pregunta él si has estado más cansado que de costumbre, y yo le dije que sí, por las mañanas. Pregunta él si has sufrido recientemente algún golpe en el vientre, y yo le dije que no o que no creía (mucho después recordé Bruselas). El anciano volvió a decir algo. Dice, me dijo Aiko, que este tipo de pulso puede significar un desbalance en la armonía de tu hígado o bazo, un desbalance que él ya había visto reflejado en el color de tus ojos y en el tono de tu piel.

Guardé silencio, entre escéptico y asustado, supongo. Pero no sé si asustado por el anciano mismo o por aquello que, sin decirlo explícitamente, me estaba vaticinando. No era posible diagnosticar todo eso a través del simple tacto de un pulso. ¿O sí?

El anciano de pronto dijo algo conciso, categórico, como un punto final o un dictamen final, y soltó mi muñeca. Pero Aiko solo agradeció y se despidió y me empujó hacia la puerta de salida.

 

*

 

Delante de nosotros caminaba un monje budista. Llevaba puesta una túnica color salmón y unos zuecos de madera, y se protegía de la intemperie o del mundo bajo un paraguas de papel blanco y bambú. Yo estaba seguro de que verlo en ese momento, ahí, delante de nosotros, casi dirigiéndonos de regreso a la universidad, era señal de algo. Nos detuvimos en una intersección, al lado del monje budista, y yo aproveché para preguntarle a Aiko qué había dicho el anciano al final, antes de soltarme la muñeca. Ella no me respondió. O quizás sí me respondió y yo no logré oírla a través de su mascarilla blanca de laboratorio (solo la usaba en áreas públicas). Tuve que pedirle que por favor se la quitara antes de preguntarle de nuevo. Nada importante, dijo ella, bien escondida detrás de los pliegues de su fleco.

 

*

 

En la tarde, durante una tediosa mesa redonda sobre las distintas ocupaciones históricas que había sufrido el territorio libanés (romanos, otomanos, franceses, sirios), y los distintos y complicados nombres que sus ocupadores le habían otorgado (Emirato del Monte Líbano, Mutasarrifato del Monte Líbano, Estado Sirio Federado del Gran Líbano, Reino Árabe Unido de Siria, y por fin, oficialmente, República Libanesa), yo me quedé medio dormido, y solo hablé en una ocasión. El moderador japonés me despertó de mi siesta para preguntarme qué me había parecido Beirut, la ciudad de mi abuelo, la ciudad de mis ancestros, y yo tomé el micrófono y le dije que jamás había estado en Beirut. Pero sí muy cerca, dije, en Israel. Alguien del público tosió. Y dos veces, añadí ante el silencio absoluto en el auditorio. Una, para la boda ultraortodoxa de mi hermana menor, en Jerusalén. Y la otra, cuando tenía veinte años, para participar en una especie de olimpíada de judíos de todo el mundo llamada Juegos Macabeos, como parte de un equipo de baloncesto de judíos guatemaltecos. Un equipo circense, dije, vodeviliano, de barrigones y calvos y niños torpes y ancianos en vendajes y andador. Y es que casi no hay judíos guatemaltecos (cien familias, se suele decir), mucho menos judíos guatemaltecos que sepan driblar un balón con la mano izquierda. Alguien del público volvió a toser. No ganamos ni un solo juego, dije. Pero casi me agarro a trompadas a medio partido con un jugador búlgaro, por estarse burlando de nosotros. Y solté el micrófono con énfasis.

A mi alrededor, algunas frentes libanesas seguían fruncidas. Yo me eché para atrás y crucé los brazos, y lo último que pensé, antes de volver a mi siesta, fue que todos los rostros japoneses en el público parecían los rostros impávidos de un museo de cera.

 

*

 

Otro receso a media tarde. Otros quince minutos con Aiko. Posiblemente los últimos quince minutos con ella, se me ocurrió mientras la veía caminar hacia mí en su uniforme de colegiala. Traía dos cafés en las manos y me entregó uno. Yo necesitaba fumar. Necesito conseguir un cigarro, le dije, y Aiko de inmediato se volteó hacia un señor que estaba de pie a su lado, le dijo algo en japonés y el señor me extendió cajetilla y encendedor. Era una cajetilla pequeña, color verde manzana, con el dibujo de dos murciélagos dorados. Golden Bat, en letras del mismo dorado. Le agradecí en inglés y el señor solo inclinó levemente la cabeza. Puedes fumar aquí afuera, en el pasillo, dijo Aiko, y me tomó suave del brazo, guiándome como a un ciego.

