elmalpensante.com - Lecturas paradójicas

Ficción

El autor

Un cuento de Isaac Bashevis Singer


El autor
Traductor
Moisés Mermelstein
Edición N° 122

N° 122

Agosto de 2011[ ver índice ]

Medios

Imágenes

Golpeé en la puerta del hotel donde se hospedaba Sigmund Seltzer y oí que contestaban: “¡Bitte! ¡Entrez! ¡Come in!”. Abrí la puerta y vi un personaje rechoncho, bajito, con un vestido claro, sombrero de paja y zapatos amarillos, corbata de hilos dorados y una perla en el centro. Tenía un cigarro metido en la boca. Era difícil saber si acababa de entrar o estaba de salida. En la pared colgaba una mandolina. En la mesita reposaban unos álbumes. En el cuarto del hotel, Sigmund Seltzer había colgado una gran cantidad de fotografías, de sí mismo y de otros. Me pareció reconocer entre ellas a algunas actrices de cine. Dando un vuelco al cigarro con la lengua, preguntó cortante:

–¿Es usted el traductor?

– Sí.

–Entonces, siéntese. Entremos en confianza. A mí me disgusta lo ceremonioso. O somos amigos, o este trabajo no resulta. ¿Quiere tomar algo? ¿Whisky? ¿Coñac? ¿Jerez? ¿Coca-Cola?

–No, gracias.

–¿Comer algo?

–Acabo de almorzar.

–Mi abuela decía: las tripas no tienen fondo; mientras uno coma está vivo y un traguito nunca hace daño. ¿Usted sabe alemán?

–Traduje La montaña mágica.

– ¿Qué clase de montaña es esa?

–Es el título de una novela de Thomas Mann.

–¿Ah, sí? Es que no me queda tiempo para leer. Aquí está mi libro. Mi aventura como idealista. Tradúzcalo. Ha sido publicado en muchos idiomas, y ya es el momento de traducirlo al yiddish. Lo repartiré entre mis parientes. Quiero que mis padres estén orgullosos de mí. Además, seguramente se venderán unos doscientos ejemplares. Tengo muchos amigos. Mi abuela decía: el dinero es basura, pero los amigos son útiles.

–Usted tenía una abuela muy inteligente.

–Noventa y ocho años tenía cuando murió. Quería completar los cien, pero no se pudo. Yo hubiera querido ser un Rockefeller o un íntimo de Greta Garbo; pero me conformo con que la película que se haga de mi libro sea un éxito. Precisamente esta semana debo viajar a Hollywood. ¿Cuánto quiere usted por su trabajo? Dígame una suma global.

–Quinientos dólares.

–¿Con que quinientos dólares? Bien, no voy a regatear con usted. En París lo hubiera podido conseguir más barato, pero me llamaron de Hollywood. Haga un libro que valga la pena. Que tenga de todo: la vida del hombre, y el pensamiento, y el alma también. Un libro debe estremecer el corazón. Si no lo estremece, se perdió la lectura. Usted me entiende, ¿o no? En nuestro negocio hay que ser vivo.

Durante un rato estuve callado mientras hojeaba el libro. Luego pregunté:

–¿En qué idioma escribió este libro?

Sigmund Seltzer se quitó el sombrero y lo vi entonces, con más claridad. Tenía una frente ancha con una cicatriz en la mitad, una mata de pelo negro, rizado y engominado. Llevaba una camisa rosada. Tenía las mejillas azuladas; de barba muy poblada, a pesar de estar bien afeitado. Labios gruesos, nariz ancha con hoyos grandes. De los ojos negros salía una sonriente familiaridad aceitosa, como de buena naturaleza, de la que solo se encuentra entre pueblerinos. De pronto me di cuenta de que llevaba dos anillos, uno con un rubí y otro con un diamante.

Después de algún tiempo, contestó:

–¿Qué importa el idioma en que lo escribí? Le estoy entregando la versión en alemán para que usted la traduzca. No me gustan las discusiones largas; o sí o no. El libro se publicó en 1932 y desde ese año han cambiado muchas cosas en el mundo. Hitler, el bastardo, ojalá que lo consuma el fuego, se convirtió en amo de Alemania. Mussolini, el cerdo, conquistó... ¿cómo es que se llama?... Etiopía. Franco, el bandido, quiere meterle fascismo a España. Todo esto hay que agregárselo al libro para que el lector sepa dónde está parado; que esté actualizado, usted me entiende, ¿o no? Como el libro va a estar escrito en yiddish, hay que darle justificación a nuestra lucha en Palestina y todo lo demás. Yo, Sigmund Seltzer, no soy miedoso; diremos a los ingleses que salgan de allí. Ellos produjeron la Declaración Balfour, entonces que se devuelvan a Londres y dejen a los judíos en paz. Con los árabes, ya nos las arreglaremos. Haga que todo esto quede claro y que el libro se lea fácilmente, y con gusto. ¿Usted me entiende? En nuestro negocio hay que ser vivo.

