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Reseñas

Malas compañías

A propósito de Bernardo Arias Trujillo

El fondo editorial Alma Mater acaba de reeditar la novela Risaralda, uno de los libros más singulares y olvidados de la literatura colombiana. He aquí la reseña de un paisano del escritor caldense.

Malas compañías
Edición N° 119

N° 119

Mayo de 2011[ ver índice ]

Creo que fue en 1990 que las autoridades del municipio de Manzanares, Caldas, decidieron rendirle un homenaje al escritor local Bernardo Arias Trujillo poniendo su nombre a la calle en la que queda el colegio de monjas del pueblo. Las hermanas recibieron muy bien la iniciativa y nos recordaron a todos los estudiantes que Arias Trujillo era el escritor caldense más importante y uno de los más reconocidos de la primera mitad del siglo XX en Colombia. Nos invitaron a leer su obra. El profesor de literatura no la había leído, las monjas tampoco y ni siquiera los promotores del homenaje. En las bibliotecas solo había una novela suya, Risaralda. Las únicas referencias a otros de sus escritos nos las proporcionó un alma perdida, pintor y reconocido en el villorrio principalmente como cacorro. Nos mostró entonces un poema, que recitaba emocionado, en el que se relata en tono autobiográfico un episodio de prostitución casi infantil y homosexual. Ni las monjas ni las gentes de bien se dieron cuenta y hasta el día de hoy la calle lleva el nombre del ilustre ciudadano.

De manera parecida, el nombre de Arias Trujillo aparece en las historias de la literatura colombiana y latinoamericana, y en unos cuantos comentarios críticos. Y casi siempre como el autor de esa única novela, y como una suerte de escritor maldito. También se sugiere que su vida como escritor le quedó inconclusa, que hay que leerlo no como un autor sino como un proyecto de algo que no se sabe bien qué iba a ser finalmente. Porque de todo lo que escribió solo perdura Risaralda y porque se mató a los 34 años; eso dicen.

Arias Trujillo nació en Manzanares el 19 de noviembre de 1903. Desde muy joven comenzó a publicar: en 1924 la revista La Novela Semanal publicó las novelas breves Luz, Muchacha sentimental y Cuando cantan los cisnes. Luego de graduarse de abogado en Bogotá y de esperar en vano un puesto de funcionario, regresó a Manizales en 1930, esperanzado por el triunfo del liberalismo en las elecciones presidenciales que ganó Olaya Herrera. Asumió la dirección de El Universal, periódico progresista en el que editorializó sonoramente contra varias figuras importantes de la política local. Como era de esperarse, esta actitud le valió el recelo de conservadores y liberales, pues si un liberal colombiano es un oxímoron, uno caldense es una imposibilidad metafísica. En uno de los editoriales resume su visión del liberalismo como “un partido de centro. Y en el centro está siempre la verdad”. En retrospectiva, parece un anhelo del equilibrio que no tuvo. En los editoriales se hace cada vez más claro el desencanto de Arias Trujillo con el gobierno liberal, y apenas tres meses después de abierto el periódico debe cerrarlo, según sus palabras, debido a las circunstancias políticas “y la obediencia a los jefes del liberalismo”.

En 1932 fue nombrado secretario de la Embajada colombiana en Argentina, gracias a los oficios del entonces “ministro plenipotenciario de Colombia en Argentina, Uruguay y Paraguay”, José Camacho Carreño, muy amigo suyo. El suceso recuerda el apunte de Ambrose Bierce de que “un ministro plenipotenciario es un diplomático a quien se otorga absoluta autoridad con la condición de que nunca la ejerza”, pues el puesto ofrecido a Arias Trujillo no tenía sueldo –aunque debe agregarse que Camacho Carreño lo asistió económicamente–. La falta de plata fue una constante en su vida, y en éste su período diplomático era más grave pues no solo no tenía salario, sino que, como le explica a su mamá en una carta, “cuando se es diplomático… se pisan los mejores salones… Pero todo eso exige dinero”. Estando en Buenos Aires aparece en 1932 la novela Por los caminos de Sodoma: confesiones íntimas de un homosexual, publicada por la Editorial Pagana y firmada por sir Edgar Dixon. Es una suerte de alegato a favor del homosexualismo; un alegato ambivalente en el que se deja ver cierta culpa. Luego de esperar, otra vez en vano, un nombramiento diplomático pero con sueldo, regresó a Manizales a comienzos de 1934. En otra carta temprana dirigida a su madre desde Argentina ya es evidente el desencanto con el gobierno liberal: “El favoritismo sigue y la rosca conservadora continúa disfrutando de lo mismo, como si no hubiéramos triunfado. Yo no me explico cómo hay todavía godos que nos insultan, cuando Olaya Herrera nos ha resultado más godo que el general Arias”. En la correspondencia se ve que el paso por Buenos Aires fue una de las épocas más importantes de su vida. Allí hizo amistad con Federico García Lorca, de quien escribió luego: “Para poder penetrar en los hontanares del espíritu de este poeta indefinible, es necesario poseer cierta tristeza sexual como la suya, tristeza que es dádiva y suplicio de los dioses, no de todos conocida por fortuna”.

Apenas llegó a Manizales completó el panfleto En carne viva, un libro de más de doscientas páginas en el que arremete contra figuras como López Pumarejo, Olaya Herrera y otra lista de notables a quienes considera “traidores a la patria”. El libelo se vendió muy bien y logró el efecto esperado, si éste era el de ganarle más enemigos a su autor y cerrarle más puertas. A esta hostilidad contribuyó la difusión de Por los caminos de Sodoma y la certeza de que sir Edgar Dixon era Arias Trujillo. En esa época comienza a viajar al pueblo de La Virginia, en Risaralda, por invitación de su amigo Francisco Jaramillo, y en 1935, fruto de esas visitas, publica la novela Risaralda en la editorial de Arturo Zapata. Casi de inmediato el libro se convirtió en un doble éxito de crítica y de ventas.


La nueva vorágine

La novela relata la colonización del “valle anchuroso de Risaralda”, cercado por los ríos Risaralda y Cauca en Sopinga, población así bautizada por los negros colonizadores y luego renombrada como La Virginia por las autoridades blancas al considerar que el nombre primigenio era “inmoral, de notoria salvajía, sabor negroide y ninguna significación castellana”. Presenta las costumbres de los negros y sus relaciones con los blancos. Deja caer apuntes sociológicos, antropológicos, filosóficos, cósmicos; elogios del machete (“limpia hoja de servicios a la Independencia de América”), la ruana (que, “agarrada solo de un canto, significa desafío para que sea pisada por el que se sienta macho”), el tiple (“hermano y compinche de todas nuestras desventuras y glorias”), el aguardiente de contrabando (“que es heroísmo, simpatía, pundonor, sangre y espíritu de la raza nuestra”, y que es mejor que el del gobierno porque “tiene el encanto de la clandestinidad”), la naturaleza “virgen” y luego “desvirgada” por el hombre, la virilidad, los cuerpos de las mujeres y de los hombres, la violencia, el honor…

En medio de todo eso cuenta una historia de amor o, mejor, de eso que a falta de mejores palabras llamamos amor, pues el narrador advierte desde el comienzo que, por lo que respecta a las negras, “era un misterio saber si en realidad amaban a sus hombres”. El amor entre un blanco, un manizaleño andariego y vaquero, y la negra Canchelo, “un trozo de muchacha pintona, de carnes próceres y provocativas”. Con los antecedentes expuestos, no sorprende que el romance termine mal, de varias maneras.

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