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Del papel a la pantalla

Perspectivas paradójicas de Wikipedia

El proyecto enciclopédico ha emprendido un viaje sin retorno del formato impreso al internet. Un balance parcial deja en claro que el cambio no solo ha reportado ganancias. 
Del papel a la pantalla
Edición N° 90

N° 90

Septiembre de 2008[ ver índice ]

Invitado Festival Malpensante 2009

1. La enciclopedia de papel

Las enciclopedias de papel, la de Pierre Bayle en el siglo XVI o la de Diderot y D’Alambert en el XVIII, fueron impulsadas por la creencia de que el conocimiento ayudaría a liberar al hombre de poderes que lo sometían y recortaban: de la autoridad de la Iglesia y del Estado, de las supersticiones y creencias del pasado. Usando la razón y mirando el mundo, mediante la ciencia y la investigación, los hombres se atreverían a pensar con su propia mente y no se someterían a la dirección de los demás.
 
Los promotores de la enciclopedia fueron hombres audaces que, para enfrentar la censura y la persecución, inventaron sitios falsos de impresión, escribieron sus ideas más subversivas en artículos aparentemente anodinos y pasaron muchos años en las cárceles o el exilio. Este revolucionario proyecto fue, en lo esencial, exitoso: la ciencia reemplazó a la religión como forma de explicación de la mayoría de los hechos del mundo, por lo menos en los grupos más educados, y se convirtió además en el motor del cambio técnico que ha transformado la vida de todos. El triunfo de la enciclopedia fue el triunfo del conocimiento y de sus instituciones: de la universidad, llena de profesores e investigadores, y de la especialización, mediante la cual y ante el crecimiento exponencial de la información científica, los expertos se dedican a campos cada vez más estrechos, que apenas logran dominar después de una vida de experimentos y lecturas.
 
Derrotada la superstición, el espíritu de lucha de los enciclopedistas se debilitó: los Estados creían en la ciencia y, por lo menos los más ricos, la apoyaban y divulgaban. El sistema educativo trató de convertir a los ciudadanos en personas con un mínimo de conocimiento científico, y la enciclopedia se convirtió, más que en un arma de lucha apasionada, en un documento de síntesis en el que los que conocen un campo científico y tienen algo de talento de divulgación resumen para el público culto o para los especialistas de otras ramas el estado del conocimiento, el saber relativamente seguro y confirmado que existe en un momento dado. El modelo más exitoso de esta enciclopedia tranquila y segura fue la Británica, escrita por profesores de universidades inglesas en una prosa que lograba que los lectores no solo usaran la enciclopedia como herramienta de consulta sino que la leyeran como una obra literaria. La undécima edición, de 1911, adquirió fama por su elegancia de estilo, por su concisión y precisión de lenguaje y por la solidez de su información científica. En una entrevista con Mario Vargas Llosa de hace 45 años, Jorge Luis Borges contestó a la convencional pregunta del brillante joven peruano diciendo que si pudiera llevarse cinco libros a una isla, incluiría un volumen de una enciclopedia. Pero “sobre todo, no de una enciclopedia actual, porque las enciclopedias actuales son libros de consulta, sino de una enciclopedia publicada hacia 1910 o 1911, algún volumen de Brockhaus, o de Mayer, o de la Enciclopedia británica, es decir, cuando las enciclopedias eran todavía libros de lectura”.
 
Borges no mencionó la enciclopedia que hizo el esfuerzo, para los que leían en español, de añadir al saber universal la información sobre el mundo hispanoamericano: la Espasa-Calpe, con sus 72 volúmenes originales publicados entre 1906 y 1930, y que tuvo a José Ortega y Gasset como director editorial durante varios años. La Enciclopedia Espasa fue, durante el siglo xx, un gran recurso de información, aunque no tuviera el encanto literario de las que adoraba Borges: estaba en la casa de los hombres cultos de las clases medias y altas, en los colegios y las bibliotecas de los países donde se habla español.
 
