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Ficción

Los leoncitos y las tablas de la ley

Un cuento de Chaim Grade

Los leoncitos y las tablas de la ley
Ilustrador
Alejandra Acosta
Traductor
Moisés Mermelstein
Edición N° 126

N° 126

Diciembre de 2011[ ver índice ]

Aun siendo muchacho, el carpintero Elikum Pap era capaz de dejar metido el serrucho dentro de la tabla que estaba aserrando e irse a la sinagoga de Maliarks a extasiarse con las historias del Pentateuco que estaban pintadas en las paredes: Noé soltando una paloma blanca del Arca, el derrumbe de la Torre de Babel y Moisés separando las aguas del mar con una vara. Los judíos en la sinagoga se extasiaban leyendo, en silencio, las dieciocho bendiciones, para luego santificar el nombre de Dios. El carpintero ni se daba cuenta de que estaban rezando y tampoco participaba con el amén. Miraba fijamente, embelesado, los murales. Cuando regresaba al trabajo, el patrón de la carpintería se burlaba de él:

–¡Estúpido! ¿Acaso vamos a esperarte? ¿Qué muchacha, crees tú, va a querer casarse contigo?

Pero apareció la muchacha: Matle, una vendedora en el almacencito de cereales. Una huérfana de aspecto pálido, que aun siendo niña usaba una pañoleta en la cabeza, como si hubiera nacido casada. Al día siguiente de la boda ya Matle se veía como una madre preocupada por sus numerosos bebés. Y, efectivamente, durante el transcurso de los tres años siguientes parió tres niñas de aspecto pálido, como ella.

Elikum Pap y su familia vivían en la Calle del Sabio de Vilna y ocupaban medio sótano de la edificación. La otra mitad de la vivienda la ocupaba el taller de carpintería. Elikum se había convertido en su propio patrón para que nadie pudiera decirle cuándo ir o venir. Aún mantenía la costumbre de dejar tirado el trabajo que estaba haciendo e irse por las sinagogas a observar las tallas en madera. A veces desaparecía días enteros y se atrasaba en los trabajos que le habían encargado.

Una noche, Matle tuvo que ir al taller, desde su casa en la otra mitad del sótano, a hablar con uno de los clientes de su marido, que había venido a quejarse:

–Mi ropa está desarreglada y botada por toda la casa mientras mi mueble de cajones, roto, está tirado donde el carpintero.

El cliente levantó un bloquecito de madera, de entre la viruta acumulada en el piso, que tenía una figura a medio esculpir; la contempló bajo la escasa luz que se colaba por entre las ventanitas del sótano y se encogió de hombros:

–¿Es esto un leoncito digno de colocarse sobre un armario en el que se guardan los rollos del Pentateuco? Parece más bien un gato con bigotes largos. Es absurdo que un hombre de la edad de Elikum se dedique a estos juegos infantiles.

Matle contempló al cliente con aspecto de culpa, y dijo suspirando:

–¿Y qué puedo hacer yo si se le metió en la cabeza que quiere ser escultor? Alguna gente me dice que, aun así, debo alabar a Dios y estarle agradecida. ¿Es mejor un esposo alcoholizado? ¿Un tahúr? ¿Y si en lugar de irse a las sinagogas se fuera donde una amante? ¿Eso sería mejor?

Al mismo tiempo en que Matle se consolaba porque su situación habría podido ser peor, Elikum Pap recorría una sinagoga e iba dibujando, sobre un papel y con un marcador de carpintería, los adornos del armario que guarda los rollos del Pentateuco.

