Diciembre es una época propicia para regalar y por lo tanto el momento de descubrir —con horror y angustia— que necesitamos habilidad para escoger el obsequio. Regalar es un acto que requiere conocer bien a la persona, interpretar el significado del regalo en su cultura o poseer dotes clarividentes para saber cómo reaccionará el agasajado —motivo de nueva y adicional preocupación—. Así que a quienes, en las pausas dedicadas a no leer esta revista, se mesen los cabellos y busquen por donde sea un motivo de inspiración, les brindamos este pequeño artículo de Alberto Manguel, cuyo tema es, justamente, la habilidad o el desatino a la hora de brindar un obsequio. El texto de Manguel no resolverá tus angustias, querido lector, pero al final seguro que te dará una idea y un consuelo. Palabra de malpensante.
En el año 1830, Helen Gladstone, hermana del célebre estadista inglés cuyo profundo puritanismo lo incitó a la flagelación penitente y a la insólita costumbre de pagar a prostitutas para que durante la hora de su servicio le escuchasen predicar la Santa Palabra, se enamoró por primera vez. Sus padres y su estricto hermano no vieron con buenos ojos el cortejo y obligaron a Helen a romper con su pretendiente. Desesperada y furiosa, Helen se entregó al opio y a aquello que años después Marx llamaría “el opio de los pueblos”. Adicta al láudano y convertida a la Iglesia de Roma, Helen se alojó en un hotelucho de BadenBaden. Su hermano, sintiéndose obligado a rescatarla de ambas perdiciones, fue a verla cargado de regalos: bellos volúmenes que ilustraban la vida de los mártires protestantes en Japón. El regalo no le cayó bien a Helen. En lugar de leerlos para su provecho, usó los edificantes libros como papel higiénico en el retrete, donde su hermano los encontró, rotos y desencajados, “con señas que dejaban poca duda acerca del infame uso que ella había dado a sus regalos”.
Es difícil ser hábil en el arte de regalar. Requiere conocimientos de tipología (¿cómo es la persona que recibirá el obsequio?), de sociología (¿qué significado tiene el obsequio en su cultura?), de ética y moral (¿hasta qué punto lo compromete a uno con el otro?), de clarividencia (¿cómo reaccionará el agasajado?).
Cuenta Gibbon, en el capítulo LXV de su Decadencia y caída, que cuando Ibrahim, príncipe de Shirvan, se presentó derrotado ante el Gran Tamerlán, alguien observó que (según la costumbre tártara) había entre las ofrendas nueve rollos de seda, nueve costosísimas joyas, nueve espléndidos corceles, pero sólo ocho esclavos. “El noveno soy yo”, dijo Ibrahim, y su lisonja mereció la sonrisa del Tamerlán. Ibrahim seguramente conocía la vanidad del Gran Tamerlán. De igual manera (pero con un dejo de ironía) procedió H. L. Mencken al regalarle a Gore Vidal su flamante Minority Report, sin poner una dedicatoria en la portada. Vidal abrió el paquete y fue de inmediato al índice en busca de su propio nombre. Allí, entre “Victor, M. V.” y “Viereck, George”, leyó “Vidal, Gore” y en puño y letra del autor: “Sabía que mirarías aquí primero: cordiales saludos, Henry”.
Ciertos regalos sugieren connotaciones ignoradas por quien los ofrece. Es sabido que un japonés se ofenderá si le regalan algo con el número 6, ya que en Japón 6 simboliza la muerte, mientras que un chino apreciará un regalo doble, ya que el signo 2 en chino quiere decir “felicidad“. “Sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido”, escribió Antonio Porchia.
Regalar no es tan sólo un gesto generoso: crea una deuda implícita en la persona que recibe el regalo. Cuando durante la verbena a la bella de La Paloma su enamorado le ofrece un mantón de la China, ella decide aceptarlo pero, aclara, sin condiciones (“Venga el regalo, si no es en broma”, etcétera), ya que la astuta joven sabe muy bien que todo regalo implica una retribución. Cuenta E. M. Forster que un hombre naufraga cerca de una pequeña aldea de la costa griega y es rescatado por unos pobres pescadores. El hombre es rico, los pescadores le han “regalado” la vida. ¿Cómo retribuir tal “regalo”? ¿Cuánto vale su vida? El hombre pasa el resto de sus días en la pequeña aldea, indeciso, incapaz de poner precio a su vida, sin retribuir el don que le han hecho, y despreciado por todos.
Finalmente, un regalo puede transformarse en mágico por voluntad de quien lo ofrece. Cuenta la viuda de Osip Mandelstam que cuando ella y su marido vivían en el miserable destierro interno que Stalin les impuso, fue a visitarles un amigo, el actor y ensayista Vladimir Yakhontov. Mandelstam, a quien le habían confiscado su biblioteca, le confesó a su amigo que lo que extrañaba más eran sus libros de poesía. Yakhontov dijo que le regalaría uno. Tomó los permisos de residencia (válidos por tres meses) que Stalin les había concedido a los Mandelstam, y leyó con ritmo entrecortado y tono lúgubre, como si estuviera recitando una elegía: “Emitido a condición de... Emitido... Emitido con autoridad... Permiso de residencia... Permiso de residencia... Permiso de residencia...”.
Un concierto de vanidades (la del obsequiador y la del obsequiado), una simbología común, la seguridad de que el regalo no trae consigo ocultas intenciones, la posibilidad de un milagro secreto que ocurre de pronto entre quien lo regala y quien lo recibe: toda esta apabullante hueste de significados acompaña implacablemente al simple hecho de entregar un paquetito. Yo, que casi siempre regalo libros, me digo (pero sin grandes esperanzas) que a lo mejor mi regalo será una pequeña epifanía, como a veces me ha sucedido a mí con libros que me han regalado. Pienso en aquellos que marcan para mí momentos esenciales: mi primer Alicia en el País de las Maravillas (regalado por una amiga de mis padres que ya no recuerdo); La isla del doctor Moreau, de Wells (mi mejor amigo en el colegio primario); los Cuentos góticos, de Isak Dinesen (Edgardo Cozarinsky, diciéndome que así entraba yo en su círculo de lectores electos); Stalky & Co, de Kipling (Borges, al irme de Buenos Aires en 1968); la primera edición del Journal du voleur, de Genet (mi editor francés, Hubert Nyssen); un pequeño Tristam Shandy en dos volúmenes (mi hijo, para mis cuarenta años), un viejo romancero (Ana Becciú para mis cincuenta).
Misteriosamente, para mí un libro regalado trae consigo otro lector en la sombra: la voz, los gestos, el tono, la mirada de aquel que me lo regaló.
Página 1 de 1
Ver Comentarios[ Clic para desplegar ]
Para poder comentar, debe ingresar a su cuenta o registrarse aquí