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Coda

Síndrome del tercer mes

Cuadro clínico de una afección cada vez más común entre los escritores.

Síndrome del tercer mes
Edición N° 122

N° 122

Agosto de 2011[ ver índice ]

Un día, hace unos meses, estaba en una conferencia sobre edición y habló Juan Cerezo, mi editor en Tusquets, y entre otras cosas dijo ésta (con mejores palabras), cuando le preguntaron sobre la relación con los autores:

“Bueno, y luego está lo que en el sector llamamos el síndrome del tercer mes. Todos los editores lo conocemos. Cuando un libro se publica, se hace un esfuerzo de promoción y el autor va y viene, atiende a la prensa, le invitan a cenar y toma algunas copas gratis, y a lo mejor hasta alguna admiradora le sonríe. La cuestión es que, por mucho que se venda el libro, por famoso que sea el autor, eso dura tres meses. A los tres meses desaparece todo, incluido el libro de los anaqueles de las librerías. El autor, al que se le retira de golpe su droga, entra en barrena: es el síndrome de los tres meses. Le quitas su dosis de promoción y de inmediato se le declara el síndrome de abstinencia. Es muy duro. Da pena verlos. Algunos se vuelven chiflados de remate. Empiezan a hacer cosas raras, tienen conductas inexplicables, en ocasiones delictivas, por lo común simplemente idiotas. Llaman a la editorial cada quince minutos con las excusas más peregrinas, recorren librerías en las que efectúan falsos pedidos de su propio libro, mandan cartas a los periódicos y comentan en todos los blogs de internet alabando su novela con algún pseudónimo (que suele ser bastante chusco, por cierto). A algunos les cuesta el matrimonio. Otros contraen tics muy aparatosos, algunos empiezan a tartamudear, a todos les tiemblan las manos, se les pone ronca la voz y les brillan los ojos con una nostalgia abrasadora de cuando salían de vez en cuando por la tele. Se sienten gusanos, ya nadie les quiere. ¡Un día entero sin que les entrevisten: no pueden soportarlo! Vivir sin salir en prensa no es vida, se dicen entre sollozos. Añoran incluso las críticas más venenosas, lo que sea, pero que alguien resucite su libro. En fin, todo un cuadro clínico. Ya estamos acostumbrados, claro”.

Esto contó Juan y entonces, en mi ingenuidad, creí que estaba haciendo una gracia.

Publiqué un libro en marzo y, desde junio (a los tres meses), he comprendido que tenía razón: tengo síndrome de abstinencia.

El legendario mono.

Iba por las calles, harapiento, mirando de través, extendiendo la mano:

–Deme algo, por humanidad, una simple entrevista cortita, lo que sea. Es muy triste tener que pedir, pero es mejor que robar. Estoy de la droga, necesito algo, lo que sea, aunque sea calderilla... ¡con una simple mención en Twitter me conformo!

Tan mal me vi, tan bajo había caído, que decidí llamar a Juan Cerezo en busca de ayuda profesional.

–Juan, tronco, estoy con el mono, ¿qué hago?

–Lo más importante es que has admitido que tienes un problema: eso ya es el inicio de la curación.

–No jodas, Juan, que esto es muy duro.

–Tranquilo, Reig, tú puedes superarlo, tranquilo: respira hondo. Así, muy bien. Cuenta hasta diez. Inspira, espira... ¿lo ves? A que no pasa nada.

–Tío, pero si me dan calambres. Tengo sudores fríos. Cada vez que veo un suplemento literario me voy al baño a vomitar. ¡Esto es muy duro, Juan, muy duro! ¡Llevo semanas sin ponerme! ¡Ni una sola entrevista aunque sea en Libertad Digital!

–Lo sé, lo sé, no pierdas la calma. Y olvídate de Libertad Digital, eso es veneno. No te puedes meter eso en el cuerpo. Bebe mucho zumo. Haz gimnasia. ¿Tienes chándal?

–No, qué va, ni chándal ni chaqué.

–Compra un chándal. El mono hay que pasarlo en chándal, es la costumbre, ya lo sabes. Camitas individuales y chándal, no hay otra forma.

–¿Y no podríamos conseguir que me inviten a dar el pregón de las fiestas de Villagodino de Enmedio?

–Créeme, no es solución. Sería peor. Recaerías. Vuelta a la espiral de la droga. Te lo haría más difícil. Mira, tienes que irte al campo, ya sabes, el contacto con la naturaleza y esas cosas. Siempre con tu chándal. Y una botella de plástico de agua mineral, hay que beber muchos líquidos.

