elmalpensante.com - Lecturas paradójicas

Artículos

300 días en Afganistán

Texto y fotografías de Natalia Aguirre Zimerman

El texto que sigue, excepcionalmente largo incluso para las dilatadas tradiciones de esta revista, cumple sin embargo con medidas también excepcionales de calidad e interés que nos llevan a publicarlo de un tirón: es la versión muy personal de lo que vio y vivió una joven médica colombiana durante algo más de 300 días en Afganistán, adonde llegó el 9 de septiembre de 2002 y de donde partió el 15 de julio de 2003.

300 días en Afganistán
Edición N° 53

N° 53

Marzo - Abril de 2004[ ver índice ]

Medios

Imágenes

  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
  • 11
  • 12
  • 13
  • 14
  • 15
  • 16
  • 17
  • 18
  • 19
  • 20
  • 21
  • 22
  • 23
  • 24
  • 25
  • 26
  • 27
  • 28
  • 29
  • 30
  • 31
  • 32
  • 33

Preludio necesario

El texto que sigue, excepcionalmente largo incluso para las dilatadas tradiciones de esta revista, cumple sin embargo con medidas también excepcionales de calidad e interés que nos llevan a publicarlo de un tirón: es la versión muy personal de lo que vio y vivió una joven médica colombiana durante algo más de 300 días en Afganistán, adonde llegó el 9 de septiembre de 2002 y de donde partió el 15 de julio de 2003.
 
Afganistán es un país que los colombianos conocemos sobre todo a través de la óptica guerrerista y maniquea del periodismo americano, en particular el de televisión. A este periodismo le interesa muy poco la vida cotidiana de los lugares en los que se desarrollan las batallas y se obsesiona en cambio con las implicaciones geopolíticas de los conflictos. Como Afganistán está en guerra desde hace más de dos décadas y acaba de padecer el fundamentalismo talibán, lo corriente sería encontrar en los microrrelatos que siguen ante todo hechos de sangre y fanatismo. Sin embargo, el lector encontrará la visión de una joven médica paisa, minuciosa, humana e incontaminada por las jergas y los prejuicios típicos de los corresponsales de guerra. Desde luego que el conflicto no está ausente de sus relatos, pero aun así podemos encontrar en ellos a mucha gente de carne y hueso que vive, sufre y se divierte en un sobresalto constante que con gran facilidad transita de la vida a la muerte.
 
Vale la pena aclarar que Natalia estaba en Afganistán a título de médica gineco-obstetra en una misión de la prestigiosa ONG Medicins sans Frontières (o MSF), si bien lo que ella relata no refleja de ninguna manera la versión oficial de MSF, así ellos estén al tanto de la presente publicación. Se trata simplemente de las observaciones personales que la autora envió por e-mail a su familia y a sus amigos en Medellín, así como de las fotos que tomó para ilustrar su experiencia. No sobra recalcar que su estadía en Afganistán coincidió con el momento en que el ejército de Estados Unidos invadió a Irak, de modo que los riesgos para la seguridad de los representantes de MSF y demás ONG humanitarias se agudizaron mucho en el proceso, según se nota aquí y allá en el texto.
 
Lo demás no es lo de menos: estamos ante un retrato múltiple de la vida cotidiana de un pueblo martirizado y llevado a grandes abismos por una tradición religiosa problemática y por una larga historia de traumas e invasiones. Mucho se ha hablado de las diferencias que existen entre la escritura femenina y la masculina. Pues bien, lo que sigue sólo lo pudo escribir una mujer. Esperamos que los lectores lo aprecien. A nosotros, tanto los microrrelatos como las fotos nos parecen extraordinarios, de suerte que los publicamos de una buena vez en toda su gloriosa extensión.

 

Una alfombra mágica moderna

No sé ni por dónde empezarles a contar lo que he visto en los últimos tres días. Salí de París hacia Dubai porque la carretera de Pakistán a Afganistán está muy peligrosa, ya que en estos días es el aniversario del bombardeo sobre Kabul y se teme que ocurran incidentes conmemorativos. Salí con cuatro acompañantes: Petra (una logística holandesa como de mi edad), Yoerguen (un anestesiólogo alemán queridísimo que iba rumbo a Sri Lanka), al que decidimos llamar “Yogurt” para podernos acordar, Alain (un cuarentón reportero de MSF) y Katrina (la partera neozelandesa). Desde el check-in se vio lo ostentoso de la aerolínea. Los tags para las maletas eran rojos, de plástico grueso, blandito y súper bien diseñado.
 
