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Edición N° 53

N° 53

Marzo - Abril de 2004[ ver índice ]

Casi infinita es la lista de los libros que claman, callados desde los anaqueles de pocas bibliotecas públicas y privadas, una reedición. Asoma esta vez el grito temperado de los Dichos de Luder, del peruano Julio Ramón Ribeyro. Aquí una puntica, por si algún editor aventurero se arriesga.

 
—Hay tantas universidades ahora —dice Luder— que en ellas se distribuye más la ignorancia que el conocimiento. Los educadores olvidan que el saber es como la riqueza: mientras más se reparte, menos le toca a cada uno.
 
 
—Por favor —dice Luder a su criada—, deja entrar a quien sea, menos a sociólogos barbudos que están haciendo una tesis sobre “El Escritor y su tiempo”.
—Un libro magistral —dice Luder— puede ser un agregado de frases banales, del mismo modo que con una sucesión de frases geniales no se hace un libro magistral. En el arte literario, curiosamente, el todo no es la suma de las partes.
 
 
—El peor de los lectores —dice Luder— es el intelectual zapatón que espera marxistamente sentado en el poyo de los libros la aparición de un mensaje.
 
 
—Estoy preocupado —dice Luder—. He leído que nuestro nuevo presidente no fuma, ni bebe ni juega ni enamora.
—¿Y qué?
—Me espantaría ser gobernado por un hombre que haya ganado un premio de virtud.
 
 
—Si me quejo a menudo de mis males no es para que me compadezcan —dice Luder— sino por el infinito amor que les tengo a mis semejantes. Me he dado cuenta de que la gente duerme más tranquila arrullada por la música de una desgracia ajena.
 
 
—Estoy arruinado —le dice un amigo que acaba de perder su modesto trabajo de profesor de colegio.
—Exageras —lo consuela Luder—. Los pobres siempre han estado arruinados. Sólo los ricos tienen el privilegio de arruinarse. Aunque también es verdad que un rico arruinado será siempre menos pobre que un pobre rico.
 
 
—¡Cómo me hubiera gustado conocer a Goethe, a Sten­dhal, a Hugo, a Joyce! —exclama un amigo entusiasta.
—¡Ah, no! —protesta Luder—. No los hubieras aguantado más de cinco minutos. Casi todos los grandes escritores son unos pesados. Sólo la muerte los vuelve frecuentables.
—Lo mismo o algo parecido dice Montaigne en sus Ensayos —le reprocha alguien al escucharlo lanzar una sentencia moralizante.
—¿Y qué? —protesta Luder—. Eso sólo demuestra que los clásicos siguen plagiándonos desde la tumba.
 
 
—Nada, absolutamente nada compensa el sacrificio de la vida de un adolescente —dice Luder—. Por eso aborrezco a esos profetas endemoniados que conducen a toda una generación de jóvenes al martirio. Para ellos, sólo para ellos, habría que rescatar los castigos crueles que inventaron los antiguos: ahorcarlos con sus propias barbas y entregar sus restos a la voracidad de los cuervos.
 
 
—Nunca alcanzarás a los ricos —le dice Luder a un amigo mundano y arribista—. Cuando te mandes hacer tus ternos en Londres, ellos ya se los hacen en Milán. Siempre te llevarán un sastre de ventaja.
 
 
—Leí en alguna parte esta frase —dice Luder—: “Nuestro primer deber es sobrevivir, ya luego nos ocuparemos de la victoria”. Pero también podría decirse “Nuestro primer deber es la victoria, qué importa si no sobrevivimos”. Todos los aforismos son reversibles.
 
 
—Hoy he amanecido particularmente optimista —dice Luder—. Creo que voy a poder al fin dedicarme a la redacción de mi epitafio.
 
 
—Le falta una generación para ser realmente distinguida —dice Luder de una amiga de origen modesto que se ha pulido y encumbrado—. Si la observas bien, te das cuenta que debe estar extremadamente atenta pues, al menor descuido, le asoma el rabo de la vulgaridad.

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