–Sí, entiendo.

–Bien. Le adelantaré cien dólares. ¿Dónde estará mi chequera?

Sigmund Seltzer apoyó el cigarro en el cenicero, sacó una chequera y un estilógrafo dorado del bolsillo interior del saco. Dudó por un momento. Después dijo:

–Escriba usted mismo su nombre y la suma de cien dólares, yo lo firmaré. No debe preocuparse, mi cheque es bueno. Llevo poco tiempo en América pero ya se sabe quién es Sigmund Seltzer. Importantes personajes me han invitado a sus casas y todo. Precisamente, este estilógrafo me lo dieron mis amigos en París cuando me ofrecieron el banquete. No se consigue otro igual. La fábrica que lo hizo ya no existe. Es de oro puro. Fíjese aquí, catorce quilates. ¿Usted ha estado alguna vez en París?

–Un par de días.

–Una ciudad alegre, ¿verdad? No hay otro París en el mundo. En épocas anteriores, Bucarest era una ciudad alegre. La llamaban la segunda París. Pero la guerra lo volvió todo al revés. Dos cosas me gustan de París: las rosquillas, brioches, y las mujeres.

–¿Habla usted francés? –pregunté, como por decir algo.

–Yo hablo todos los idiomas. ¿Qué es necesario hablar? Un hombre y una mujer se entienden con la mirada. Si usted tiene un bolsillo lleno de francos, puede hasta ser mudo. Usted le echa una mirada y ella sabe exactamente lo que usted quiere. Usted para un taxi y ella ya está sentada a su lado. Usted le da un franco al conductor y lo convierte en su amigote. Igual es en el hotel y en todas partes. Aquí en América se dice: la plata manda. Es verdad. Cuando llego a un país, lo primero que hago es aprender a contar. Luego me voy a un restaurante y analizo lo que se puede comer, porque con el estómago vacío no hay sabiduría que valga. Lo demás, mi amigo, viene con el tiempo. En París me fui a donde los escritores, los más importantes, y todos me dieron carta de recomendación y todo. Posaron conmigo para fotografías como si yo fuera uno de ellos. Ahí están en el álbum, con los más importantes. Y no posaron simplemente como extraños, por salir del paso, sino como amigos. Mire, aquí estoy yo. Si se es amigo, es con todo el corazón. Comemos y bebemos juntos. No me preocupa el dinero. Me presentaron a sus mujeres y yo les presenté a mis conocidos. Tengo allí familia y todo. Uno es profesor en la Sorbona, el principal. Todos los profesores están pendientes de sus palabras, lo que él dice es sagrado, tiene siempre la última palabra. Un primo mío abrió en París un almacencito hace doce años, y hoy tiene ya un negocio. Llegan allí los más grandes personajes. Rothschild es uno de sus clientes. La esposa del presidente va allí a comprar una cartera o un corsé. ¿Quieres comprar un automóvil? También lo encuentras; si necesitas pañales para un bebé, allá los hay. Cuando mis amigos se enteraron de que yo había escrito un libro, reaccionaron como una familia. Precisamente fue mi primo quien me regaló este estilógrafo. Escriba aquí su nombre, y aquí cien dólares. Agréguele la fecha. Si Sigmund Seltzer hace un cheque, debe quedar perfecto.

Escribí mi nombre, la fecha, la cantidad. Sigmund Seltzer acercó una silla a la mesa. Probó la punta de la pluma en el esmalte de la uña del pulgar izquierdo. Sacó la punta de la lengua y garabateó lentamente su firma en el cheque. Tan pronto eché un vistazo a su firma, supe la verdad: nunca había escrito nada. Era la firma de un analfabeto.

Ver Comentarios[ Clic para desplegar ]

Para poder comentar, debe ingresar a su cuenta o registrarse aquí

Edición actual Nº 140

edicion 140