Cuando llegamos a Dubai a la 1:30 a.m., nos bajamos, y en emigración vimos una gente de fantasía. Unas mujeres africanas, negras como el carbón, de 1,90 m de estatura y ropa de colores muy fuertes, con vestidos enormes y tocados como medio tribales en la cabeza. Estas africanas, además de imponentes, tenían una voz de tono muy bajo y miraban con la cara en alto. No tengo ni idea de su nacionalidad pero viajaban solas. Luego vimos toda clase de musulmanas, con toda clase de trapos en la cara y rayones en las manos. Había una especialmente triste. Parecía ser la esposa de un duro saudita, barrigón, de atuendo blanco. Tenía toda la cara cubierta con un velo gris oscuro; las manos, blancas e impecables, adornadas con joyas ultra costosas; los zapatos, de tacón y negros. Detrás de ellos un maletero traía tres french poodles blancos, grandes e impecables, iguales a la dueña.
 
Como era de esperarse, el equipo pasó tranquilo por in­migración, pero como yo tengo pasaporte colombiano y no tenía visa, me sacaron a un lado y se me enfrió todo. Pensé: me van a deportar y mínimo me voy de violada en la prisión local de Dubai. Afortunadamente, un viajero experimentado que me acompañaba les echó el cuento de que era sólo por una horas y que yo era de un equipo huma­nitario. La carreta funcionó y me dejaron salir hacia el hotel. Por cortesía de los Emiratos Árabes nos alojamos en un hotel lujoso y bastante miamesco (como todo en Dubai, ¿o será que en Miami todo es arabesco?). Tres horas más tarde regresamos al aeropuero, me monté en el vuelo de Naciones Unidas, un Fokker medio destartalado, y llegué a Afganistán.
 
 
Aterrizaje
 
Uno llega hasta Kabul desde una altura mayor de la normal porque, al igual que Medellín, la ciudad está metida entre montañas y tiene una en la mitad. Cuando el piloto piensa que ya está cerca a la pista, se tira en picada y uno cree que se va a matar. Pero no, todo lo tienen bien calculado para que no nos tumben (por motivos de seguridad uno nunca sabe a qué horas sale o llega, porque los talibanes derriban los aviones a punta de rockets). El avión vuela muy bajito y en el último momento lo aterrizan con una precisión impresionante. Lo primero que uno ve en la pista son los cadáveres de cientos de aviones, y los esqueletos de buses y carros, dispuestos a ambos lados de la pista. Algunos muy oxidados (como si pertenecieran a una guerra pasada); otros parecen recientemente fusilados, y los carros en que viaja la población están premórtem. ¿Cómo describirles la ciudad? Hagan de cuenta que están en Tolú luego de la bomba de Hiroshima, y de que no ha llovido en cuatro años. Todo es café grisoso (salvo la gente), y la ciudad tiene varicela. Todos los frentes de las casas y edificios muestran cicatrices de los tiros de los Kalash­nikov porque como las construcciones son de ladrillo terroso, se les cae el pedazo del lado del huequito.
 
Nos recibieron los conductores de MSF y nos llevaron a la casa.
 
La casa es en realidad una serie de edificios que pertenecieron a un hombre muy rico, hace muchos años, rodeados por un muro alto que impide mirar hacia afuera. Tiene dos pisos. Es un monstruo de casa, de aproximadamente diecisiete cuartos (apenas normal para una familia afgana rica). Tiene ocho baños con agua caliente. Los muebles son de los años sesenta, y en cada cuarto hay una lámpara enorme de cristal, tipo araña, y un tapete persa. En la biblioteca hay televisor, grabadora, libros (para mi pesar casi todos en francés), juegos, como billar afgano y Scrabble (pero los franceses no saben bien inglés y no pueden jugar) y rompecabezas.
 
Ya comencé a trabajar. Hasta hoy me tocó trabajar en ropa prestada porque tenemos restricciones severas de movimiento dentro de la ciudad, e ir al bazar está totalmente prohibido. Así que tuve que conseguir mi primera shwar kamize por medios no muy santos, que no les puedo contar porque la holandesa sabe español, el mail es compartido y me hago deportar si me pillan. La ropa es feísima, color mugre (eso lo camufla a uno muy bien en este polvero); gruesa, porque el invierno está por comenzar, y la pañoleta gigantesca (según las reglas).
 