El pasillo estaba ruidoso, caliente, ahumado, lleno de fumadores. Caminamos hasta el fondo, buscando inútilmente un poco de privacidad, hasta llegar a una pileta rectangular hecha de cemento. Vi que abajo, en el agua oscura, nadaba un koi solitario, largo, blanco y amarillo.

Aiko parecía nerviosa. Se paró de puntillas para acercarse a mí y me preguntó (sus labios casi en mi mejilla) cuántos días pensaba quedarme en Hiroshima, y yo (su mejilla casi en mis labios) le dije que no estaba seguro, que unos cuantos, porque luego quería visitar Kioto, conocer el mercado de Kioto, quizás pasar una noche en uno de los templos budistas. Aiko me preguntó (sus dedos casi en mi antebrazo) si me interesaba ver una escuela primaria de Hiroshima, o los restos de una escuela primaria de Hiroshima, ubicada a menos de medio kilómetro del punto donde había detonado la bomba, y yo (mis dedos casi en su hombro) le dije que por supuesto. Aiko me preguntó (su aliento tibio en mi cuello) a qué hora salía mi tren al día siguiente, y yo (mi aliento en su cuello tibio) le dije que muy temprano. Aiko guardó silencio un momento. Luego sus mejillas se encendieron escarlata y su mirada se puso muy triste y a mí me pareció que estaba a punto de ponerse a llorar ahí mismo, entre tantos fumadores, al lado del koi blanco y amarillo. Y sin pensarlo me acerqué a ella, quizás para abrazarla o consolarla (sus pechos casi rozando mi pecho), quizás solo porque quería sentirla más cerca (su sexo casi acariciando el mío), y Aiko instintivamente se echó para atrás, como defendiéndose ante mi indiscreción. Balbuceé unas palabras torpes y me distancié un poco (se evaporaron los sexos y los pechos y los labios y la tibieza de los alientos). Ella, su mirada negra hacia abajo, sacudió la cabeza una sola vez, dócilmente, acaso diciéndome que no con ese único movimiento. Luego se volvió a poner de puntillas y yo estaba seguro de que quería decirme algo más, algo importante, o algo etéreo, o algo menudo y frágil como un cenzontle, o algo cálido para quizás derretir ese pesado bloque de hielo que yo había colocado entre nosotros, cuando de pronto el japonés jerarca salió al pasillo y nos anunció a todos los fumadores que estaban por empezar el último evento.

¿Listo?, mordiendo suave el vasito de cartón. Listo, le mentí, y machaqué el cigarro en el suelo.

 

*

 

 Al final de la tarde, durante el último conversatorio que incluía a todos los invitados, mi disfraz libanés empezó a deshilarse, a perder su brillo.

Primero uno de los participantes, un viejo novelista de Trípoli, me acusó de impostor. O al menos el traductor simultáneo usó esa palabra, sentado a mi lado en el escenario. Impostor, en inglés. Yo no entendí si el viejo novelista lo había dicho en broma o en serio y, sonriendo, le dije que todo escritor de ficción es un impostor. Luego, un periodista con saco y corbata comentó con solemnidad –pero sin verme– que no había entendido qué sentido tenía relatar ahí, en un congreso de libaneses, la historia de un ganadero guatemalteco. Una académica literaria ya mayor brincó a defenderme, más o menos, diciéndole al periodista –sin verme y hablando de mí como si no estuviese presente– que lo mismo hacía Halfon cuando escribía, que todos sus cuentos parecían extraviarse y no llegar a ninguna parte. Yo no dije nada, aunque pude haber dicho mucho. Luego, una poeta joven de Beirut me preguntó directamente si alguna vez había intentado visitar Líbano, y cuando le dije que no, que no era un viaje fácil para un judío, ella puso cara de asco y me preguntó si alguna vez al menos había contemplado la posibilidad de visitar Líbano. Iba a responderle que sí, que varias veces, cuando el moderador japonés alcanzó el micrófono y abrió el foro para preguntas del público. Una señora japonesa pidió la palabra y, tratando de hacerlo con discreción, preguntó en inglés por qué algunos de los escritores ahí presentes no eran del todo libaneses, qué criterio habían usado los organizadores del evento para elegir a los invitados. El japonés jerarca, desde el público, tomó el micrófono y dijo algo sobre la diversidad de la identidad libanesa, no limitada a un país ni a una lengua. Algunos escritores del conversatorio de inmediato comentaron algo en árabe, obviamente en desacuerdo, y aunque el traductor simultáneo me lo fue traduciendo en susurros, yo decidí que era mejor ya no poner atención, y me quedé viendo por el único ventanal del auditorio: un ventanal inmenso, con vista panorámica de la ciudad. A mi lado, un famoso escritor brasileño, aunque nacido en Beirut, solo me daba palmaditas en el brazo, como con misericordia o solidaridad. Los demás continuaban discutiendo en árabe, cada vez más recio, algunos hasta señalándome con el dedo (o eso percibí), y yo seguía viendo la ciudad por el ventanal. Pero poco a poco, con sus gritos en árabe aumentando y las miradas del público incinerándome (o eso percibí), empecé a sentir una necesidad apremiante no solo de explicarme, sino también de defenderme ante tanta sospecha y acusación. La poeta de Beirut estaba gesticulando y gritando algo en árabe –acaso alguno de sus poemas– cuando yo empecé a hablar sin siquiera haber pedido la palabra o buscado el micrófono.

