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El fetichismo de las citas

Cítame, que yo te citaré: éste parece ser uno de los mandamientos centrales de la colmena intelectual, cada vez más parecida a un intrincado laberinto de citas infinitas.

El fetichismo de las citas
Edición N° 46

N° 46

Mayo - Junio de 2003[ ver índice ]

Citas exóticas

Los libros y artículos publicados en Nueva York (o en París) citan sobre todo libros y artículos publicados en Nueva York (o en París). Hay algo natural en que las metrópolis sean provincianas: el desarrollo de una conversación creadora, la animación que le da vida, tiene como centro una discusión local. Por el contrario, un signo claro de subdesarrollo son las publicaciones que no citan autores locales, para no verse provincianas. Muestran la altivez de Groucho Marx: “No me interesa pertenecer a un club que acepte gente como yo”. Para el subdesarrollo, las discusiones importantes son las que se siguen de lejos, como un espectáculo. Estar en la periferia consiste precisamente en no estar en sí mismos, en creer que la verdadera vida está en un centro remoto.

En 1832, Mariano José de Larra se quejaba de la “Manía de citas y de epígrafes”, por su abundancia y extranjerismo: “Desearíamos que, más celosos de nuestro orgullo nacional, no fuésemos por agua a los ríos extranjeros, teniéndolos caudalosos en nuestra casa”. (Artículos literarios, Plaza & Janés, 1985, p. 115). Julio Ramón Ribeyro renueva esta doble queja en Prosas apátridas 25 (Tusquets, 1975): “Un autor latinoamericano cita 45 autores en un artículo de ocho páginas. He aquí algunos de ellos: Homero, Platón, Sócrates, Aristóteles, Heráclito, Pascal, Voltaire, William Blake, John Donne, Shakespeare, Bach, Chestov, Tolstoi, Kierkegaard, Kafka, Marx, Engels, Freud, Jung, Husserl, Einstein, Nietzsche, Hegel, Cervantes, Malraux, Camus, etcétera”. Wilfrido Howard Corral (“El desmenuzamiento de la autoridad de la cita y lo citado”, Eco 252, Bogotá, octubre de 1983) toma como epígrafe la afirmación de Ribeyro, la atenúa diciendo que esta obsesión se da en todas las literaturas y observa algo importante: “Es sólo recientemente que los latinoamericanos citan a los latinoamericanos”.

Hay que decir también que el canon citable varía de tiempo en tiempo y de lugar en lugar.

La lista de Ribeyro está datada: es como de 1950, antes de Sartre y el marxismo académico. Y, a la observación de Corral, habría que añadir que el fenómeno reciente se da a partir del boom narrativo: a partir de que algunos latinoamericanos fueron publicados en Barcelona, París, Nueva York. Y que tuvo antecedentes. En el primer boom, el de la poesía modernista, los latinoamericanos se citaban.

En cambio, los académicos latinoamericanos (que no han tenido un boom) citan devotamente a los más oscuros profesores europeos y norteamericanos, ignorando a sus colegas nacionales o latinoamericanos, ya no se diga a los simples escritores. Referirse a los trabajos de las instituciones extranjeras donde obtuvieron su doctorado es una forma de recordar dónde estuvieron y de vestirse con su autoridad. Citan, traducen e invitan a sus profesores, aplican sus métodos, sueñan con ser autorizados como sus representantes, a cargo de una sucursal. Su máxima ambición es publicar donde ellos publican. Todo lo cual es respetable, pero distinto de entablar una conversación local. El milagro creador de la Academia platónica se hizo en griego, subiendo de nivel la discusión de las circunstancias atenienses: fue local.

Hay que reconocer, sin embargo, qué difícil y hasta imposible puede ser levantar el nivel de la conversación en una comunidad embrutecida por los agobios de la supervivencia o la obsesión de la abundancia. Hasta en las sociedades poderosas (no hay que olvidar que Esparta tenía tanto poder como Atenas) puede haber condiciones poco favorables para la libertad creadora. ¿Hubiera sido mejor que Rubén Darío se quedara en Metapa, Joseph Conrad en Berdichev, Ezra Pound en Hailey, T. S. Eliot en San Luis? Pound llegó a decir que era imposible hacer poesía importante en los Estados Unidos: había que irse del país. Eliot llegó al extremo de hacerse súbdito británico. Conrad fue más lejos aún: abandonó la lengua materna.