Fui a las tres clínicas que me toca supervisar porque básicamente estoy aquí para organizar dos servicios de maternidad en dos clínicas rurales que no los tenían y que estaban destruidas. Una ONG alemana las está reconstruyendo, y nosotros nos encargamos de habitarlas y ponerlas a funcionar y de convencer a la población de que vengan a parir al hospital. La razón básica es que la mortalidad materna en Afganistán es la más alta del mundo: ¡1,7 por cada cien partos, lo que significa que se muere una de cada 60 mujeres que tiene un hijo! Éste es un indicador muy claro de lo mal que viven las mujeres en este país. El promedio de vida de una mujer es de 45 años, y la mayoría no sabe leer ni escribir. En conclusión, estoy al frente de un hospital veterinario.
 
 
Exquisiteces
 
En la casa somos muchos y tenemos dos cocineros que se lla­man Khan y Zaman. Son unos encantos, no hablan ni una palabra de inglés o francés, pero no importa porque son unos genios para cocinar y ya me los amigué para no pasar trabajos. Todos los días nos tienen una canasta de frutas frescas para el desayuno (melón, uvas, peras, manzanas y bananos), y a las 12:30 venimos de las clínicas y nos tienen pan afgano fresco. Éste se llama nan (se pronuncia como nun, o sea monja en inglés). Es largo, aproximadamente de 60 cm, y plano, y de ancho tiene como 20 cm. Lo fabrican en hornos, en las panaderías de las viudas de la guerra, y es como pan árabe pero más oscurito (me sueño con un frasco de queso crema Colanta para untarle). Este pan es multiusos. Sirve solo, como comida en sí mismo; de base, como una arepa, o para envolver carne, como un tamal. De plato fuerte siempre hay carne de res, cabra, cordero y muy ocasionalmente pollo. Todos los días hay ensalada tipo “mi mamá”, o sea, de las que tienen todo medio deshidratado, berenjenudo, tomatudo y pimentonudo. Por ejemplo: el almuerzo de hoy fueron unos seudorraviolis de espinaca cubiertos con carne y queso. Siempre tenemos postre: ayer fue pie de banano con Nutela. Hace dos días fueron cubitos de “queso urraeño” con pedacitos de pistacho y almendras. Hace más días me dieron una réplica exacta de colaciones pero más chiquitas. En el corazón tenían una almendra tostada.
 
Cualquier cosa que le pedimos a Khan, él nos la consigue en el mercado negro porque Seguridad de MSF nos tiene recluidos en Alcatraz. Khan llega todos los días en bicicleta (único medio de trasporte del 99,9% de los kabulíes) con la canasta cargada de encargos que recibimos como si fueran cartas de la novia para un soldado en Vietnam. Lo otro que se come, pero que no he probado porque no me dejan salir a la calle, son los kebabs (pinchos). Estos berraquitos atraviesan cualquier cosa o a cualquiera con un palo y lo ponen a asar. Hay kebabs de carne, vegetales, cebollas, mixtos, etc. Tal como yo lo esperaba, la comida de este país es exquisita.
 
 
Fisonomías
 
No hay tal cosa como el afgano promedio. No existe. Los afganos son personas de múltiples procedencias. Hay tribus que se originaron en Mongolia, algunas con raíces en lo que ahora es Rusia, y otras se subieron de Pakistán. Cuando uno sale a la calle, ve cuatro tipos de etnias claramente definidas.
 
Los tajiks (hermosísimos), altos, cejones, con la piel medio clara. Tienen los ojos claros (verdes, azules o miel) y cuando te miran, sientes que te están interrogando. A los niños tajiks yo los miro y los miro y los miro porque tienen en los ojos unas rayitas rojas (en vez de las cafecitas que tenemos los colombianos), que salen desde la pupila, y algunos son pelirrojos.
 
Los pashtun son oscuros, cejones, muy velludos, con la mandíbula grande y los ojos miel. Vienen de Pakistán y fueron los que dieron origen a los talibanes.
 
Luego están los hazara, de la zona central de Afganistán, muy discriminados (son de segunda categoría para los demás). Son primos de los mongoles, por lo cual son achi­nados y no les crece pelo en la cara. Durante el régimen talibán fueron tratados muy mal. Por ejemplo: los talibanes les exigían a los hombres tener una barba que les llegara hasta el pecho. Como se podrán imaginar, a los hazara no les crece barba, entonces en la calle les cascaban por violación de los mandatos. ¿Cómo les parece este castigo?
 
Para terminar, tenemos a mis favoritos: los kutchis, una rama de los pashtun. Son una tribu nómada de personas muy pequeñas pero muy ricas y coloridas que viajan con camellos, cabras, burros y carpas por todo este país y los vecinos. No le responden a nadie por nada. Si los friegan mucho, se van. No cumplen ninguna regla de ningún Estado y se niegan a taparse la cabeza. Aun durante el régimen talibán, las mujeres se resistieron a cubrirse la cabeza. Son medio salvajes pero muy pacíficos. En el ala izquierda de la nariz las mujeres se ponen una areta en forma de florecita, con una piedrita verde en la mitad. Tienen la costumbre de entabacar a los bebés en telas de colores, los amarran con una cuerda dorada y les ponen un sombrerito lleno de bolas. Quedan como unos gusanos.
 
