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Coda

De honor y de igualdad

El tratamientoque ha recibido el ex director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, tras ser acusado de abuso sexual por parte de una joven inmigrante, abre algunas preguntas acerca de la igualdad ante la justicia.

De honor y de igualdad
Edición N° 120

N° 120

Junio de 2011[ ver índice ]

Apenas unas horas después de que Dominique Strauss-Kahn fuera arrestado en el aeropuerto de Nueva York, Jean Daniel, el legendario periodista francés, publicó un artículo indignado por el trato que las autoridades daban al político. Se trataba a su juicio de un circo grotesco e infamante, un acto de barbarie para el disfrute de los morbosos, una ejecución pública para la satisfacción de la glotonería mediática más primitiva. Un hombre condenado por las cámaras sin derecho a defenderse. Un hombre linchado públicamente y tatuado para siempre con la marca de esa humillación. Aun probándose la culpabilidad del director del Fondo Monetario Internacional, no se justificaría el abuso de origen: los procedimientos son sagrados y su violación pública y ostentosa es una afrenta. Tal vez, concluía Jean Daniel, pertenecemos a dos civilizaciones distintas. Bernard-Henri Lévy siguió esa pista: nada justifica que un hombre sea lanzado a los perros. El afamado intelectual advertía de su vieja amistad con el hombre que hace unas semanas parecía caminar confiadamente hacia la Presidencia de Francia. “Lo conozco desde hace más de veinte años y nada en él corresponde a la imagen del cavernícola que asalta con violencia a una camarera”. Pero el filósofo va más allá: le resulta indignante que a su amigo lo traten como si fuera un cualquiera. Así lo dice: se le ha querido someter a la justicia como a cualquier otro. Y a su amigo, el precandidato socialista y dirigente de un poderoso organismo internacional, no se le puede dar ese trato: era la esperanza política de la izquierda, el hombre que evitó la catástrofe económica en el mundo. ¡Tratarlo como a un cualquiera!

Dos argumentos se mezclan en estas reacciones de indignación. Por una parte, la denuncia de la deshonra como práctica cotidiana de los medios: exhibir a un acusado como si fuera indudablemente culpable de los crímenes de los que se le acusan. Se trata de una entendible defensa del honor, un alegato a favor de los rigores del procedimiento penal.

Nadie puede gozar con la humillación del otro. No podemos convertir en entretenimiento la deshonra de un ser humano. El poderoso director del Fondo Monetario Internacional fue esposado y mostrado a esas cámaras que condenan sin derecho a apelación. ¿Merece ese trato un hombre que no ha podido defenderse?

Lo que indigna con buena razón a los franceses es una práctica común en Estados Unidos que nosotros en mala hora hemos copiado. La justicia se presenta como faena de cazadores: los policías son héroes que reciben aplausos proporcionales a la ferocidad de la bestia que han atrapado. La vanidad de los perseguidores atropella los recatos de un juicio. No tenemos por qué esperar el veredicto, parecen decirnos. Hemos atrapado a un malhechor y lo mostramos en la plaza pública para que todos aprendan la lección. En Estados Unidos los policías suelen mostrar al detenido que entregan a los jueces. Se escenifica así un desfile en el que los cazadores presumen su presa. A ese trayecto se le conoce como perp walk, algo así como el camino del perpetrador. Una práctica sin duda degradante que, como su nombre sugiere, prejuzga: el trofeo de los policías no es un acusado sino un criminal y su exhibición pública es su primer castigo. Lo ha reconocido el mismo alcalde de la ciudad de Nueva York, quien ha dicho que ese paseo es, en efecto, humillante, pero que sirve como un disuasivo eficaz. “Si no quieres ser mostrado en el paseo del perpetrador, no cometas crímenes”. Se cancela de este modo el principio de presunción de inocencia: en la lógica del alcalde, si alguien es capturado por la policía y es mostrado en ese recorrido, es porque algo debe.

La segunda crítica tiene una evidente raíz aristocrática. Lévy desliza ese argumento: los grandes hombres no pueden ser tratados como si fueran cualquier persona. En algún reportaje de la prensa francesa se advertía también con indignación que antes del poderoso político francés habían desfilado maleantes negros y latinos. Quien es acusado de haber cometido un crimen detestable recibe el trato de quienes han sido acusados de cometer crímenes detestables. Ahí está justamente el mérito de la actuación legal en Nueva York: una vindicación del principio de igualdad. En un tribunal se enfrentarán las palabras de dos personas: una se cuentra entre los hombres más poderosos del mundo, la otra es una mujer migrante de origen africano que mantiene a su hija adolescente con su trabajo como camarera en un hotel. Un jurado escuchará los testimonios de los dos, pesará las pruebas que presente cada uno y decidirá. En esa deliberación judicial que valida el principio de igualdad se encuentra una de las prendas más valiosas del sistema legal norteamericano.

Quizá tiene razón Jean Daniel. Este caso habla de dos civilizaciones: una es la civilización del honor, la otra la de la igualdad.
 

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