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Ficción

Los hermanos Castrillón y sus hermanos los hermanos Castrillón

Un cuento de Andrés Burgos

Los hermanos Castrillón y sus hermanos
Edición N° 121

N° 121

Julio de 2011[ ver índice ]

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Ni circo, ni zoológico, ni peleas de gallos o salón de baile han merodeado siquiera en las vecindades de este lugar. Pocos de los hombres saben dónde queda el burdel más cercano, que no es para nada cercano, y no lo van a confesar. Pocas de las mujeres entienden completamente en qué consiste un burdel y no lo van a preguntar.

Lo más parecido a un espectáculo es la venida del cura de un pueblo vecino, no tan vecino, unas cuantas veces al año, para dar curso a los trámites de rigor. Bautizos, santos óleos y confesiones, que no pueden deslizarse montaña abajo por el camino empinado, originan misas apuradas en escenarios improvisados. Ceremonias sacras y sociales que ameritan la mejor ropa de todos y la excitación contenida pero general. Cualquier acontecimiento que diferencia un día de los que lo colindan será celebrado durante semanas con comentarios y remembranzas. Se agradece por igual un parto laborioso que una vaca descarriada y brava corriendo por el empedrado de la calle central. Calle única. Por eso a nadie extraña que todavía se conmemore el paso de los Hermanos Castrillón.

Al fin y al cabo fue la única vez que la industria del espectáculo puso pie en este suelo tan lejano del mar. Y de todo lo demás.

Los Hermanos Castrillón adquirieron fama en los pueblos fríos de la cordillera por ser hermanos de los Hermanos Castrillón. De los otros, que antes eran parte de éstos. O sea que al principio solo existían unos Hermanos Castrillón. Empezaron como un cuarteto, pero después de una pelea se dividieron en dos duetos y tomaron caminos diferentes. Unos lograron el éxito, sacaron un disco y sus voces afeminadas repiten canciones lacrimógenas en rocolas de bares y emisoras gangosas de amplitud modulada. Otros se quedaron repitiendo canciones lacrimógenas en vivo y en directo en las cantinas y celebraciones de la montaña donde puedan pagarles dos pesos y ofrecerles un trago. A veces se conforman solo con el trago.

A casi nadie de los que alguna vez contrataron a los Hermanos Castrillón le importó que se tratara, en realidad, de los hermanos de los Hermanos Castrillón. Casi nadie entró en explicaciones porque casi nadie las pidió. Los Hermanos Castrillón siempre van a ser los Hermanos Castrillón y con mencionarlos basta para que un evento tenga un nivel superior al que le habrían dado, por ejemplo, a los Hermanos Bahamón.

Así que el paso de la pareja de músicos no fue cualquier bicoca. Aunque alcoholizados y rayanos en la mendicidad, de haber estado en sus cabales nunca se habrían planteado una mínima posibilidad de visitar semejantes alturas. Demasiado frío, demasiado lejos, demasiado tranquilo. Y sin burdel. La cuestión es que no estaban en sus sentidos, ni siquiera en uno, cuando emprendieron el viaje. Todo se debió a una decisión que no tomaron. Un camino que un par de mulas escogieron por ellos.

La historia cuenta que los Hermanos Castrillón estuvieron tocando en una primera comunión en una hacienda que queda lejos. Tan lejos que desde allí se puede divisar el río que separa las cordilleras. Tierra templada, un lugar donde el rocío no se empeña en convertirse en hielo sobre lomo de la hierba. Se dice que la fiesta estuvo animadísima porque el licor nunca dejó de correr, como debe ser en una celebración seria. Así que hubo de todo. Hubo euforia. Hubo amor. Hubo melancolía en algún momento. Y, por supuesto, hubo pelea.

Alguien, no se sabe quién, sacó a relucir el tema de que los Hermanos Castrillón no eran los Hermanos Castrillón sino los hermanos de los Hermanos Castrillón. Alguien más, no se sabe tampoco quién, se mostró ofendido con el comentario, porque era insultante con los músicos y con el anfitrión. Entonces alguien se puso violento con alguien y la gresca se vislumbró antes que la madrugada. En medio de la confusión, porque al final nadie sabe cómo pasan estas cosas y se termina siempre culpando a la confusión, alguien y alguien se pusieron de acuerdo. La culpa era de los hermanos de los Hermanos Castrillón.

El dueto musical nunca supo cuán cerca estuvo de la muerte. Su presentación había terminado y dormían en un rincón una borrachera que habría alcanzado para noquearlos a ellos y a sus dos hermanos. Ni siquiera en el último bastión de su instinto de supervivencia se encendió una alarma que les avisara del peligro inminente. Se acabaría la ambigüedad: quedarían solo los Hermanos Castrillón que no eran ellos. Por fortuna alguien más actuó antes de que alguien y alguien encontraran a los impostores para picarlos en pedazos. Trozos pequeños, pequeñitos, dijo otro alguien.

Los músicos inconscientes, con sus instrumentos terciados, terminaron como enjalmas en sendas mulas, las primeras que hallaron los salvadores, y los animales emprendieron a su albedrío un camino que a nadie iba a interesar. Lo importante fue que pronto se alejaron y el jolgorio continuó.

Las mulas eran de un invitado que no se percató de lo que sucedía, porque la fiesta se puso realmente buena cuando la música quedó a cargo de las canciones de los Hermanos Castrillón. Ésa sí era música, opinaron varios de los asistentes de ahí en adelante, y no esa cosa que interpretaban sus hermanos, quienes sin saberlo en ese momento se unían a una recua que se dirigía a conquistar el tope de la cordillera. La inclinación del camino los mantuvo a ellos con la nariz apuntando al suelo y a los animales con el hocico levantado al cielo.

Algunos dicen que el viaje fue larguísimo, que hubo subidas, bajadas, abismos y trochas empantanadas antes de que la fila de mulas se metiera en la buhardilla de niebla. Otros dicen que sí hubo todo eso, pero que el viaje fue simplemente largo, no larguísimo, que no hay que exagerar. En lo que sí coinciden unos y otros es en que los hermanos de los Hermanos Castrillón durmieron todo el tiempo. Convienen además en que hubo ronquidos de tal potencia que llegaron a alebrestar a los animales y tuvieron a los arrieros sopesando la posibilidad de abandonarlos en una zanja.
 

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