En estos días me trajeron unos mellicitos, acordonados, hermosos. El gusto kutchi es igual al de Paula, mi hermana, cuando tenía tres años. Se ponen el mismo día una falda de puntos con una camisa de cuadros con un chaleco dorado. Ninguna tela es ni del mismo color ni del mismo material, pero por alguna razón logran verse hermosos. Adicionalmente son más lindos porque se alimentan con leche de cabra. A la hora de parir, obviamente, las mujeres kutchi no van a los hospitales. Cuentan las parteras que ellas trabajan hasta el minuto del parto, luego del cual se paran, se lavan, entabacan al niño y siguen con sus oficios.
 
Los afganos son para los franceses una manada de hipócritas, pero para mí son unos sobrevivientes. Mejor dicho, para sobrevivir en esta tierra tan hostil desde todo punto de vista, este pueblo ha desarrollado conductas y estrategias inimaginables. Una especie de malicia indígena. Hoy piensan una cosa y mañana otra. O se adaptan o se mueren. Los franceses repiten mucho en el trabajo que a los afganos les toma diez años aprender cosas (como ven, los franceses son bastante pretenciosos y arrogantes), pero yo pienso que ningún ser humano que haya sobrevivido veintitrés años en un país en guerra y desértico puede ser ni siquiera moderadamente bruto. Es más, a veces pienso que se burlan de los expats o expatriates (los foráneos) franceses. Tiene una actitud un poquito como cuando uno le dice a alguien: “Sí mijo, sí mijo”, pero en el fondo no tiene ninguna intención de hacer lo que se le está pidiendo. Saben que los expats son temporales y ellos permanentes.
 
 
The Kabul Project
 
Mi grupo se llama Kabul Project, y mi función principal es coordinar la reconstrucción, entrenamiento y puesta en marcha de dos servicios de maternidad en el área rural. La jefa mía, Fariba, es una señora de 55 años que nació en Irán pero que vive en Australia. Es muy buena gente pero tiene un temperamento durito y vive agarrada de las greñas con el jefe supremo, lo cual a mí no me conviene para nada. Los otros de mi equipo no viven en la casa: Matahbbudin, un logístico local súper querido, que parece un muñequito; Leilomá, mi intérprete farsi-inglés y mi mano derecha; el doctor Khaled, un pediatra afgano, y Leila, la que limpia la oficina.
 
En la casa vivimos muchos expats. Pero bueno, yo siempre les hablo de los logísticos. Un logístico es alguien que tiene que diseñar sistemas, aparatos, programas, planes, etc. Tienen que ser capaces de diseñar desde el plan de evacuación de toda una misión, hasta arreglar la ducha del segundo piso con su respectivo calentador. Con respecto a los franceses, yo ya no sé qué pensar. Son todos como de mi edad pero bastante prepotentes. Evitan mezclarse con los locales. No se bañan todos los días, y no propiamente por ecológicos. Fuman y toman trago como condenados. Para complementar este ramillete de virtudes, tampoco son del todo ajenos a otros vicios. Estos manes no pueden creer que yo sea de Colombia (la Meca de los psicotrópicos) y que ni siquiera me tome un trago. Tan de malas que les tocó semejante beata. De todas maneras, por raro que parezca, los colombianos nos parecemos infinitamente más a los afganos que a los franceses. Un afgano es un paisa (recursivo, avispado, hospitalario, medio cauteloso y muy trabajador). Mañana tenemos una fiesta en MSF España (yo soy MSF Francia) y, como no podemos salir a la calle después de las 9:30 p.m., nos toca llevar sacos de dormir. Tenemos una buena dotación de ellos.
 
 
Olores: de la gente, de las flores
 
Los franceses huelen a grajo, con alcohol, orégano y aliento mañanero. Los conductores de los carros huelen a grajo sen­cillo, y los hospitales a orines (no tienen agua corriente, sino unos tanquecitos en cada consultorio). Los baños de nuestra casa huelen a lo mismo que los franceses, mezclado con berrinche (porque los hombres franceses tampoco le atinan a la taza).
 
Pero el almuerzo, cuando uno viene de la clínica muerto del hambre, huele a gloria: a pan fresco, a carne asada, a torta en el horno. La otra razón para que la comida sea tan buena es que como el cocinero Zaman lleva tantos años trabajando en la casa, cada expat le ha enseñado su mejor receta. Cuando quiere, nos hace italiano o a veces neozelandés o de pronto carne con papitas (eso, fijo, se lo enseñó alguien como yo).
 
