A diferencia de las estrellas con las que ha alternado, Oscar Hernández ha elegido llevar su carrera con bajo perfil. En esta conversación, durante el festival Barranquijazz, el director de la Spanish Harlem Orchestra muestra una trayectoria que no deja dudas sobre su lugar en la historia de la salsa.
Desde mediados de los años cincuenta, un grupo de músicos del Caribe comenzó a asentarse y a ganar terreno en Nueva York. Su punto de encuentro: el Barrio Latino, Spanish Harlem. Su templo: el Palladium, primer gran salón que le abrió las puertas al sonido tropical. Eran los años de Machito, Cortijo, Tito Puente, Tito Rodríguez y Celia Cruz con la Sonora Matancera. Aún faltaba más de una década y un par de sacudidas en el paisaje caribeño para que cayera en manos de una nueva generación de músicos latinos, radicados en Nueva York, la responsabilidad de liderar la explosión de ese fenómeno musical que algunos dieron en llamar “salsa”.
Primero como testigo y después como protagonista, Oscar Hernández ha vivido esa historia desde sus inicios. Creció sumergido en el sonido que latía en las calles del Barrio, y pronto, siendo todavía casi un niño, se encontró sentado frente al piano junto a las principales figuras del género. A lo largo de cuatro décadas ha tocado, entre otros, con Joey Pastrana, Ismael Miranda, Pete “el Conde” Rodríguez, Ray Barretto, Seis del Solar –sexteto en el que compartió más de diez años con Rubén Blades– y la Spanish Harlem Orchestra, su propia banda de trece músicos con la que rinde tributo al sonido original de las calles del Barrio.
Horas antes de subir al escenario, durante la decimoquinta versión del Barranquijazz, Oscar Hernández alternó con su acento neoyorrican y emotivos momentos de spanglish las historias paralelas de su vida y de la salsa.
Durante más de cuarenta años has vivido inmerso en el sonido de la salsa. ¿Cómo recuerdas tus primeros encuentros con esta música?
Mis comienzos son muy raros. Yo no vengo de una familia musical. Soy el décimo de once hermanos, hijos de una pareja de inmigrantes puertorriqueños que llegaron a Nueva York en los años cuarenta buscando oportunidades. Aunque mi padre siempre escuchó música, nadie tocaba en casa y no consideraban que eso pudiera ser un trabajo serio. Nos criamos muy pobres en el sur del Bronx, que era junto al Spanish Harlem el barrio caliente de los latinos.
Tienes que recordar que los cincuenta, y mayormente los sesenta, la época en que yo me crié, fueron un momento de gran importancia cultural para los latinos en Nueva York. Y la música era fundamental en ese panorama. Era lo que nos unía en términos de la gozadera, de la identidad, de definir qué éramos como comunidad. Lo que escuchaban mis hermanos mayores, que ya estaban en edad de salir a fiestas, era la música de Machito, Tito Puente, Tito Rodríguez, Celia Cruz, Eddie y Charlie Palmieri, la Sonora Matancera con Celia... En esa época uno caminaba por la calle y de cada ventana salía ese sonido. Era una atmósfera musical muy rica. Cuando oí por primera vez esa música en vivo, de frente, me capturó completamente. Mientras la gente estaba en medio de la gozadera, yo estaba como abstraído. Muchos se acercan a la salsa por el baile, pero no fue mi caso. Sí, quería conocer muchachas y para eso tenía que aprender a bailar, pero lo que me cautivó desde el primer momento fue la fuerza y la riqueza de los ritmos que estaba escuchando, entonces pensé: “¡Guau, cómo esta gente hace esta música increíble!”.
¿Y cuándo decidiste hacer parte de esa gente, pasar al otro lado y atreverte a tocar?
A los doce años entré en un boys club, uno de esos centros donde van los jóvenes después de clases. Había deportes, talleres y un pequeño departamento de música. Uno podía estudiar gratis y fue allí donde aprendí a tocar. Primero me dieron un cornetín y como me fue bien me pasaron la trompeta. Pero después de un par de años comencé a tener problemas en los labios por el instrumento. Entonces el profesor me propuso pasarme al saxofón o al piano, y escogí el piano. En ese momento pasó algo muy especial. A mi hermano mayor le dieron el trabajo de administrar el edificio en el que vivíamos. Era un buen trabajo, no le pagaban mal y vivía gratis en uno de los apartamentos. Precisamente por esa época le regalaron un piano y lo instaló en un sótano que también le habían cedido. Empecé con ese piano. Prácticamente solo, por mi cuenta, puro oído. De vez en cuando algún amigo de mi hermano nos iba a visitar y me enseñaba un par de cosas.
Casi de inmediato pasaste a los estudios de grabación.
Sí, yo tenía catorce años cuando formé con otros muchachos del barrio una orquesta que llamamos La Conquistadora, y a los dieciséis ya estábamos grabando. Todos éramos muy jóvenes, pero algunos ya estaban tocando con gente grande. El trombonista, que se llamaba Roberto Roldán y tocaba con Joey Pastrana, me dijo: “Oscar, mira, Joey no tiene pianista para este sábado, ¿tú te animarías a tocar?”. Le dije que sí, hice el trabajo y salió bastante mal. Me acuerdo que Chivirico Dávila estaba cantando: “Noche de ronda...” y yo meto mal la nota y él me grita: “¡Maricón!”. Después de ese concierto terrible, me le acerqué a Joey y le dije: “Mira, si me das la música yo me la aprendo”. Me la perdonaron. Empecé a tocar en clubes e incluso a viajar un poco. Después de La Conquistadora, grabé mi segundo disco con Joey Pastrana y tenía solo diecisiete años.
Casi de inmediato tuve mi primer trabajo importante con Ismael Miranda y su orquesta La Revelación, que en ese momento era el grupo más popular de la escena salsera de Nueva York, con músicos muy jóvenes, todos muy talentosos. Yo era el menor y casi siempre estaba rodeado de músicos muchísimo mejores que yo. Ésa fue mi primera escuela musical.
Eras casi un niño y ya estabas en conciertos y pequeñas giras, ¿cómo vivías ese voltaje, la vida nocturna de la salsa?
Tocábamos de cinco a siete veces por semana. Y como Ismael tenía buena fama con las mujeres, le decían “el niño bonito”. Te imaginarás, la fanaticada era tremenda. Ésa fue una época muy intensa, pero yo estaba muy joven para darme cuenta de todo lo que estaba pasando. A esa edad, uno vive como en una nube, sin pensar las cosas bien, eso es parte de la juventud. Ahora digo que no me arrepiento de nada de lo que viví o dejé de vivir, pero ésas son mierdas que uno comienza a repetir después de los cincuenta para convencerse.
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