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Ficción

Mediocristán es un país tranquilo

Mediocristán es un país tranquilo
Ilustrador
Santiago Guevara
Edición N° 128

N° 128

Marzo de 2012[ ver índice ]

Medios

Imágenes

Tu premio será muy grande
Génesis 15, 1

Para Álvaro y Álvaro,
en orden alfabético.

Para Camila, Bruno, Lucas,
Matilda y Alicia,
en orden cronológico.

1.

Tener a quien echarle la culpa es casi un derecho fundamental.

Mi abuelo se quejaba de que su padre le había impedido ser lo que quería ser.

Mi padre se quejaba de que yo le había impedido ser lo que podía ser.

Yo, en cambio, no puedo culpar a mi padre de mis elecciones profesionales y ningún hijo vino a importunar los me-jores años de mi juventud.

Soy la cosa que soy, dice el poeta.
 

2.

Ser. Querer ser. Poder ser.

El mayor filósofo existencial de la historia, un predicador anónimo del siglo III a. C., bastante más claro y honesto que sus con frecuencia ininteligibles herederos, ya advirtió que tales cosas carecían de sentido: no hay afán o ambición que no sea vano. Sin importar qué seas y, aún menos, qué hayas querido o podido ser, el final es el mismo para todos: el rey y el mendigo, el sabio y el necio, el probo y el taimado.

Las generaciones pasan. La tierra permanece. La memoria es frágil.

Por desgracia, saber que algo es vano no siempre lo hace menos deseable. E incluso los llamados a proclamar la va-nidad de todo bajo el sol vivimos en un mundo (un mundito, un mundillo) en el que la sabiduría es una competencia por ser el tipo que puede construir más frases de aire erudito (“el mayor filósofo existencial de la historia”, etc.) para sazonar sus perogrulladas.
 

3.

En ocasiones, tener un culpable es la mejor excusa.

Mi abuelo decía que en su época las decisiones las tomaban los padres y eran indiscutibles. Es cierto que había quienes desobedecían a sus progenitores y se marchaban de casa para buscarse la vida, pero esos eran malos hijos cuyo ejemplo habría sido un error seguir. Mi padre, en cambio, decía que el problema de su época era la falta de información. Eso significa, supongo, que mientras tener hijos era una consecuencia natural del instinto, para saber evitarlos se nece-sitaba entonces posgrado. Mi padre a duras penas consiguió terminar la carrera.

Todo eso para llegar al aquí y ahora de los insatisfechos que no fueron ni lo que querían ser ni lo que podían ser, una generación que para tener a quien echarle la culpa ha tenido que abandonar la comodidad del ámbito familiar y tomar un curso rápido de política de cafetería sobre la falta de oportunidades y las mentiras del Estado del bienestar.

La política de cafetería, por desgracia, siempre me quedó grande.
 

4

El nombre impronunciable del abismo que existe entre nuestras aspiraciones y nuestros logros es fracaso.

Por suerte el fracaso lleva de moda un par de siglos y hoy podemos consolarnos unos a otros recomendándonos novelitas sobre jóvenes prometedores y ambiciosos que se estrellan contra el mundo, magnates moribundos que descubren que el dinero no compra la felicidad y nulidades sumidas en el tedio cuya cotidianidad gris debería hacernos más soportable la nuestra o, en su defecto, enseñarnos que cuando el sol se te mete en los ojos no hay nada mejor que salir y matar a un árabe, las obras cumbres de la literatura universal.

El maestro dice que las palabras son una medida de la vanidad.

En mi mundo, las palabras son una medida del próximo cheque.

Supongo que Fracaso era también mi estación de destino, pero de camino allí me detuve en Mediocristán, y descubrí que era un país tranquilo.


5.

Y Onania no estaba nada mal. Sobre todo cuando tenías buena compañía.
 

6.

Mi padre nunca estuvo muy convencido de que hubiera aprovechado las clases de geografía, pero cuando se enteró de que su único hijo había empezado a estar más cerca de los cuarenta que de los treinta, comenzó a preocuparse por la posibilidad de que tampoco hubiera aprendido nada en clase de biología, una materia en alza.

Mi abuelo lo llamaba sentar cabeza. Y mi padre quería las dos cosas, a saber, ser abuelo y verme sentar cabeza.

–Voy a tener que hacer algo al respecto –me dijo.

Era una amenaza, no un chiste, y pude imaginármelo volando hasta Barcelona para arrastrarme de bar en bar en búsqueda de una pareja en edad fértil.

–Tengo novia, papá –anuncié para zanjar la cuestión hasta la próxima llamada.

–¿Por fin voy a conocer a tu padre? –me preguntó Carmen apenas colgué.


7.

Los hijos son la coartada, no la excusa, de la generación que no tiene a quien echarle la culpa.

En el caso de mis amigos colombianos el pistoletazo de salida lo había dado, con bastante antelación respecto del resto, esto es, por accidente, un compañero filósofo cuando todavía estábamos en la universidad. Lo ocurrido nos pareció algo que era de esperarse en vista de la delantera que el pensador nos llevaba en tantas otras cosas.

Y conociendo esa ventaja a nadie le sorprendió que antes de cumplir los tres años Juanita anunciara que ella era “una razón”. Así como suena:

–Soy una razón.

La frase fue recibida como una consecuencia lógica del exceso de materia gris del padre, del mismo modo que la ausencia de ese ingrediente explicaba las declaraciones menos afortunadas de sus compañeritos de guardería, que apenas podían aspirar a ser hipopótamos, cocodrilos o teletubbies.

Sin embargo, Juanita pronto amplió su repertorio para precisar su condición de razón en frases como “Soy la razón por la que mi papá no se larga” o “Soy la única razón por la que mamá se aguanta a Jorge”.

La pequeña y razonable Juanita probablemente hizo más que la píldora por el destino reproductivo de mis amigos de la universidad, que decidieron que, por el momento, preferían vivir sin razones.

Onania, creo haber dicho, no estaba nada mal.
 

8.

Con el tiempo (siempre hay un “con el tiempo” en estas historias), todos caerían. Puede ser que no quisieran razones, pero digamos que no les sobraban los motivos y, con o sin accidentes, los hijos empezaron a ser bienvenidos. De forma vacilante, al principio. Con auténtica vocación, al final.

Para entonces, quizá por suerte, yo ya estaba en España y en lugar de tirar, follaba.

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