–¿Es que hay otra opción? ¿Acaso podemos beber sólidos?

–No seas quisquilloso, Reig, los médicos hablan así, ya sabes cómo son. No tienen capacidad para hablar normal muy seguido. Pero tú, mucho líquido y mucha gimnasia. Abdominales y flexiones, como los presidiarios y como Aznar. El tatuaje es optativo. Y sobre todo deja de ver a la gente de la movida: ¡apártate de los antiguos amigos! Ahora solo te recordarían el asunto. Ahora son malas compañías. No vuelvas a ver a los que te metieron en esto, con los que te ponías. No pises el Cock ni Tipos Infames ni sitios así. No vayas a presentaciones, te daría mucho más fuerte el síndrome. A los dos días vuelves a ponerte. Tienes que aislarte, con tu chándal y tu cantimplora, machacarte el cuerpo y limpiarte, ¿oquéis?

–Oquéis, Juan, oquéis.

–Ánimo, tú puedes. Tú eres un campeón, Rafita. Cualquier cosa, mándame un mail.

–¿Un mail? ¿Lo ves, tío? Nadie me hace caso ya.

–Vale, vale: llámame al móvil, ¿de acuerdo? A la hora que sea.

Así que me metí en casa, en Cercedilla, con mis deportivas y un botijo.
Intentaba distraerme.

Jugar al ajedrez es, para mí, lo más resplandeciente de la vida, me aíslo de todo, me concentro solo en el tablero.

Estábamos en casa, jugando: Eugenia, Borja, Alberto y mi hija Anusca, que fue campeona del torneo entre colegios a los seis años.

El que estuvo más tiempo sentado fue Alberto, me fastidia decirlo.

Anusca también calentó bastante la silla.

¿Qué pasa? Pues que todos, todos, todos eran gente de la espiral de la droga. Autores, editores, correctores, profesores de literatura. ¿Así cómo se me iba a pasar el síndrome de abstinencia? Fue peor el remedio que la enfermedad. No hacían más que evocar en mi cabeza los “dulces recuerdos del placer perdido” y “aumentar la ansiedad y la agonía de este desierto corazón herido”.

No podía más.

Quería inyectarme ruedas de prensa en vena, esnifar entrevistas aunque fueran sin foto y por teléfono, tragarme píldoras azules y rosas de bolos en ciudades remotas, compartir hongos alucinógenos con lectoras sin depilar y sin sujetador, y con gafas de alta graduación, ponerme hasta las trancas de falsos halagos... ¡el síndrome de los tres meses me llevaba por la Calle de la Amargura!

Tuve que llamar a Juan Cerezo:

–No funciona, tío. Esto es un sos. Necesito droga, mucha, muy rápido, mucha droga de repente.

–Respira hondo, Rafita, respira hondo. ¿Has hecho la gimnasia?

–Sueca, tío, gimnasia sueca he hecho.

–¿Y los líquidos? ¿Tus verduras frescas y tus líquidos?

–Que sí, coño, pero no me saben a nada. Ando amargao, Juan, colgao del todo.

–Comprendo –comprendió Juan, y luego añadió algo que sonó como: Mmmmmm.

–Mmmmm... ¿qué?

–Déjame pensar... espera. Hay una solución infalible. Hay algo que puedes hacer, pero es bastante duro.

–Escúpelo, tío, no aguanto más. Estoy dispuesto a todo.

–Pues escribe otra novela. Es la única metadona que te mantendrá vivo hasta que puedas volver a drogarte a gusto. Te quitará el mono y luego, si la acabas, a lo mejor te la publicamos. A lo mejor. No te prometo nada, pero la leeremos con cariño. Repito: no des nada por hecho. ¿Está claro?

–¿Y entonces todo volverá a ser como antes, como esos tres meses de adicción sin freno y droga a tutiplén? ¿Habrá entrevistas, bolos y saraos? ¿Habrá periodistas que no han tenido tiempo para leerse mi libro, pero...? ¿Habrá cocteles y esas chicas intermitentes, como la luz de un faro, que aparecen a lo lejos en la oscuridad de los cocteles?

–Si la publicamos, si la acabas, si hay suerte… ya sabes. Puede que sí, puede que haya todo eso. Repito, no te prometo nada.

–Hecho. Me pongo a la máquina. Gracias, tío, gracias de verdad.

Y así fue como empecé otra novela.

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