En Colombia se han hecho algunos intentos de una enciclopedia de contenido colombiano, esforzados pero de resultados discutibles1En los siglos XIX y el XX se publicaron diccionarios biográficos voluminosos pero desiguales, y un primer esbozo enciclopédico, la Enciclopedia del desarrollo colombiano, fue editada por Gonzalo Canal Ramírez en 1973, con un inesperado volumen sobre modas y ropas, y otro sobre la cultura popular colombiana de Manuel Zapata Olivella. Pero la primera enciclopedia real fue probablemente la Enciclopedia de Colombia, de 1977, en 7 volúmenes, convencional, desorganizada y mal concebida. El Gran libro de Colombia (Círculo de Lectores, 1981, 3 vols.) era una presentación de la geografía, la historia y la cultura popular del país, con destacada participación del folclorista Guillermo Abadía.
 
El gran esfuerzo y el gran logro fue la Gran enciclopedia de Colombia, cuando un equipo encabezado por un editor excepcional, Camilo Calderón Schrader, hizo una síntesis exitosa de lo que entonces se sabía de los principales temas de la cultura colombiana2Eran 11 volúmenes, con cerca de 3.500 páginas de texto y unas 650 biografías de personajes colombianos, seleccionados con muy buen criterio por los directores, Beatriz Castro y Daniel García-Peña. En general, los trabajos fueron escritos por personas que conocían muy bien sus temas, y muchas de las biografías siguen siendo modelos del género. Vale la pena leer las excelentes biografías de Bolívar de David Bushnell, o la de Porfirio Barba-Jacob de Fernando Vallejo, para darse cuenta de que las escribían personas que habían dedicado años de lectura e investigación a familiarizarse con sus personajes. Cuando no fueron hechas por especialistas, las escribieron jóvenes historiadores que siguieron pautas muy estrictas: más de 100 expertos unieron su esfuerzo en la tarea biográfica. Sin embargo, esta enciclopedia era todavía limitada, y el análisis de la lista de personajes, para tomar esto como índice, muestra limitaciones: por ejemplo, aunque aparecen Pedro Morales Pino o Luis Antonio Calvo, no figuran Lucho Bermúdez, José Barros ni Roberto Buitrago. En general, el mundo de las industrias culturales del entretenimiento –la radio, la televisión, el cine– aparece poco, así como el deporte; no hay personajes vivos, y el énfasis está en la política y los mundos del arte y de las letras. Del mismo modo, los artículos sobre temas históricos, geográficos o literarios fueron escritos por los especialistas apropiados, siguiendo reglas estrictas de relevancia y escritura, en lenguaje sobrio y sin adornos.
 
Dos personas, Alejandro Medellín y Diana Fajardo, hicieron un inverosímil diccionario enciclopédico, Mi tierra, el diccionario de Colombia, publicado en 2005. Los autores escribieron solos las más de 1.000 páginas y los 11.300 artículos de este diccionario, una enciclopedia alfabética que reúne 5.000 biografías, 2.000 artículos sobre aspectos diversos de la sociedad colombiana, 2.500 artículos sobre cultura colombiana, amén de otros textos sobre naturaleza y lenguaje colombiano. Son artículos muy breves y ordenados alfabéticamente, como corresponde a un diccionario, pero con una selección de temas y personajes muy sistemática basada en criterios claros y sólidos. La cultura popular, el deporte, la gastronomía y otros asuntos similares tuvieron una cobertura más amplia que en las enciclopedias anteriores, y el espacio que se dedicaba a cada tema fue determinado con especial cuidado, buscando que reflejara su importancia.
 
1. Enciclopedia de Colombia, Barcelona, Editorial Nueva Granada, 1977, 7 v., il.
2. En 2007 se hizo, aunque parezca raro, una nueva edición en papel, ampliada y actualizada.

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Edición actual Nº 140

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