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Ficción

Mi alma por una confesión

Un cuento.

Ilustración de Riki Blanco.

La iglesia del padre Valencia se erigía orgullosa en un cerro escarpado entre la fábrica de pólvora y mi colegio. La abuela Carmen solía llevarme los domingos por la mañana porque me gustaba el olor del incienso. Era tan antigua como el pueblo –hablo de la iglesia, no de mi abuela–. Podía verla desde mi ventana y escuchar los redobles de la campana como una explosión infernal venida desde las estrellas. Solía esconderme debajo de la cama para escapar de lo que imaginaba era el fin del mundo, pero entonces recordaba que se trataba tan solo de la campana y regresaba tranquilo a dormir sabiendo que, de tratarse de un ataque fraguado en el infierno, la iglesia sería la primera y la única en venirse abajo.

En las vacaciones me gustaba leer revistas de superhéroes y hacer caricaturas mientras oía la radio en las noches. En las mañanas montaba en bicicleta con mi mejor amigo, Miguel Ángel Anath. Competíamos río arriba y él me ganaba por siete cabezas de distancia. Yo era muy buen perdedor debido a que siempre perdía. Anath era muy buen ganador porque siempre ganaba. Disfrutaba de tenerlo cerca; no obstante disfrutaba aún más cuando se largaba lejos con su familia a la playa hasta el final de las vacaciones. Era mi mejor amigo en todo el mundo a pesar de que exigía constante atención, como una mujer, siendo él mucho más vanidoso y horrorosamente ególatra. Me gustaba divertirme con él aunque no veía la hora de que se fuera, y cuando por fin lo hizo, al día siguiente del cese de clases, las verdaderas vacaciones empezaron. Un mes sin Anath era en sí mismo tener vacaciones.

Debía encontrarme solo para dibujar. Siempre me gustó hacerlo. Aprendí a dibujar perros y gatos antes de saber escribir. Alguien dijo alguna vez que mi cara se parecía a la del gato de Alicia en el País de las Maravillas y por eso me gustaba dibujarlo, al gato de Cheshire, especialmente por sus ojos verdes y grandes tan similares a los míos. Eso era algo con lo que Anath jamás podría competir. La tía Victoria decía que mis ojos eran faroles de luz para la humanidad y yo le creí siempre. Los ojos de Anath eran cafés como la mierda.

Anath decía q...

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Julián Silva Puentes

(San Gil, Santander) Abogado y escritor. En 2015 fue finalista del Concurso de cuentos Floreal Gorini. Ha colaborado con las revistas Número, Fusión y Dossier

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