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¿La muerte de la ficción?

Muy lejos están los años dorados de las revistas literarias universitarias. Ante el cierre de algunas y la digitalización total de otras, uno de los principales damnificados parece ser la ficción.

¿La muerte de la ficción?
Traductor
Manuel Kalmanovitz
Edición N° 113

N° 113

Octubre de 2010[ ver índice ]

ES INEVITABLE. En una comida o en las tribunas de un partido de fútbol de mi hijo algún bien intencionado me pregunta qué hago. “Soy editor del Virginia Quarterly Review”, les digo, “la revista literaria de la Universidad de Virginia”. Algunos asienten educadamente, casi como si la reconocieran. Sí, recuerdan haber visto en el periódico local que hemos ganado unos premios importantes, ¿no? Es muy respetada, ¿no? Pero la idea de editar una revista literaria les parece ligeramente más útil que fabricar látigos para coches de caballos o puestos de telégrafo. Es la clase de oficio arcano que según ellos sigue con vida gracias a una orden monástica en un convento remoto de las montañas, o merced a los amish en un taller de imprenta en la zona holandesa de Pensilvania.

Y no sería raro que el oficio vaya a parar pronto a un lugar parecido. Tras más de un siglo de fundar y subsidiar revistas literarias como parte vital de su misión educativa, las universidades han comenzado a deshacerse de ellas, argumentando problemas presupuestales y un público en declive. A pesar de las consecuencias posiblemente desastrosas para el paisaje de la literatura y las ideas, cada vez es más difícil sostener el argumento contrario. Las revistas universitarias trimestrales, que antes eran fortalezas de la literatura y de la discusión erudita en nuestro país, han visto cómo disminuye en forma constante su base de suscriptores desde su mejor época, medio siglo atrás, en paralelo con una disminución aún mayor de su relevancia cultural.

Piensen esto: cuando Wilbur Cross resultó el inesperado ganador demócrata en un estado de mayorías republicanas en la elección para gobernador de Connecticut en 1930, su principal cualificación era haber sido editor de la Yale Review durante casi veinte años. Cross fue básicamente el inventor de las revistas trimestrales contemporáneas al remodelar su durmiente revista y hacerla más parecida a The Atlantic, convirtiéndola en una publicación que combinaba la discusión de eventos de actualidad con la literatura y la crítica. Mientras esperaba para posesionarse, Cross se escribía con Aldous Huxley, Sherwood Anderson y Máximo Gorky sobre sus contribuciones al siguiente número. De hecho, en sus cuatro períodos sucesivos, Cross nunca dejó de dirigir la Yale Review (publicó un artículo de John Maynard Keynes sobre microeconomía y otro de Thomas Mann sobre la amenaza del nazismo) al tiempo que rechazaba la legislación moralista (como la Prohibición) e implementaba restricciones más severas al trabajo infantil. Cuando el New York Times le preguntó cómo encontraba tiempo para leer manuscritos y corregir pruebas mientras cumplía con sus responsabilidades de gobernador, Cross respondió secamente: “Levantándome más temprano”.

Fácil para él decirlo. En los años treinta, revistas como la Yale Review o la Virginia Quarterly Review recibían unas 500 propuestas al año; hoy recibimos 15.000. Esta abundancia se explica en parte por un cambio en nuestra cultura, que pasó de ser la de una sociedad que creía en las jerarquías a ser la de una sociedad que cree en un campo de juego nivelado (lo que es positivo, hasta cierto punto). La realidad es que no todos pueden ser doctores, atletas profesionales o escritores. No pongo en duda tu condición de precioso copo de nieve, pero si no eres capaz de expresar tu individualidad en prosa reluciente, no quiero leer nada tuyo.

Sin embargo, en la academia la oferta está desligada de la demanda. Comenzando en la época de Cross y acelerándose tras la Segunda Guerra Mundial y la GI Bill (una ley de 1944 que facilitaba la educación universitaria de los veteranos de guerra), las universidades ampliaron sus currículos para incluir lo que llamaron “escritura creativa”. Harvard, Yale y Princeton empezaron a ofrecer cursos de escritura en pregrado. La Universidad de Iowa organizó una Maestría, y quienes se graduaron de ahí pasaron a enseñarle a la siguiente generación en Iowa o, más a menudo, lanzaron otros programas de Maestría, acompañados con frecuencia por la fundación de una revista literaria en la que los estudiantes pudieran trabajar y aprender el arte de la edición.

En los años cincuenta había una docena de programas de escritura creativa a disposición de los jóvenes escritores. Los beats podían publicar en la Chicago Review, los experimentales en la Black Mountain Review, los internacionalistas en el TriQuarterly, los jóvenes sureños en la Georgia Review y Shenandoah, todas financiadas por universidades. A comienzos de los setenta (y gracias al desarrollo de la impresión barata en offset), cada universidad parecía tener su propia revista trimestral. Al poco tiempo las fuerzas combinadas de las políticas de identidad y los sistemas baratos de impresión dieron origen a las revistas afroamericanas, asiáticoamericanas u homosexuales. Los egresados de los programas de escritura creativa se multiplicaban como conejos. El verano pasado, Louis Menand calculó que había 822 programas de escritura creativa en el país. Consideren esto: si esos programas aceptan entre cinco y diez estudiantes nuevos al año, en su conjunto producirán sesenta mil escritores nuevos en la próxima década. No obstante, una revista literaria promedio imprime menos de 1.500 ejemplares. Para resumir, nadie lee toda esta literatura recién producida, ni siquiera los autores. Pensando en eso, los escritores están cada vez menos interesados en buscar lectores, y reciben cada vez menos aliento de sus profesores a la hora de intentarlo.

