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Edición N° 126

N° 126

Diciembre de 2011[ ver índice ]

Años ha que no me topo
con albinos,
los mártires del sol,
los que se cuecen de por vida a
fuego lento.

Casi ciegos de día, repelentes
para algunos,
sin melanina defensiva,
la noche es su único pigmento.

Los que viven en los climas fríos
no llaman la atención
recortados sobre un fondo de nieve,
pero tarde o temprano los descubren.

¡El miedo al albinismo de los nórdicos,
que sienten una afinidad de base
con las personas que carecen de
pigmentos!

¡La mala fe del rubio ante el albino,
que no tienen los indios de la selva,
donde el albino junta la luz a raudales
como un panel solar y emite
de noche una blancura
que es un atisbo de alumbrado público!

Más de una tribu en el fondo del follaje
quisiera un ser así, de cuarzo,
una pila viviente, un acumulador
de keroseno humano,
un héroe diamantino.

¡Ahí va un albino, atrápenlo!
Porque un albino no es de nadie,
suelta su luz de noche al caminar.

¡Hay que atraparlo antes que
amanezca!
Porque de día en la luz del trópico
nadie se atrevería a tocarlo,
lo llevan enjaulado,
los niños ese día no van a clases,
es al atardecer cuando lo sueltan,
le gritan para que se vaya,
quieren ver cómo se prende
y la tribu lo sigue
a una distancia prudente
como se sigue a una luciérnaga, a un
fantasma.
 

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