Desde sus años como aprendiz en el taller de Le Corbusier, Germán Samper, arquitecto de algunos edificios emblemáticos del país, descubrió el dibujo como forma de capturar el espacio. Cincuenta años y miles de kilómetros después, esta muestra tomada de sus cuadernos de viaje reúne arquitecturas tan disímiles como las pagodas del Lejano Oriente, las casas coloniales del Caribe, los rascacielos de Nueva York y las plazas de Praga, Venecia o Bruselas.
Frente a la mesa de dibujo, junto a las fotos de Le Corbusier, once libros cuidadosamente armados contienen el mundo; la versión a mano alzada de los lugares que Germán Samper ha recorrido a lo largo de cinco décadas. Son más de 4.000 dibujos que representan para el arquitecto bogotano un registro cronológico de viajes y notas confidenciales, una suerte de diario íntimo.
Comenzó a dibujar en París a finales de los cuarenta y pronto viajó al sur de Francia con cámara y cuaderno en mano. Eran sus años como aprendiz en el taller de Le Corbusier, figura fundamental en la concepción de estos primeros dibujos, no solo por ser autor de algunas de las obras que el discípulo estudió en sus croquis de Marsella, sino por motivarlo para que escogiera el dibujo en lugar de la fotografía como técnica para captar la experiencia espacial. “A quien prefiere encajonarla en una cámara fotográfica, la arquitectura le deja entrever sus claroscuros momentáneos, un gesto poético pero superficial. En cambio, a quien consigna sus trazos en papel, le ofrece generosa los secretos de su estructura, proporción, armonía, riqueza y sobriedad”, escribe Samper en su libro La arquitectura y la ciudad.
Viajero incansable, recorrió plazas, puentes, iglesias, museos, callejones. Se sentaba a trazar contornos y patrones a lápiz in situ, para después, al regresar al hotel, completar los detalles pacientemente con su pluma. Así recorrió Colombia –donde redescubrió lugares como la casa de estilo Tudor en la que creció al norte de Bogotá– y después el mundo: las remotas culturas (y arquitecturas) de Japón, Camboya, Egipto y la India, las ciudades coloniales latinoamericanas, los grandes rascacielos y modernas construcciones de Estados Unidos, y de nuevo Europa, toda, ahora alejado de Le Corbusier, para mirar con nuevos ojos los grandes monumentos y hallar “la armonía formal compuesta por elementos heterogéneos” en lugares como la plaza veneciana de San Marcos, y otros de Viena, Salzburgo, Bruselas, Brujas, Praga.
Estos dibujos, que comenzaron como una herramienta de estudio, se han sumado al diseño de varios íconos de la arquitectura colombiana –la torre Coltejer en Medellín, el Centro de Convenciones de Cartagena, el edificio Avianca, el Museo del Oro y la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá–, convirtiéndose en parte sustancial de su obra.
Aún hoy, a los 87 años, Germán Samper continúa llenando las páginas de esos cuadernos de viaje que le han permitido “gozar ante la obra arquitectónica del mismo modo que un melómano disfruta la música”.
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