La paradoja del martillo
¿Hasta qué punto es útil una teoría, o varias, en el análisis de algo tan radicalmente particular como una obra de arte exitosa? Digamos, para empezar —¿es ésta nuestra premisa teórica?—, que sin la fuerte singularidad la obra de arte no sobrevive. Dado el carácter casi siempre seductor de los empeños artísticos, lo natural es que esta singularidad encarnada en la obra ejerza un magnetismo notable sobre las obras que le siguen en el tiempo. De hecho, desde hace mucho se habla de las influencias artísticas como si fueran algo normal y previsible. Lo esencial aquí es que la influencia no es la influencia de una teoría, ni de una construcción teórica, sino justamente la influencia de la fuerte singularidad incorporada en la obra de arte que nos impresionó como tal.
Ahora bien, ya hay una larga historia de las artes o, dicho de otro modo, hay una larga historia de las singularidades y de sus influencias sucesivas. De esta historia surgen patrones, tendencias, rasgos generalizables, técnicas identificables, en síntesis, semillas de teorías, hasta el punto de que también, cómo no, hay una historia de esas teorías. Sin embargo, llega la nueva singularidad o se produce una vez más el “shock de lo nuevo” del que hablaba Robert Hughes, y por cuenta de su impacto el gran caleidoscopio del arte da un vuelco, abriendo quizá un camino ignorado hasta entonces. Pronto, o no tan pronto, la teoría se modifica. Va atrás, no adelante. Casi nunca, que yo sepa —mi ignorancia al respecto es oceánica o quizá suceda que los ejemplos son muy escasos—, la teoría sirve para predecir la gran singularidad que vendrá. No se hizo para eso, me dirán, y yo concuerdo. Incluso, el estrepitoso fracaso del arte plástico contemporáneo o el ya casi centenario impasse que significó la música dodecafónica de Schoenberg y sus amigos consiste precisamente en querer anteponer una teoría a la praxis artística, en querer que todo surja de un gran corpus de ideas preconcebidas.
Sobra decir que el mundo real está lleno de profesores y de burócratas, quienes desde hace algún tiempo descubrieron que podían al menos intentar prescindir de las singularidades intempestivas, seductoras pero perturbadoras. Al fin y al cabo, uno tiene su bella teoría, está encariñado con ella, le ha trabajado mucho y no tiene por qué alegrarse de que llegue un intruso con un bate de béisbol o con un martillo a rompérsela. Es muy posible, no ya que al profesor o al burócrata la llegada del intruso no le haga la menor gracia, sino que imagine alguna manera disfrazada de decirle: “váyase usted ahora mismo a la mierda”. El disfraz de este insulto será casi de seguro teórico, pues en últimas lo que saben hacer los profesores y los burócratas es teorizar y luego aplicar lo teorizado. ¿Y quién es uno para prohibirlo?
A Cromwell no le gustaban las mujeres maquilladas y mucho menos le gustaba el teatro, que ora le olía a papismo, ora a paganismo. De ahí que bajo su reino el puritanismo inglés haya cerrado los teatros que dieron lugar a Shakespeare. Luego las artes florecieron como nunca... en Francia.
Moraleja: el puritanismo sirve para hacer la guerra y para hacer dinero, pero es una catástrofe para las artes.
Estoy saliendo del aeropuerto del DF en México. Hay colas y no alcanzan los taxis. Un gozque pasa por entre la gente. Este perro morirá pronto, no me cabe la menor duda. Tiene ojos de indecisión. Es ignorado.
El poder
Cuando los dioses quieren perder a los hombres, primero los hacen arrogantes. Luego, sordos.
No hay que olvidar que una de las razones por las que sentenciaron a muerte y, en últimas, asesinaron a Ricardo Lara Parada era por tocar el acordeón.
Los doctorados honoris causa pueden ser el reino de lo sorprendente. Thomas Mann recibió nueve, entre ellos uno de Harvard, otorgado en simultánea con el de Einstein, y otro de Yale, otorgado en simultánea con el de Walt Disney. Que cada cual saque sus conclusiones.
Ver Comentarios[ Clic para desplegar ]
Para poder comentar, debe ingresar a su cuenta o registrarse aquí