Una primera versión de The Waste Land de Eliot tenía como epígrafe unas líneas de Conrad, con el juicio final de Kurtz sobre su vida “civilizadora” en el Congo Belga (“¡The horror! ¡The horror!”, Heart of Darkness, 1902). Sobre este epígrafe, Pound le escribe a Eliot (24-XII-1921): “No sé si Conrad tenga peso suficiente para citarlo” (The Waste Land. A Facsimile and Transcript of the Original Drafts Including the Annotations of Ezra Pound, Harcourt, 1971, p. 125). En la versión final hay un epígrafe de peso completo: “Vi a la Sibila en Cumas, con mis propios ojos, que estaba colgando de una botella, y cuando los niños le preguntaban: Sibila, ¿qué quieres? Ella respondía: Quiero morir”. El diálogo está citado en griego, lo demás en latín. No sólo eso: aunque The Waste Land se publicó con notas eruditas (cosa insólita en un poema), su epígrafe no da crédito al autor, ni referencia al texto. Eliot supone elegantemente que pertenece a un club donde todos saben latín y griego, y reconocen de inmediato el pasaje 48 del libro XV del Satiricón de Petronio (traducido por Juan Antonio Ayala, UNAM, 1984, p. 71), que describe la cena fastuosa y ridícula ofrecida por un millonario nuevo. Así, sibilinamente, Eliot compara el Londres “civilizador” del Imperio británico con la Roma de Nerón, y hace una sátira de sí mismo y de Pound como metecos. No se puede pedir más para una cita exótica, ofrecida fastuosamente por un británico nuevo.

Las citas exóticas de los periféricos (provincianos o metecos) deben distinguirse de las citas exóticas metropolitanas. Cuando Michel Foucault cita a Jorge Luis Borges, o Jürgen Habermas cita a Octavio Paz, no hacen ostentación de familiaridad con los clásicos. Se ostentan como admirables Marcopolos que han ido al fin del mundo y vuelven cargados de tesoros. Citar a los clásicos es nada, frente a las citas de libros o documentos que no conocen ni los especialistas: de autores exóticos, de culturas remotas, de lenguas abstrusas. Miguel de Unamuno cuenta, en alguna parte, que tuvo fascinación por los grandes tomos ilustrados de México a través de los siglos, traídos por su padre de Tepic (donde fue panadero), y que hasta soñó con aprender náhuatl: “Eso sí que sería darse pisto. Cualquiera sabe griego. Pero ¿náhuatl?” (cito de memoria).

Alfonso Reyes publicó unas Burlas literarias 1919-1922 (Archivo, serie B, I, edición del autor, 1947), donde recoge unas parodias filológicas escritas con Enrique Díez-Canedo, para burlarse del esnobismo de las citas exóticas. Por ejemplo: el supuesto descubrimiento de un “Debate entre el vino y la cerveza” medieval, cuyo verso 119 trae una nota para explicar la palabra piebolista con referencia a Gilbert Murray, Greek Sport in the Vth Century and After; Foot Ball, etc., Oxford, 1923.
Jorge Luis Borges sigue el juego y llega a publicar no sólo citas exóticas falsas, sino intercaladas dentro de citas verdaderas que parecen falsas, por ejemplo en “El idioma analítico de John Wilkins” (Otras inquisiciones, 1952), autor que sí existió y que sí publicó en 1668 An Essay Towards a Real Character and a Philosophical Language (está en el catálogo de la Library of Congress, www.loc.gov), cuyas “600 páginas en cuarto mayor” proponen un lenguaje mundial basado en una clasificación de todo lo que existe en el universo. A lo largo de una serie de precisiones, con las que va mostrando que “no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural”, Borges cita de pronto (sin comillas, página, ni ficha catalográfica) una clasificación tan exótica que sólo puede ser suya: según “cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos”, “los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas”.

En 1966, en París, citar en un trabajo de epistemología este rebuscado juego literario de un oscuro escritor de las antípodas era verdaderamente exótico, y más aún escribir en el incipit de Les mots et les choses, une archéologie des sciences humaines: “Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo...” (Michel Foucault, Las palabras y las cosas, traducción de Elsa Frost, Siglo XXI, 1968). Afortunadamente, para muchos lectores que así descubrieron a Borges el libro de Foucault se volvió un bestseller académico mundial. Citar a Borges dejó de ser exótico. Se volvió parte de la conversación local en las metrópolis. Lo cual permite ahora que, hasta los tímidos latinoamericanos, se sientan autorizados a citarlo como un clásico, en cualquier artículo de menos de ocho páginas y más de 45 autores citados, como éste.

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