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Iceberg

Ägg

correspondencia extraviada

Nos llega este correo de un remitente en Suecia, al parecer por equivocación. En el asunto pone “Ägg”.

Me acabo de instalar en la residencia en Upsala, perdón por reportarme hasta ahora. Ni siquiera había tenido tiempo para desayunar y, como tú sabes, para sentirme en casa debo tener algo en la nevera. Por eso, luego de que me entregaron la habitación, salí en busca del que según Google era el supermercado más cercano.

Desde la entrada todo se veía familiar: carritos de metal, cajas registradoras, estantes y más estantes. De hecho, no me costó encontrar los productos para el desayuno. Comencé con el pan. Escogí uno tajado, blanco. Seguí con la leche. La nevera estaba llena de cajas, todas de la misma marca, exhibiendo la caricatura de una vaca con una campana colgándole del cuello. El problema vino a la hora de elegir los huevos. Al igual que con la leche, solo había de una marca. Solo que, en lugar de tener la foto de una gallina en la caja, traía el dibujo de un búho. Todo estaba en sueco. Así que me animé a preguntarle en inglés al tipo que tenía más cerca si acaso existía la posibilidad de que lo que tenía en la mano no fueran huevos de gallina sino huevos de búho. Sí, huevos, me contestó e inmediatamente emprendió la huida. Recordé demasiado tarde la advertencia que me había hecho un amigo: a los suecos no hay que hablarles muy de cerca porque los espantas. Entonces cambié de táctica e intenté traducir una por una las palabras que aparecían en la canasta de cartón de los huevos con la esperanza de dar en algún momento con la palabra “gallina”. El resultado, luego de teclear por varios minutos letra por letra, fue una traducción de Google completamente literal e ilógica. Tal vez se debía a que en sueco, al igual que en alemán, se puede crear cualquier palabra con la unión de otras. Eso sin contar la distancia brutal entre la sintaxis del sueco y la del castellano.

Tenía tanta hambre que al final decidí irme con los huevos de búho. Volví a la residencia, los preparé y me los comí. Dicen que con hambre todo sabe a cielo. Fuera o no de búho, lo que compré me supo a huevo de gallina. Quizás por la misma razón que el caimán me supo a pollo en el Amazonas.

Después de acabar con el pan, me serví un vaso de leche y en el primer sorbo reconocí el sabor de la de cabra. Revisé la caja pensando que a lo mejor me había confundido, pero ahí estaba el logo: los cuernos, las manchas blancas y negras. Así me recibi&oa...

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