Google+ El Malpensante

Iceberg

La billetera

¿Quién no la ha perdido?

Perder la billetera no es solo perder la billetera, sino parte de la vida; hacerse acreedor ocasional del anonimato, disponer el pecho a las heridas notariales, cambiar para siempre, desprendernos de una costra querida.

No en vano Raymond Carver entendió que su padre había muerto cuando vio su billetera inanimada en las manos de su madre.

Mina Loy, artista y amante de Arthur Cravan, contaba en su correspondencia que el dadaísta tenía una billetera por cada una de las identidades que creó para conformar la revista Maintenant, en la que hacía las veces de redactor, corrector y editor.

Joe Gould, el gran borracho de la Generación Beat, escribió lo que pudo ser su obra maestra en una servilleta, la dobló y la guardó en la billetera que olvidó en alguna taberna de la Quinta Avenida. Lo que podría explicar por qué él mismo quedó prácticamente en el olvido.

Al extraviar la billetera se abandona un nombre, una intención, una esperanza, un deseo, un trabajo, una oportunidad, el papelito de algún dulce que por alguna razón estaba ahí, las boletas de una entrada a cine, tarjetas bancarias, carnés. A veces, incluso, se pierden cartas de personas importantes y, con ellas, las promesas que hicieron o hicimos. Y fotos. Estas últimas duelen, se van los rostros queridos, los ojos vigilantes. 

Y qué decir sobre andar indocumentado, luego de botar la billetera. Salir sin identificación es hacerse merecedor del rótulo de extranjero en el país propio, comidilla de requisas y paria en la entrada de los bares. Es ganarse un curso exprés en tramitología. Lo que en un país burocrático como este –y esto es quizás lo único bueno de botar la billetera– sirve de mucho a futuro.

Por todo lo anterior, podemos decir que la billetera es un pequeño baúl, un museo itinerante. Quien no la ha perdido no conoce el verdadero significado de naufragio. Y como en toda tragedia, hay quienes a la hora de botar la billetera les va mal y a quienes les va peor. Por ejemplo, están los que, además de los documentos de identidad, pierden también la bolsita de perico que habían escondido en las rendijas de cuero. Por otro lado, están los desafortunados que pierden el papelito con el número del dealer.

Página 1 de 1

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Agosto 2018
Edición No.199

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

Huesos y pelo


Por Pilar Quintana


Publicado en la edición

No. 194



Un cuento  [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores