Millones de personas sufren hoy el flujo incontrolable de las aguas. Lo que actualmente vemos como señal inequívoca de desastre también tuvo un pasado glorioso, fértil, prometedor. ¿Qué cambió entre las civilizaciones antiguas y la nuestra?
Las inundaciones son fenómenos naturales que han existido desde siempre. La humanidad creció con ellas y supo aprovecharlas bastante bien, aunque en la actualidad estén más asociadas a catástrofes.
Las más notables culturas prosperaron en zonas inundables, como en la antigua India, a lo largo de los ríos Indo, Ganges y Brahmaputra, donde se domesticó el arroz que crece en terrenos anegados. En China, a orillas de los ríos Yangtsé y Amarillo, se forjaron culturas legendarias en compleja armonía con los desbordamientos. También los valles del Danubio, el Rin, el Volga y el Mississippi han sido asiento de civilizaciones, pues las inundaciones no son patrimonio exclusivo del trópico.
Los ríos y sus planicies de inundación no solo garantizan agua y buenos suelos para la agricultura, sino pesca, mucha pesca, entre otros beneficios. Su uso como vías de comunicación, de conexión con el mar, y como facilitadores de intercambios comerciales y culturales, explica en gran medida su función civilizadora.
El cambio en la perspectiva de estos fenómenos responde a múltiples factores; buena parte de ellos tiene como causante y víctima a la población humana.
Cuna de civilizaciones
La referencia más expresa a la bondad de los ríos, sus desbordamientos y su importancia histórica y cultural alude a Egipto y al Nilo. La riqueza y poderío de esta civilización, que hizo posible la maravilla extravagante de las Pirámides, la Esfinge y los templos de Karnak y Luxor, se atribuye a la legendaria fertilidad del valle del Nilo, generada por sus desbordamientos periódicos. El río anegaba y sus sedimentos fertilizaban la tierra; al retirarse las aguas, crecían el trigo y el poder de los faraones, a quienes, en su condición de dioses, se atribuía la capacidad de causar las inundaciones para beneficio del pueblo. Los sacerdotes, a su vez, derivaban poder de su capacidad para predecir con precisión el nivel que alcanzarían las aguas, a partir de mediciones con nilómetros ocultos en los templos, y con ello aseguraban el éxito de los cultivos y la sumisión a los dioses.
También de Egipto es la historia de José y la mujer de Putifar. Más allá de los líos de faldas, esta historia es interesante por la interpretación del sueño del faraón: siete vacas gordas y siete vacas flacas salen del Nilo, lo que José interpreta como el anuncio de siete años de lluvia, inundaciones y ricas cosechas que el faraón deberá atesorar para impedir el hambre que traerían siete años posteriores de sequía. El acierto de José, atribuido a un don de Dios, podría resultar no de la interpretación de un sueño sino del conocimiento de los ciclos alternados, húmedos y secos, que hoy llamamos la Niña y el Niño y que, años más o años menos, tienen esa periodicidad y afectan a todo el mundo.
Aunque Egipto y las grandes civilizaciones mediterráneas y orientales sean los casos más conocidos, también en la América tropical los valles inundables están vinculados al surgimiento cultural. Los aztecas prosperaron en un valle con vastas lagunas, ubicado en las montañas mexicanas: Tenochtitlán era una gran ciudad anfibia, una Venecia azteca, mayor que la europea, que se benefició de las fértiles tierras y aguas aledañas. Allí se desarrollaron adaptaciones como los huertos flotantes, llamados chinampas, que aún producen comida y flores. Hoy, Ciudad de México se levanta sobre las ruinas de Tenochtitlán y de la laguna, y soporta una de las mayores poblaciones urbanas del mundo.
La Sabana de Bogotá, cuna de la cultura muisca, es una planicie similar en las altas montañas; el mito de Bochica recuerda que la sabana era un gran lago que aquel personaje desecó al abrir el Salto del Tequendama. En los buenos suelos de la altiplanicie inundable los chibchas se las ingeniaron, mediante técnicas que incluían el manejo de las inundaciones y el aprovechamiento de la pesca, para sostener la mayor densidad de población indígena en lo que luego sería Colombia. Que la sabana es una planicie de estas características lo corroboran las frecuentes inundaciones por desbordamientos del río Bogotá y sus afluentes, y la decreciente red de humedales, cuyos más significativos vestigios son la laguna de la Herrera o humedales como el Jaboque o la Conejera. Hoy, cerca de diez millones de personas prefieren –o soportan– la Sabana de Bogotá, una zona de alto riesgo sísmico y expuesta a inundaciones, como lugar de residencia; sus suelos son aún muy productivos en los sitios cada vez más escasos donde no ha llegado el cemento.
Otro caso colombiano especialmente interesante en el que se relacionan las inundaciones con la civilización es el de los zenúes, cuya cultura floreció en las planicies de los ríos Sinú y San Jorge, reciente escenario de desastres. Los zenúes hicieron una adaptación muy creativa de su modo de vida a estas vastas regiones inundables: se trataba de modificar mínimamente el entorno creando zonas de cultivo elevadas por encima del nivel del agua, conocidas como camellones, alternadas con canales que redireccionan la inundación, sin pretender evitarla. Sobre los camellones, hechos del lodo fértil extraído para profundizar los canales, se cultiva y se habita, mientras los canales se llevan el agua, sirven para la navegación y proveen de pesca. El sistema, a pequeña escala, aún persiste. En estas culturas anfibias de las depresiones inundables del Magdalena y del Cauca se configuraron los mitos del Hombre Caimán y del Hombre Hicotea, representativos de la convivencia humana entre la tierra y el agua.
Las planicies inundables donde se asentaron estos grupos humanos están formadas por depresiones aledañas al canal principal de los ríos, con el cual se conectan a través de brazos de agua. Algunos de los terrenos bajos están permanentemente anegados y constituyen ciénagas, mientras otros se inundan entre unos pocos días y muchos meses al año. Cuando arrecian las lluvias, los ríos crecen, sus aguas desbordan y fluyen suavemente hacia las planicies a través de los caños y allí se remansan, depositan sus sedimentos, se tornan más transparentes y producen mucha vida, en especial peces. Así, las planicies conforman una estructura ecológica que provee de bienes y servicios a la sociedad, la cual puede aprovechar, a través de prácticas culturales, la regularidad de los ciclos climáticos y reproductivos.
En el pasado los terrenos inundables se evitaban, salvo para actividades temporales, o se adecuaban moderadamente para usos permanentes.
Las antiguas civilizaciones anfibias entendieron, al parecer mejor que las actuales, la naturaleza de las planicies inundables y el papel de las inundaciones, de manera que pudieron beneficiarse de ellas sin sufrir gravemente sus consecuencias, al tomar ventaja del enriquecimiento de los suelos y desarrollar actividades como la pesca.
Ver Comentarios[ Clic para desplegar ]
Para poder comentar, debe ingresar a su cuenta o registrarse aquí