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Bolívar soy yo

Fantasmas de la independencia

La cama del Libertador aún se destiende por las noches, su cuerpo todavía recibe heridas en combate, sus palabras siguen resonando en los televisores. El fantasma de Bolívar y sus múltiples reencarnaciones continúan rondando la América que el autor comienza a recorrer en esta crónica, la primera de una serie de seis dedicada a las sombras contemporáneas del caudillo.

Fantasmas de la historia
Edición N° 115

N° 115

Diciembre de 2010[ ver índice ]

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Una mujer asea la habitación del Libertador todos los días, excepto los domingos. Primero barre el piso y se arrodilla para asegurarse de que la escoba entre a los rincones debajo de los muebles. A veces sorprende ratones escondidos y los mata con una precisión de espadachín. Yolanda Vanegas, casi dos siglos después de la muerte del general, aún tiende la cama de Simón Bolívar. Retira el mosquitero, sacude el tendido de tablas, pasa un trapo seco sobre la madera inmunizada y alisa el cobertor: una bandera amarilla, azul y roja. Afuera el viento agita tallos enormes. En los jardines de la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, se conservan algunos de los árboles que el Libertador contempló desde su lecho de enfermo. El más antiguo es un samán cuyas ramas se extienden por encima de los tejados de la hacienda. Algo increíble ocurre todavía, contra todo presagio: el tamarindo al que Simón Bolívar recostaba su silla cuando salía a tomar el sol aún insiste en florecer. Yolanda explica que es bendición de esta tierra a orillas del mar Caribe donde nada muere y casi todo permanece como al principio. Ni el salitre que llega envuelto en el viento durante las épocas de brisa y casi ahoga los brotes de los mangos parece perturbar al viejo árbol, flaco, alto, con ramas que parecen los brazos de un espantapájaros.

Yolanda recoge las vainas que caen al piso, retira las semillas, las pone a remojar en agua caliente y después licúa las pulpas con hielo, almíbar y ron blanco. Le dicen coctel libertario porque te libra de la agonía del sol y de la sed. Pero la bebida es solo para turistas ilustres, presidentes, ministros, cónsules, actores de telenovelas, cantantes de rock, futbolistas millonarios. Cualquiera puede entrar a la Quinta de San Pedro Alejandrino, pero no este lunes. Un canal de televisión alquiló las instalaciones para filmar un comercial. Yolanda no sabe de qué, podría ser de un poderoso detergente quitamanchas, o un champú contra la caspa, o un nuevo refresco para niños. Desde hace un tiempo, la última morada del héroe americano se arrienda por horas. Las familias más ricas de Santa Marta, por ejemplo, suelen escoger las instalaciones de la hacienda para celebrar allí el matrimonio de sus hijos.

Los fotógrafos tienen permiso para instalar luces detrás de los árboles y en las salientes de los techos, pero no pueden irrumpir en los cuartos. No hace falta. La mayoría de gente quiere ser retratada afuera de los altos muros, blancos unos, amarillos otros, todos pulcros, la luz jaspeada por las hojas de los árboles centenarios, los colores del jardín trinando como pájaros. Uno, dos, tres, ¡digan whisky!

Los invitados llegan vestidos con trajes de lino y algunos, por supuesto los novios, entran a la Quinta en carruajes tirados por caballos. Cuatro horas de alquiler cuestan cinco millones de pesos, unos 2.700 dólares. Por la mitad de ese precio, las adolescentes también pueden soñar con su fiesta de quince años en la hacienda donde Bolívar, enfermo de tuberculosis, los pulmones endurecidos, la calavera insinuada bajo la piel, escupió sus últimos remordimientos: “Los tres mayores necios de la historia son Cristo, el Quijote y yo”, dicen que musitó amargado, y que luego sentenció: “He arado en el mar”. Una vez, Yolanda descubrió una araña en la escupidera del Libertador, y estaba viva.

