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El proceso de Kafka

¿Cómo juzgaban sus contemporáneos a Franz Kafka cuando aún no era Kafka? Esta reseña, publicada en 1926, ofrece no pocas luces al respecto.

El proceso de Kafka
Traductor
Hernán D. Caro
Ilustrador
Luis Scafati
Edición N° 123

N° 123

Septiembre de 2011[ ver índice ]

Agarro El proceso de Kafka (publicado por la editorial Die Schmiede en Berlín), el más inquietante y poderoso libro de los últimos años, y no puedo explicarme bien los motivos de mi conmoción. ¿Quién habla aquí? ¿Qué es todo esto?

“Primer capítulo. Arresto. Conversación con Frau Grubach. Luego con Fräulein Bürstner. Alguien tenía que haber calumniado a Josef K., pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo”. Así comienza. Se trata de un empleado de banco y de los dos mensajeros del juzgado que entran por la mañana en su habitación con la intención de detenerlo. Pero no lo detienen: al lado de una mesa de noche, el “supervisor” lo interroga, y luego simplemente lo deja marcharse. “Por favor, usted está libre”… El proceso flota.

Todos los que tomamos un libro en las manos sabemos a más tardar después de veinte o treinta páginas qué debemos esperar del autor, de qué se trata, cómo avanza, si dice las cosas en serio o no; sabemos, al menos a grandes rasgos, cómo hemos de maniobrar con el libro. Pero aquí no sabes absolutamente nada. Aquí andas a tientas en la oscuridad. ¿Qué es esto? ¿Quién habla?

El proceso flota en el aire, pero jamás nos dicen qué clase de proceso es. Claramente, el hombre ha sido acusado por un delito, pero jamás se nos dice por qué delito. No se trata de un tribunal terrenal, ¿pero entonces qué tipo de tribunal es? ¿Uno, por el amor de Dios, alegórico? El autor narra con calma imperturbable, y pronto me doy cuenta de que no se trata de una alegoría. Interpreto, sigo interpretando, pero no puedo llegar al final de la interpretación. No: no logro llegar al final.

Josef K. es citado a un interrogatorio. Va. El interrogatorio tiene lugar, bajo extrañas circunstancias, en un quinto piso de un barrio a las afueras. Uno lee y no sabe nada.

Y sin uno notarlo, la idea se va imponiendo, contagia al lector, y de repente ya no hay nada freudiano, y las palabras cultas, los extranjerismos grandilocuentes no ayudan en absoluto.

Resulta que Josef K. se ha extraviado al interior de una maquinaria gigantesca, en la subsistente, disciplinada y bien aceitada maquinaria del tribunal. K. descuida su trabajo en el banco, consulta con abogados, asiste a los interrogatorios aunque se ha jurado a sí mismo no asistir, se queja del comportamiento de los empleados del juzgado en su casa. Lentamente se filtra la información de que tiene “un proceso”, parece que todo el mundo está al tanto, o al menos muchos, y que se trata de algo legítimo. Así, hasta que el proceso lo pilla en el banco.

“Cuando K, una de las noches siguientes, atravesó el pasillo que separaba su oficina de las escaleras –esta vez era uno de los últimos en irse a casa, solamente en el departamento de expedición quedaban dos empleados en el pequeño radio luminoso de una bombilla–, oyó detrás de una puerta, que siempre había creído que daba a un trastero aunque nunca lo había constatado con sus propios ojos, una serie de quejidos”. Abre la puerta. Ve a un hombre de pie, vestido con un traje de cuero oscuro, y frente a él a los dos empleados del juzgado. “¿Qué hacen aquí?”, les pregunta. “¡Señor! Nos van a azotar porque usted se quejó de nosotros ante el juez”. ¿En el banco? ¿En este banco tan real? K. negocia con ellos, intenta tranquilizar al azotador; sus quejas, dice, no eran para tanto… Pero los empleados tienen que desnudarse, de repente ya tienen el tronco desnudo, el látigo azota. Entonces K. cierra la puerta de un golpe. El grito del azotado es ahogado abruptamente.

Al día siguiente pasa con timidez frente a la puerta que oculta su secreto frente al banco. Abre como si fuera una costumbre de siempre. “Quedó desconcertado con la inesperada escena que se mostró ante sus ojos. Todo estaba exactamente igual que la noche anterior. Los formularios y los frascos de tinta se acumulaban detrás del umbral; el azotador con el látigo; los empleados, completamente vestidos; la vela sobre el estante. Los empleados comenzaron a quejarse y gritaron: ¡Señor! K. Cerró la puerta de inmediato”.

Ofrezco esta prueba para mostrar la siniestra mezcla de la más aguda realidad con lo sobrenatural, de igual modo que el azotador, vestido en cuero negro, como si lo hubieran extraído de una fotografía masoquista, esgrime el látigo junto a los funcionarios.Y K. cierra la puerta. No: él “la golpeó con los puños, como si solo así pudiera quedar cerrada del todo”. El proceso flota.

El proceso necesita un abogado. K. encuentra uno, pero en este punto el libro prácticamente ha abandonado el planeta Tierra. En el despacho del abogado se encuentra un compañero de sufrimientos, un hombrecillo, quejumbroso, torturado, y arriba y abajo hay abogados, y lo más terrorífico es que nadie puede ver la punta de esta pirámide; nadie, al parecer, ha penetrado alguna vez esas alturas…

¿Es entonces una sátira de la justicia? Nada de eso.

Así como En la colonia penitenciaria no es una sátira militar ni La metamorfosis una sátira de la burguesía. Son creaciones independientes, que jamás podrán ser interpretadas por completo.

El fiel amigo Max Brod, quien ha escrito un precioso epílogo para el libro y a cuyos incansables esfuerzos hemos de agradecer la publicación de este tesoro y de casi todos los libros de Kafka, nos cuenta que El proceso es solamente un fragmento. Uno lo nota, y a este respecto creo ser de otra opinión que Brod. Por primera vez me parece que el magnífico prosista que es Kafka no es del todo equilibrado, sobre todo en el grandioso capítulo final, donde la última parte se me antoja algo precipitada, si bien se trata en sí de una obra maestra. Le pedí a Max Brod que me diera a conocer su opinión sobre El proceso. Aquí está:

“El proceso que se lleva a cabo en la obra es el eterno proceso que un hombre sensible debe llevar a cabo con su propia conciencia. El héroe K. se halla frente a su juez interno. El fantasmagórico procedimiento tiene lugar en los escenarios más improbables y de tal modo que, al final, parecería que K. siempre tuviese la razón. Del mismo modo, somos tercos y respondones con nuestra conciencia e intentamos minimizarla. Lo especial es la fatal sensibilidad contra la voz interior, que a pasos agigantados se vuelve cada vez más vital.

”Con Kafka mismo era por supuesto imposible hablar de interpretaciones, ni siquiera en la mayor intimidad. Según él, las interpretaciones exigen cada vez más interpretaciones. Del mismo modo en que el proceso jamás se puede decidir de una vez por todas”.

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