Lejos de las raíces latinas, el autor de este diccionario se embarca en un mordaz esfuerzo para definir algunas palabras de uso y abuso frecuentes.
Frase de inicio. Estupidez, lugar común, arrume de letras que uno pone cuando necesita comenzar a emborronar una página. Ejemplos: «La unidad histórico-cultural que conforman una veintena de países latinoamericanos muestra en la actualidad los signos de una profunda conmoción que abarca tanto los estratos sociopolíticos como la órbita del pensamiento y del arte»*. «The history of politics appears very often to consist in a swing from demands for change to demands for order–and vice versa»**. «De no existir el poder político, viviríamos en lo que los filósofos han llamado el estado de naturaleza»***. «Cuando el hombre, inducido a una viva observación, comienza a mantener una lucha con la naturaleza, siente ante todo el impulso irrefrenable de someter a sí mismo los objetos»****. Ninguno de estos libros se baja de los veinte mil pesos.
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* Graciela Maturo, Claves simbólicas de García Márquez, Fernando García Cambeiro, 1977.
** Preston King, The Ideology of Order, Frank Cass Publishers, 1999.
*** Victoria Camps, El malestar de la vida pública, Grijalbo, 1996.
**** J. W. Goethe, Teoría de la naturaleza, Tecnos, 1997.
Hechos. Según las más graves teorías sociológicas, antropológicas y filosóficas contemporáneas, los hechos son «construcciones sociales». Desde luego, hay construcciones bastante contundentes, como un camión que venga a 80 kilómetros por hora.
Independencia. Es lo que se logra después de librar batallas ganadas por tipos como Hermógenes Maza.
Inducción. Un tipo muy común de razonamiento, del que algunos ilustres filósofos y científicos han pensado que constituye el fundamento de la ciencia. Consiste en inferir, a partir de la observación de un determinado número de casos, una afirmación general sobre todos los casos similares posibles. El doctor Abelardo Quirama, abogado litigante en la época del suceso, se hizo famoso por emplear una forma específica de inducción (i.e., la inducción enumerativa), cuando, defendiendo a un acusado de homicidio en alguna parte del Eje Cafetero, argumentó en una audiencia: «Excelentísimo señor juez: mi acusado es inocente. Tiene que ser inocente. En el año 87, en el municipio de La Unión, fue acusado de asalto a mano armada, y fue absuelto por falta de pruebas; en el año 89 en la ciudad de Pereira lo acusaron de homicidio múltiple, y fue absuelto por falta de pruebas; en el año 93, en La Virginia, lo acusaron infamemente de acceso carnal abusivo, y fue absuelto por falta de pruebas...». Antes de que el doctor Quirama continuara con el alegato, el acusado reaccionó y, si no con lágrimas en los ojos, sí por lo menos con cierto brillo, se puso de pie, tocó el hombro del doctor Quirama y le dijo: «Ay dotor, hágame el favor y no me defienda más».
Interdisciplinariedad. Es cuando se encuentran dos buscavidas y se ponen a romper un paradigma.
Libro. Cuando llegué a Manizales para estudiar Filosofía y Letras, me fui a vivir con la tía Rocío. Allí me hice cargo de la formación espiritual de uno de sus nietos. En una ocasión, estando en la cocina con mi tía, el niño de cinco años se acercó a preguntarnos dónde estaba Dios. La tía me miró y le dijo al niño que me preguntara a mí, que para algo debía servir lo que estaba estudiando. Le expliqué entonces al pequeño que Dios, así como Supermán y Batman, era una invención humana, un símbolo que servía para unir y dividir a la gente; que no estaba en ninguna parte; que, en resumidas cuentas, no existía. Mi tía miró al niño con ternura y le dijo: «Tranquilo papito. No le haga caso a este bobo que él es de esos montañeros que se vienen pa’ la ciudad, se leen un libro y se vuelven evangélicos».
Mujer. Dolor de costado.