No es extraño que la última década haya visto una disminución constante de los espacios comerciales para escritores literarios. Hace apenas 17 años se podían encontrar cuentos en las páginas de revistas nacionales como The Atlantic, Elle, Esquire, Glamour, Good Housekeeping, GQ, McCall’s, Mother Jones, Ms., Playboy, Redbook y Seventeen, y en revistas de ciudades y ediciones dominicales como el Boston Globe Magazine, Chicago y el Voice Literary Supplement. Ninguno de estos espacios (entre los que aún existen) sigue publicando cuentos de forma regular. Sí, claro, The Atlantic todavía tiene su edición anual de ficción (disponible en quioscos pero no para suscriptores) y Esquire publica cuentos en su versión online, pero de menos de 4.000 palabras. Sólo Harper’s y The New Yorker han sostenido su compromiso con la ficción.

Se pensaría que la rápida exclusión de la literatura de las revistas comerciales habría representado un impulso tremendo para las literarias, especialmente para las de las universidades que se han convertido en refugios (y patrocinadores de facto) de escritores que no alcanzan a vivir de lo que venden. Y se esperaría que los lectores leales de los escritores reconocidos habrían dado un empujón a la circulación de estas pequeñas revistas y que las universidades se habrían visto a sí mismas bajo una nueva luz: no solo dedicadas a promover el disfrute de la literatura, sino también a promulgar una nueva era de la escritura, socialmente comprometida y poscomercial. Pero a medida que la ficción se ha vuelto menos viable comercialmente, menos importancia le ha dado a su audiencia. Lo que a su vez la hizo menos comercial, hasta que, como una estrella agonizante, parece a punto de implosionar. De hecho, la mayoría de escritores americanos parece haber olvidado cómo escribir sobre grandes temas, como si considerar que el mundo vale más que una mierda hubiera sido una actitud aplastada por la bota del posmodernismo.

En medio de una guerra en dos frentes, la ficción americana apenas si se ha sacudido. Con la excepción de un par de letanías despreciables (como Checkpoint, de Nicholson Baker, que reveló la total irrelevancia que el posmodernismo se granjeó para sí mismo), tanto novelistas como cuentistas han ignorado en general las guerras. Incluso nuestros poetas, los supuestos portadores de “nuevas que siguen siendo nuevas”, como dijo Ezra Pound, han estado comparativamente silenciosos. Brian Turner es el único poeta importante que surgió de la guerra de Irak. En este vacío, la no ficción ha experimentado un renacimiento y la industria editorial (dedicada desde antes a promocionar memorias escandalosas e historias generalizantes) ha aprovechado los recuerdos de primera mano de combatientes y los épicos recuentos militares de los periodistas. Eso, sumado a la ideología editorial cuya prioridad en la era de los conglomerados corporativos es la búsqueda de éxitos descomunales (hasta el punto de haber casi exterminado los libros de circulación mediana), ha conducido al aniquilamiento del mercado para la ficción nueva.

Todo lo anterior ha puesto a demasiados rectores universitarios, que ya buscaban hacer recortes para lograr ganancias a corto plazo, a mirar sus editoriales y revistas literarias y a preguntarse quién las extrañaría si dejaran de existir.

Infortunadamente, varias de las que sintieron los primeros y más severos impactos se cuentan entre las mejores. La Universidad estatal de Luisiana recortó más del 20% del presupuesto de la Southern Review. Middlebury College le ha dado dos años a la New England Review para alcanzar el equilibrio o ser eliminada. Y la peor catástrofe hasta ahora: Northwestern University convertirá al TriQuarterly en una publicación online y despedirá a sus actuales editores, incluyendo a la poeta Susan Hahn, quien ha estado en la revista 30 años de los 45 que ésta lleva de existencia. Aunque el TriQuarterly ha publicado de forma consistente a escritores prometedores en casi todos los géneros, esos logros no fueron suficientes a la hora de salvarla del cadalso.

Para salir de esta espiral, los escritores y su público deberán ambos hacer unos cambios necesarios. Rápido. Con tantos periódicos y revistas cerrando, con tantos editores comerciales buscando modelos sin ánimo de lucro, unos pocos rectores universitarios valientes podrían salvar la literatura americana y dar una nueva forma al periodismo e incluso rescatar el debate público de la gritería de la televisión por cable y de la blogosfera. Al mismo tiempo, los escritores jóvenes tendrán que dejar la obsesión con el propio ombligo y echarle un vistazo al desastroso y hermoso mundo exterior que necesita y merece una atención inteligente y sensible. No estoy pidiendo más doctores, sabe Dios que tenemos bastantes. Lo que digo es que los escritores deben salir del ala protectora de la academia, ponerse en riesgo a sí mismos y jugársela por su trabajo. Dejar de ser tan terriblemente melindrosos y educados. Tratar a la escritura como si fuera su sangre vital en vez de su medio de vida. Y, por todos los santos, escribir algo que nos apetezca leer.
 

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