En la noche, cuando volvió a su casa, la atravesó directamente hacia el taller de carpintería. Su mujer lo encontró sentado frente a la mesa con el delantal de trabajo puesto. En el regazo tenía varios cuchillos de esculpir, un cincel, algunos serruchos pequeños, papel de lija. En las manos sostenía el tronquito de roble con la figura a medio esculpir; medía algo usando sus largos dedos y arrugaba la frente. Matle le contó que el cliente del mueble de cajones vino a llevárselo, pero no estaba listo. Que el cliente, además, opinó que era una vergüenza que una persona de la edad de Elikum se ocupara con juegos tan pueriles. Elikum miró a su mujer con odio y no contestó. A él tampoco le había gustado el leoncito y por eso se había ido a la sinagoga, a estudiar cómo hacerlo bien. “No importa –pensó Elikum–, el que ríe de último ríe mejor. ¡Ya llegará el momento en que les demuestre a todos mi verdadera valía!”.

Entonces Matle le preguntó, con los ojos llenos de lágrimas, que cómo es que ni siquiera había entrado a echarles una mirada a las niñas, siendo el papá. ¿Y no necesitaba comer? ¿Se alimentaba con las astillas que se pasaba masticando? Elikum siguió sin contestar, hasta que su mujer estalló en gritos:

–¿Cuándo estás esculpiendo los leoncitos no puedes levantar la mirada? ¿Cómo cuando uno está rezando?

Él la miró con rabia y gruñó: ¡uhju!, como si en realidad estuviera en mitad de un servicio religioso.

Pero cuando más adelante el tronquito de roble se convirtió en un leoncito, con su pequeño cuerpo y sus cuatro garras, hasta Matle quedó maravillada y se preguntaba de dónde podría su marido saber hacer estas cosas. Los otros carpinteros siempre lo habían considerado un tonto. Elikum empacó su trabajo en una bolsa de tela y se dirigió a la sinagoga de la calle Vilenke.

Varias personas se encontraban allí reunidas charlando y esperando a que comenzara el servicio religioso. El carpintero les mostró la talla y les hizo saber que la había hecho para la sinagoga. Les explicó que dos días antes, mientras pasaba por ahí, le habían llamado para ser la décima persona del quórum y poder realizar el servicio religioso. Estando adentro se dio cuenta de que el armario donde se guardan los rollos del Pentateuco no tenía los leoncitos que normalmente adornan ese mueble en la parte superior.

–¿Leoncitos? ¿Quién se preocupa por leoncitos, si cuando llega el invierno no hay siquiera con qué comprar madera para la calefacción? –dijo el sacristán.

Pero otro de los concurrentes intervino y opinó que eso no tenía nada qué ver: que la madera para el horno es una cosa y el embellecimiento del armario es otra totalmente diferente, y agregó:

–Cuando un correligionario trae un regalo para la sinagoga se debe aceptar y agradecérselo.

–¿Y quién me va a pagar mi trabajo? –preguntó el carpintero.

Al darse cuenta de que los congregantes lo observaban perplejos, Elikum se apresuró a tranquilizarlos: les dijo que con diez zlotys estaría satisfecho. Si durante ese tiempo hubiera fabricado taburetes habría ganado el doble.

Los congregantes lo miraron aun más perplejos y el sacristán soltó la risa.

–¿Cómo les parece? Con diez zlotys se podría comprar quién sabe cuánta cantidad de madera para el invierno.

Otro de los presentes opinó que lo máximo que la sinagoga podría pagar era el costo del material, o sea por el tronquito de madera, y un tercer congregante anotó que si ya se trataba de dinero entonces él había visto leoncitos mucho más hermosos.

–¿Qué es lo que usted ha visto? –preguntó el carpintero con rabia. A lo que el experto contestó que él había visto leoncitos que parecían estar vivos. No estaban parados sobre las cuatro patas, sino sobre las dos traseras. Las colas artísticamente peinadas y levantadas. Desde la cabeza hasta la mitad de la columna vertebral estaban cubiertos por melenas y de sus bocas salían lenguas de fuego. Ésos eran verdaderos leones y leonas.

Por la gran confusión, Elikum Pap perdió el habla. Pero la persona que estuvo de su parte volvió a apoyarlo asegurando que el leoncito que Elikum había traído era en realidad muy hermoso.
 

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