Música clásica. Cuando no existía la Fiscalía, mi papá trabajaba como juez de instrucción criminal en Manzanares (Caldas). Con frecuencia debía viajar a la zona rural para adelantar las investigaciones propias de su cargo. Lo que más le molestaba era tener que soportar la música de carrillera que le ponían los choferes de los jeeps que contrataba para los viajes. Así que decidió emprender una labor didáctica y, cada que viajaba, llevaba en el bolsillo de la camisa un casete con música clásica. Apenas comenzaba el viaje y el chofer ponía alguna canción del Caballero Gaucho o cosa por el estilo, papá le pedía el favor de que quitara eso y pusiera su casete de música clásica. Para completar su labor, papá les echaba siempre el siguiente sermón: «Mire, señor. Esa música que le acabo de poner se llama música clásica. Para que usted me entienda, le voy a explicar la diferencia con una comparación. La música clásica es como la mamá de la demás músicas. El rock, la balada, el vallenato, son como las hijas buenas de la música clásica. Mientras que esa porquería que usted puso al comienzo, esa música de carrilera, es como las hijas putas de la música clásica». No sé qué tan efectiva fue la didáctica de papá en cuanto al cambio del gusto musical de los choferes, pero lo cierto es que siempre le funcionaba en los viajes, ya que se oía su casete a la ida y a la vuelta. Hasta que un día un chofer lo miró a la cara después de terminado el sermón y le hizo la siguiente pregunta, como un alumno obediente: «Oiga dotor: ¿y usté dónde pasa más bueno: donde su mamá o donde las putas?».
Paradigma. Refugio de las sandeces, la flojera, la pereza, la simulación, el fraude y demás virtudes de la investigación científica. Los únicos científicos que se ven en la necesidad de decir todo el tiempo que son científicos son los afiliados a las ciencias sociales. Y para demostrarlo, vuelven a abrir la boca y dicen que están o bien «cambiando de paradigma», o bien «rompiendo» uno. Le rompen, en todo caso, la paciencia a cualquiera y la columna al idioma. El diccionario no registra este último uso de la palabra, puesto que el trabajo del lexicógrafo es recoger el uso vulgar, no el especializado. Pero este uso singular, en el caso que nos ocupa, se ha vuelto el pasaporte de todo el que quiere ingresar a un círculo universitario. La epidemia ya alcanzó a las empresas y los comentaristas deportivos. Alejandro Gustavo Piscitelli, en una página de internet cuya única frase rescatable debe ser la que sigue, corta relaciones con la palabra después de haber sido uno de sus habituales: «Cada vez que ahora escuchamos la palabra paradigma nos dan ganas de sacar un revólver y matar no sólo al concepto sino también a sus mensajeros»*. (De todos modos el efecto del uso prolongado se le nota en la ortografía y la redacción.)
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* Página web: http://www.ilhn.com/filosofitis/archives/003347.php
Ph.D. Es una abreviatura de la frase latina Philosophiae Doctor, pero al igual que con Dasein (véase la entrada en este diccionario), ahora forma parte de todos los idiomas y, más aún, todas las profesiones. Así, cualquiera que esté tan desahuciado como para hacer un doctorado en Manizales, por ejemplo, sale firmando «Fulano de tal, Ph.D.» O un veterinario que estudie un doctorado en reproducción de marranos, sale firmando igual. Por el uso, la abreviatura se ha vuelto el eufemismo predilecto para «doctor», aunque los lustrabotas todavía no se han percatado (véase la entrada para doctor en este diccionario). La principal ocupación de un Ph.D. consiste en romper paradigmas a través de la investigación interdisciplinaria (véanse las entradas correspondientes en este mismo y estupendo diccionario).