Hablé de mi abuelo. Hablé de la casa de mi abuelo. Hablé de los amigos de mi abuelo. Hablé de los negocios de mi abuelo. Hablé de la muerte de mi abuelo. Hablé cosas de mi abuelo que me fui inventando ahí mismo. Todo me lo fui inventando ahí mismo. Pero no me importaba. Ya no me importaba qué estaba diciendo de mi abuelo, si aquello que estaba diciendo de mi abuelo era verídico o aun relevante, sino más bien no parar de hablar de él, y así no permitir que mis compatriotas y colegas recuperaran la palabra y siguieran acusándome de impostor y de mal libanés y de quién sabe qué más. Varias veces alguno quiso interrumpirme o detenerme, pero ni volteé a ver y solo seguí hablando recio de mi abuelo. Y hablé más de mi abuelo. Y yo seguía hablando de mi abuelo cuando noté que el inmenso ventanal ya se había oscurecido, y que del otro lado las luces blancas de Tokio iluminaban la noche, y que en el reflejo las lentejuelas doradas de mi disfraz de nuevo empezaban a brillar.

 

*

 

El japonés jerarca logró decir unas últimas palabras de agradecimiento antes de que los espectadores en el público aplaudieran a medias, se pusieran de pie y empezaran a desfilar hacia la salida del auditorio. Yo también me puse de pie. Con la excepción del famoso escritor brasileño, los libaneses me ignoraron.

Unos estudiantes, ya en el escenario, querían hacerme unas preguntas (el chofer, noté de reojo, me esperaba en su misma pose nerviosa para llevarme a quién sabe dónde). Aiko estaba parada detrás de los estudiantes, casi escondida, casi invisible. Yo me sentía agotado de tanto hablar, pero también ansioso, eufórico, como si hubiese tomado demasiado café. Probablemente porque había tomado demasiado café. Los estudiantes me hablaban en susurros, apenados, y me era difícil ponerles atención o aun entenderles. Pero igual les fui respondiendo deprisa, con pocas palabras, hasta que ellos finalmente se marcharon.

Aiko dio un paso tímido hacia mí y se quedó quieta, seria, en silencio. Sus ojos me parecieron ahora aún más negros. Pensé que quizás seguía sentida por mi indiscreción anterior, o que quizás se había molestado por alguna cosa que yo había dicho sobre los libaneses, o que quizás estaba esperando a que yo le dijera algo primero, acaso unas palabras de despedida antes de mi viaje del día siguiente. Pero no pude decir nada. Ella estiró una mano hacia mí y la colocó suave en mi abdomen y, con un tono de voz que juzgué más urgente o desesperado, me dijo que por favor la acompañara, que quería mostrarme un tatami antiguo, hecho de paja de arroz y tejido con la fibra natural de una planta llamada igusa, que mantenían en un salón privado en el fondo de la biblioteca.

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Eduardo Halfon

Ganador en 2010 del Premio de Novela Corta José María de Pereda con La pirueta. En 2015 publicó el libro de relatos Signor Hoffman.

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