Quién lo creyera, pero a los afganos les encantan las rosas. Hay un fenómeno único y particular en los jardines y es que no son verdes sino grises por el polvero. Lo más lindo es que los rosales son grises pero como las rosas se abren súbitamente y no se alcanzan a empolvar antes de morirse, el jardín parece una postal en blanco y negro a la cual alguien le coloreó las flores con óleos. Las rosas son, además de olorosas, de todos los tamaños y colores imaginables. Razur (mi choquidor favorito) me va a recoger las semillas al final del otoño para llevarlas a Colombia. Nota: choquidor significa vigilante.
 
 
De compras
 
Matahbbudin me llevó al bazar y la pasé muy bien. Aquí no hay supermercados sino bazares de todo tipo (háganse de cuenta los tianguis mexicanos). Unos son más elegantes que otros, pero todos con el sistema antioqueño del regateo. Nada tiene precio fijo. Por ejemplo, hoy me compré la tercera shwar kamize, de color azul petróleo, que me costó 300.000 afgani, lo cual equivale a cerca de seis dólares, o sea unos 18.000 pesos colombianos. Considerando que cada shwar kamize trae pañoleta y pantalones, creo que es muy barato. Nos dan de per diem (plata para el gasto local) ochenta dólares por mes libres, con lo cual me basta y me sobra. Yo me gasto la platica en teléfono, pistachos y ropa. Las primeras dos shwar kamizes me las dio MSF, pero de ahí en adelante las otras mudas las compro yo, aunque podría sobrevivir con sólo dos. La intérprete me preguntó un día si los franceses eran muy avaros que se tenían que poner la misma ropa día de por medio. Entonces decidí comprar por lo menos cuatro muditas para no parecer una pordiosera ante los ojos de mis compañeros afganos. La shwar kamize es la ropa de mis sueños: amplia, larga, amorfa, le permite a quien la lleva moverse en cualquier sentido sin la más mínima limitación. La pañoleta es indispensable porque lo protege a uno tanto del sol como del polvo. ¡Cómo voy a extrañar mis shwar kamizes cuando vuelva a Colombia!
 
 
En las clínicas
 
Tristemente, anoche casi se nos muere Fátima, la esposa de Khan, el cocinero. La historia es larga, pero básicamente Khan tiene dos esposas: Marialai, con quien se casó por amor y con la que tiene cuatro hijos, y Fátima, que es la viuda de un hermano que desapareció hace ocho años. Como lo ordena la ley sagrada, Khan casó con Fátima, y ahora viven los tres en la misma casa. Fátima tenía dos hijos del hermano, otros dos de Khan y estaba esperando el tercero. Tenía ocho meses de embarazo y anoche le dio un abruptio de placenta y casi se muere. La ley actual dice que después de las doce de la noche nadie puede salir en la ciudad. Las calles las patrulla el ISAF, el ejército internacional, que agarra a tiros a cualquiera que salga después de esa hora. A Khan le tocó salir para el hospital muerto del miedo y con Fátima sangrando y, claro, lo pararon mil veces. Ella llegó con 4 de hemoglobina (lo normal es 12) y con el bebé muerto. Aún no se lo han contado. Cuando fui a visitarla al hospital me encontré con Marialai, la primera esposa, quien estaba deshecha porque aparentemente se lleva muy bien con Fátima y comparten la crianza de los hijos. Parece que Fátima va a estar bien.
 
Después me fui para Arzan Quimat —una de mis cliniquitas— y ahí otra cosa me partió el alma. En la sala de espera vi a una niña de aproximadamente 13 años con una cara hermosa y unas aretas con cascabeles. Le dije que tenía las aretas más lindas de Afganistán, y ella se rió. Como dos horas más tarde, la hermanita vino corriendo, me entregó las aretas y salió a toda carrera. Yo la llamé y le regalé las mías para que se las llevara. Así de generosa es la gente de Afganistán.
 
Luego estuvo excelente el día en las clínicas. Las pacientes son súper queridas y, además, entre mujeres no hay ningún secreto. Los hombres que vienen como médicos están fregados porque sólo pueden conocer la mitad de la rea­lidad, pero a las mujeres expats los hombres nos tratan como hombres y las mujeres como mujeres.

 

Ver Comentarios[ Clic para desplegar ]

Para poder comentar, debe ingresar a su cuenta o registrarse aquí

Edición actual Nº 140

edicion 140