Puta. 1) Una de las más felices combinaciones de letras de todas las épocas. Su pronunciación repetida se parece a una invocación religiosa. Su principal función es servir de raíz a los elogios más populares (e. g., «ese libro es una putería», «ese tipo es un putas»). 2) Según Corominas, tiene una etimología incierta, incertidumbre que se transfirió a la conducta de las que la llevan puesta. Así, cuando en Pensilvania (Caldas) había un club social, el doctor Jiménez y yo, que éramos socios, acostumbrábamos recoger a algunas amigas en Casa Roña, quizás el mejor sitio de recreación con que ha contado el oriente de Caldas, ubicado en Manzanares. Las llevábamos hasta Pensilvania y las presentábamos en la entrada del club como «la ingeniera Marta», «la doctora (médico) Yurani», etc. Al parecer, el comportamiento de nuestras invitadas no fue del todo bien recibido por algunas damas del pueblo, y en una ocasión en que intentamos entrar acompañados de dos de ellas, el portero nos llamó aparte y le dijo al doctor Jiménez que no podíamos ingresar con esas señoritas (fue la palabra que usó). Jiménez, obviamente molesto por tal desplante, le exigió una explicación al cancerbero. Éste le dijo en voz muy baja: «Dotor, lo que pasa es que esas niñas son de dudosa reputación». Jiménez, colérico, le replicó: «Usté sí es un pendejo, ¿no? De dudosa reputación las que hay adentro; éstas son unas putas».
Síntomas. Son los signos visibles de una enfermedad. En la escritura y el habla recientes, el uso de las siguientes palabras constituye un síntoma: paradigma, proceso, dinámica, sociocultural, sociopolítico, socio… lo que sea, actores (para referirse a cualquiera). No se ha establecido si cada una es la manifestación de una enfermedad distinta, o si su combinación, que se presenta con una alarmante frecuencia, produce una enfermedad nueva más letal.
Sociología. Consiste en hacer incomprensibles los apuntes del vendedor de dulces.
Valores. Lo que determina la manera en que uno juzga a los demás y a sí mismo. No se sabe muy bien de dónde salen ni dónde se adquieren, pero cuando uno menos piensa los tiene encima. Una vez, conversando con mi tío Darío, alias «Echandía», en el balcón de la casa de mis papás en la plaza central de Pensilvania, apareció por la izquierda un primo mío muy conocido en la familia por su laboriosidad. Mi tío, entonces, echó una larga bocanada de humo, me miró con cierto tono de reproche en los ojos y comentó: «Ese muchacho sí es un verraco: tiene dos camiones, una finca y un montón de cabezas de ganado. Es que ese muchacho sí es juicioso, no bebe, no fuma...». En ese momento, Echandía puso cara de haber recibido una revelación, sacudió la cabeza enérgicamente y continuó en un tono airado: «... no fuma, no bebe... eso es un bobo; eso es una loca».
Verdugo. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra tiene quince usos. El más común, sin embargo, designa a un «ministro de justicia que ejecuta las penas de muerte y en lo antiguo ejecutaba otras corporales, como la de azotes, el tormento, etc.». En este sentido, la palabra no admite el femenino. Le pregunto a un entendido amigo la razón de tan enorme omisión. Me dice que las mujeres nunca han ejercido. Y después vienen a decir que es este diccionario personal el del humor negro (remito al lector desocupado al final de la entrada de este diccionario para la palabra Dasein, para que vea lo que diría mi tío sobre la Real Academia).
Vicio. 1) En Pensilvania, don Noé Gómez es un profesional en la administración de bares. Estudié con uno de sus hijos, Mauricio, y varias noches a la semana asistíamos a la cantina del papá. Cuando don Noé estaba muy borracho, le daba por aconsejar a su hijo. Una noche lo llamó con ese gesto ceremonial de los padres cuando van a decir algo importante, y le dijo: «Mauricio, mijo, tómese todo el trago que ve aquí (y haciendo un arco iris con el brazo, señalaba la estantería repleta de botellas), fúmese todos los cigarrillos que ve aquí (el mismo gesto con el brazo), cómase todas las viejas que quiera, y todos los muchachos que quiera también... pero no vaya a meter vicio en la hijueputa vida». 2) Siempre que he contado esta historia para explicar el significado de la palabra, el auditorio ha estallado en carcajadas. Excepto en una ocasión, en el club de Ajedrez Capablanca, en Manizales. Allí, luego de contarles la historia a mis amigos ajedrecistas, hubo un silencio incómodo en el que todos esperaban la conclusión o el chiste. Cuando comprendieron que ya había terminado, dos de ellos dijeron casi al unísono, mientras golpeaban la mesa con un puño aprobatorio, «es que así es como se les habla a los muchachos».
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