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Entrevistas

El placer de las digresiones

Una entrevista con Javier Marías

La reciente publicación de Tu rostro mañana, la singular meganovela de Javier Marías, es el pretexto para que el autor explore, en compañía de Juan Gabriel Vásquez, los meandros y misterios de su literatura.
El placer de las digresiones
Edición N° 109

N° 109

Junio de 2010[ ver índice ]

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El novelista como traductor
 
Javier, los lectores de lengua española te deben varias traducciones extraordinarias. Tristram Shandy, de Laurence Sterne, El espejo del mar, de Conrad, Hydriotaphia, de Thomas Browne... No son pocas las grandes obras literarias que se pueden leer en español con tus palabras. Como traductor que eres...
Que fui, más bien. Hace mucho tiempo que no traduzco nada.
 
Claro, pero sigues teniendo sobre un texto la mirada de un traductor.
Bueno, sí.
 
Me preguntaba entonces qué participación tuviste en la traducción de Tu rostro mañana, y cómo crees que ha afectado el trabajo de Margaret Jull Costa la conciencia de estar traduciendo a un traductor experto. ¿Crees que un traductor pueda sentir una cierta amenaza al traducir las ficciones de otro?
Más bien todo lo contrario: creo que ella agradece la posibilidad de traducir a alguien que conoce la lengua a la cual ella traduce, que comprende bien los problemas de los traductores porque ha sido traductor a su vez, y que por lo tanto está dispuesto a echar todas las manos posibles. Claro, cuando yo traducía –hace ya unos veinte años que no traduzco libros, aunque de vez en cuando traduzca algún poema suelto, algún cuento que me gusta–, la mayoría de mis autores estaban muertos. Y hubo tantas veces en que decía: “Ojalá pudiera dirigirme a Conrad, o a Yeats, o a sir Thomas Browne y preguntarle qué diablos quiere decir esto”. Y evidentemente me las tenía que ingeniar para resolver las dudas por mi cuenta. Así que si alguien me viene a preguntar a mí, contesto siempre. Yo creo que Margaret me ha sentido más bien como colaborador.
 
¿Cómo te sentiste frente al resultado final?
Me parece que realmente sigue siendo mi libro. Es esa cosa misteriosa que tiene la traducción, y sobre la que habló Borges y han hablado tantos otros: cómo un texto puede seguir siendo el mismo después de perder lo que lo ha posibilitado, que es la lengua, y de que ni una sola de las palabras que se encuentran en el texto traducido sea obra del autor. Y sin embargo seguimos pensando: “Es el mismo”. Yo me he encontrado con alguna traducción de un libro mío, a un idioma que conozco, frente a la cual no me reconozco. Con las de Margaret, sí.
 
¿Cómo ha influido tu trabajo de traductor en tu propia manera de escribir?
Bueno, a mí no me parece que haya tanta diferencia entre traducir y escribir. Evidentemente hay un grado de libertad menor en la traducción, pero hay siempre una cierta libertad; y lo que es el trabajo definitivo, el trabajo sobre la prosa que va a producir el resultado final, para mí es el mismo. Esto es algo de lo que soy plenamente consciente desde no hace mucho: la seguridad que tiene un traductor –tiene muchas inseguridades, pero tiene sobre todo una– es la de contar con un texto original que no tiene que inventar, al cual ha de intentar ceñirse lo más posible. Al escritor, en cambio, le puede fallar su propia invención; puede encontrarse muy desorientado, tener que hacer una pausa y esperar unos días. La del traductor es una tarea que se puede comparar con la del intérprete musical: tiene muchas dificultades a la hora de interpretar una pieza, pero siempre tiene la partitura, sabe que la partitura no va a desaparecer. Así que me he dado cuenta de una cosa que me ayuda al escribir. Dado que yo soy un autor que no tiene un trazado de las novelas antes de empezar, sino que las averigua a medida que las hace, tener un primer borrador de una página, aunque sea escrito de cualquier manera, funciona como el texto original en las traducciones. Si uno tiene un primer borrador, por malo que sea, a partir de allí se trata de trabajarlo, de pulirlo, de una manera muy similar a la traducción. Uno tiene una especie de apoyatura. Cuanto más trabaja uno sobre ese falso original, más se va acostumbrando a eso que es nuevo. Yo necesito, con cada página que escribo, tomarme el tiempo de asumirla, de acostumbrarme a ella, de aprobarla. La voy aprobando poco a poco hasta que digo: “Ya no lo sé hacer mejor”.
 