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, como los héroes bíblicos, pertenece a la clase de los intocables. Se nos enseña a hablar de él con tanta reverencia, a citar sus palabras con tal sumisión, que terminamos creyendo que en verdad hablaba así, como dicen los manuales escolares, igual que si siempre leyera uno de sus discursos, aun en las escenas más endiabladas y sangrientas. Por eso será que nos cuesta imaginarlo tal cual era: tan bajito él, con la estatura de un adolescente, alopécico al final de sus días, en las batallas jamás limpio, todo lo contrario, como supone la lógica más simple: sucio, hediondo de sudor, de pólvora y de sangre, con saliva en las comisuras de los labios, insolente y lenguaraz, ¿o de qué otra forma le iban a entender las órdenes los soldados de su ejército de campesinos analfabetos? “Id al encuentro de las espadas que os oprimen y tened por cierta la victoria, pues el brazo que batís contra la esclavitud lo mueve vuestro corazón”. Suena increíble y ridículo, y sin embargo los libros insisten en ese Bolívar que siempre parece recitando salterios: “Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor, y juro por mi Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”.

Yo también, como han sido obligados y seguro lo seguirán siendo otros pobres niños bolivarianos, debí disfrazarme de prócer el día de la fiesta nacional y repetir aquellas retahílas improbables frente a todo el colegio, las manos en el pecho, los ojos cerrados, el rostro al cielo, las piernas enfundadas en unas botas de papel y debajo de todo eso el corazón saltándome, pero no de emoción sino de miedo. En cuarto de primaria, los niños del Fray Rafael de la Serna creíamos que Simón Bolívar era un pirata; será porque llevaba espada y se ganaba la vida en guerras. Cuando alguno de nosotros lo dijo en clase, delante del profesor de catecismo, el comentario fue elevado a la categoría de falta grave, casi como haber dicho una vulgaridad en mitad de la conversión del pan y del vino en la misa a la que los curas nos obligaban a asistir una vez por semana. Todos debimos hacer una plana con la frase: “El Padre de la Patria no fue ningún pirata”. Eso escrito cien veces. Vaya torpeza.

De haber aprovechado aquella invención infantil para hacernos creíble su figura, los frailes del colegio habrían conseguido que todos quisiéramos aprender más de nuestro padre nacional. Qué fue Bolívar sino, además, un bandido, un malhechor, un filibustero, un truhán, un mataespañoles, todo eso por la noble causa de la libertad. Fue, claro, un buen bailarín, y un eximio jinete, y un poeta, y un soñador, y un estadista. Pero es una ingenuidad hacernos creer que fue apenas eso.

En una de las paredes de la Quinta de San Pedro Alejandrino se ve al Simón Bolívar de los libros escolares. Viste su traje de gala: pantalón blanco ajustado, impecable, las botas lustrosas, la espada en funda de plata, victoriosa. Lleva sacoleva azul y rojo, y capa larga hasta el revés de las rodillas. Lleva hojas de laurel zurcidas en el pecho con hilos de oro, el cabello un poco desordenado porque un aire divino siempre sopla atrás de él, las patillas largas, geométricas, casi hasta la línea de la mandíbula, la frente alta, las cejas gruesas, ningún gesto en los ojos, inmutables, sabedores ya de las verdades terrenales. A veces, cuenta Yolanda, cuando pasan frente a la cama del superhéroe, los turistas se santiguan. Ellos pueden fisgonear por la ventana y el marco de la puerta, pero una cinta con los colores de la bandera les impide entrar. De todos los objetos allí, dos sobre todo llaman su atención.

Uno arriba de un armario y otro colgado en la pared, permanecen los relojes de entonces, con las manecillas congeladas en la hora exacta en que murió: una en punto de la tarde. El mito lo fue desde el principio y los turistas les toman fotos a los relojes. Creen, en eso también consisten los mitos, que nadie los ha tocado desde aquel lejano 17 de diciembre de 1830 y que, justo por eso, son testimonio inalterado. No es así. Al sacudir el polvo que cae del techo y el salitre corrosivo que trae la brisa desde el mar, las manecillas se han movido alguna vez, pero los dedos de Yolanda le dan cuerda a la historia y corrigen la postura de las agujas.

 

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