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Tiempos difíciles otra vez

El pasado 7 de febrero se cumplieron doscientos años del nacimiento de Charles Dickens. En tiempos de crisis, tan aciagos como los suyos, la crítica social presente en la obra del clásico inglés renueva su vigencia.

Tiempos difíciles otra vez
Traductor
Andrea Garcés
Edición N° 128

N° 128

Marzo de 2012[ ver índice ]

Vivimos en tiempos difíciles y todo indica que pueden volverse mucho, tal vez muchísimo peores. Al menos en este momento nadie se atrevería a apostar lo contrario.

El número de niños que piden subsidios de alimentación en las escuelas norteamericanas se ha disparado; la cantidad de personas sin vivienda aumenta cada hora; quienes antes llevaban una vida próspera son ahora despedidos de sus empleos sin recibir siquiera las gracias; los jóvenes tienen problemas para encontrar cualquier tipo de trabajo, y los mendigos regresan a las calles como si hubieran estado escondidos todos estos años, esperando el momento apropiado para salir de sus guaridas subterráneas al mundo exterior.

El bicentenario del nacimiento de Charles Dickens, celebrado en febrero, no hubiera podido llegar en un momento más apropiado de la historia económica. Él fue el revelador, el verdugo y el poeta en prosa de la pobreza extrema en las ciudades –una pobreza que, como en nuestras peores pesadillas, tememos esté de regreso–.

Dickens sabía de qué hablaba. Acostumbraba caminar kilómetros por las calles de Londres, y –quizá con excepción del abogado y reformista social Henry Mayhew (1812-1887)– no ha habido un hombre más observador que él. Acusado a menudo por sus detractores de exagerar la realidad, declaró en el prefacio a Martin Chuzzlewit que él simplemente veía lo que otros no podían o no querían ver, y lo presentaba en el lenguaje más sencillo posible. Lo que para algunos eran caricaturas, para Dickens no era más que la realidad sin adornos: su obra obligaba a su época a mirarse en un espejo.

La palabra “dickensiano” está más cargada de connotaciones que cualquier otro adjetivo creado a partir del nombre de un autor, incluidos “jamesiano”, “joyciano” y hasta “shakespeariano”. Nos hace pensar en asilos para pobres, casas ruinosas con camas hechas de harapos; en escuelas sádicas con maestros explotadores que, a punta de golpes, ponen ideas absurdas en la cabeza de los niños; en los descorazonados defensores de la fría caridad; en abogados corruptos que dilatan sus casos en oficinas atestadas de polvo y dependientes. Nos recuerda a Oliver Twist pidiendo más, a Wackford Squeers cuando exclama: “¡He aquí algo nutritivo!”, mientras prueba la leche rendida que reparte entre sus desventurados alumnos, a la señora Gamp cuando mira a su paciente y dice: “¡Sería un hermoso cadáver!”

No obstante, si Dickens no hubiera sido más que un comentarista de la sociedad, todos, con excepción de algunos historiadores especialistas en su época, lo habríamos olvidado. Y obviamente no ha sido así. Su memoria ha sobrevivido los notorios defectos de sus libros –el sentimentalismo que a veces resulta grotesco, la falta de estructura que los lleva a desbordarse, el carácter a menudo improbable de sus historias– y ha logrado la inmortalidad que confiere la literatura, cualquiera que esta sea. La genialidad pura de su escritura brilla en las páginas una y otra vez, pasaje tras pasaje, para angustia de todos los narradores que lo sucedieron.

Cuando se llamó a sí mismo “el inimitable”, no decía más que la verdad: Dickens ha sido el mejor escritor cómico de su lengua, quizá de todas las lenguas. Y la comedia es profunda, nada trivial: al tiempo que representa el absurdo, la pomposidad e incluso la crueldad, a pesar de poner sobre la mesa las debilidades humanas para que sean examinadas, nos reconcilia con la vida.

Por ejemplo, ¿quién querría ser atendido por la desaliñada y alcohólica enfermera de Martin Chuzzlewit? Sairey Gamp es una criatura tan indeseable como es posible, un personaje que da prueba de la necesidad de reformar por completo una profesión. Sin embargo, por medio de algún extraño tipo de alquimia, Dickens hace que nos alegremos de que haya un mundo en el que la señora Gamp pueda existir. Un mundo sin personajes como ella sería más pobre precisamente por su ausencia.

Cuando, al hablar de la ginebra guardada en la tetera, la señora Gamp dice: “No me brinde nada, colóquela sobre la chimnea y deje que le ponga los labios encima cuando tenga dispisición”, nuestros corazones saltan con una alegría indefinible. El genio verbal, detrás del simple cambio de la o por la i en “disposición”, nos deleita. (No obstante, Dickens hubiera dicho, sin lugar a dudas, que en vez de inventar la transposición la había escuchado, de tal forma que su genio recayera en haberla notado y recordado, y no en inventarla: un reproche más por nuestra falta de observación.) La ridícula pretensión de gentileza y refinamiento de la sucia mujer mientras hace evidente su abandono nos incita a reflexionar acerca de nuestras propias pretensiones –después de todo, aparentar es una condición permanente de la humanidad–.

Y mientras nuestro amor por la señora Gamp –con todo y el matiz de culpa que implica sentir cualquier afecto por un ser tan desagradable– no nos impide reconocer la obvia necesidad de darle a la enfermería más dignidad, también ayuda a restringir nuestro deseo de una perfección sin alma. Un mundo perfecto o, mejor, un mundo que intenta ser perfecto, que no tiene personajes dickensianos, sería un infierno sobre la tierra.

Creo que a esto se refería un estudiante de literatura inglesa del Instituto Norcoreano de Lenguas Extranjeras cuando se me acercó sigilosamente en Pyongyang y me dijo, rápido y sotto voce (para los norcoreanos la comunicación espontánea con extranjeros era peligrosa): “Leer a Shakespeare y a Dickens es la más grande, la única alegría de mi vida”. Obviamente, su hazaña de aprender inglés con tal competencia como para leer a ambos autores sin haber salido nunca de su hermético infierno nativo, y además que fuera capaz de comunicar su entusiasmo por ellos de forma tan elegante, me produjeron gran admiración. Sin duda le enseñaron la obra de Dickens para mostrarle la naturaleza diabólica de la sociedad capitalista, pero la lección que había extraído de ella era radicalmente opuesta: la señora Gamp (por ejemplo), pobre y menospreciada como era, al menos hablaba con una voz inconfundiblemente propia que no le había sido impuesta por ningún régimen político. Era libre como no lo era ningún norcoreano.

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