Quieres decir que tu primer borrador es como el texto original de la traducción, y el segundo borrador es como la traducción del primero, que vas puliendo y corrigiendo.
Algo así. Y me doy cuenta de que trabajo sobre ese primer texto de una manera bastante similar. Ese borrador me da seguridad, así como el traductor tiene la seguridad del original: tiene que esforzarse mucho, pero no en inventar. En ese sentido, la traducción me ha influido mucho: me he dado cuenta de que necesito trabajar de manera parecida a como trabajaba mis textos de traductor.
 
Hablas de borrador. ¿Te refieres a que llegas al final de la novela y entonces vuelves a la primera página para comenzar a corregir?
No, nunca. Cuando hablo de borradores, me refiero a los de cada página. Yo nunca leo todo mi libro seguido, ni siquiera cuando lo he terminado. Cuando mando al editor el manuscrito, lo hago sin haber leído el libro completo. Ni siquiera fragmentos: “Voy a leer las primeras cien páginas, o voy a leer lo que llevo...”. Eso no lo hago. Solo en pruebas llego a leer el libro entero. Antes, voy haciendo página por página, y cada página es definitiva: una vez que la paso a la carpeta, la doy por buena. Así va a ir a la imprenta.
 
Quisiera que hablaras de Sterne, que para mí es, entre los autores que has traducido, el que está más presente en tu manera de hacer las cosas.
Sí, es cierto. De algunos autores aprende uno más que de otros, lo cual no quiere decir que sean mejores. Así como hay autores que ayudan al traductor, porque, aunque sean difíciles, tienen un ritmo, o una melodía en su prosa; si el traductor logra cabalgar sobre ella, se produce una especie de contagio. Uno se instala en esa musicalidad, en esa melodía. Hay autores que tienen esto y otros que no. Me pasó con Conrad, con sir Thomas Browne. Pero no con Yeats, ni con Isak Dinesen. Y del que más he aprendido es Sterne, a pesar de que lo traduje hace ya más de treinta años. Salió en 1978, fíjate. Yo tenía 24, 25 años cuando me atreví con ese libro...
 
En el prólogo de esa traducción dices que has tenido que “forzar al máximo la sintaxis”. Forzar la sintaxis es una descripción bastante precisa, diría yo, de lo que hacen tus narradores de ficción. ¿Sientes que traduciendo el Tristram Shandy descubriste algo acerca de tu propia prosa, algo que acabó metido en tus novelas a partir, digamos, de Todas las almas? ¿Sientes que esas frases largas y llenas de digresiones de tus novelas se deben en parte a Sterne?
No sé si lo podría cifrar así. Esa traducción fue importante, claro, porque además me llevó tiempo y conviví con ella dos años durante los cuales no escribí nada propio. Mira, la palabra “estilo” cada vez se usa menos y cada vez está más desdeñada: como no es científica... Pero a mí me parece una palabra muy útil y además, aunque no sea fácil de definir, creo que el estilo existe. Eso sí, cada vez existe menos: si uno pilla una película de Hitchcock en la televisión, bastan tres planos para decir: “Esto es de Hitchcock”. Lo mismo con John Ford, con Orson Welles... Y en cambio yo no sé si eso sucede mucho con los cineastas actuales. En literatura, quizás yo no esté muy al día de lo que se ha escrito en los últimos diez años, pero también tengo la sensación de que empieza a haber autores que no tienen mayor interés en tener una voz reconocible. A mí me gusta que haya una voz reconocible. Me gusta que las películas de Hitchcock se parezcan a Hitchcock. Y si hay una que se parece menos, pues me gusta menos. Lo mismo me sucede con Conrad o con Henry James, por mencionar dos autores cuyo estilo es instantáneamente reconocible. Pues bien, el estilo de cada autor se va configurando a través de muchos elementos, de muchas lecturas, y las influencias que uno recibe son múltiples. En el caso de Sterne, yo soy muy consciente por la simple razón de que lo traduje, y por tanto lo reescribí.

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