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El cuento y el desafío

El arte del trapecio

"Vivir para contarla", el título de la autobiografía de Gabo, sirve al columnista para hilar algunas ideas sobre el país en el que vivimos.

El cuento y el desafío
Edición N° 128

N° 128

Marzo de 2012[ ver índice ]

Con motivo de la celebración de los 85 años de García Márquez, se hicieron frecuentes referencias a su autobiografía, Vivir para contarla. Se habló de muchas cosas, menos de lo que yo estaba interesado en saber de manera obsesiva: si a alguien más le parecía raro el título. ¿No les llama la atención? A mí me sorprende que una autobiografía comience con una cláusula, entre aliviada y desafiante, que significa: “todavía estoy aquí”. En efecto, gugleo y escojo referencias al azar, lo que me corrobora que la expresión denota superación de un riesgo extraordinario. Un periodista mexicano nos cuenta desde Tamaulipas que, después de sendos accidentes, los políticos locales “vivieron para contarla”. Y así sucesivamente. El propio Google ofrece la siguiente interpretación: “Si sobrevives a una experiencia peligrosa o atemorizante... se puede decir que has vivido para contarlo”.

A nosotros el título de la obra nos parece más bien rutinario, y me pregunto si esa naturalización de cierto sentimiento de riesgo no es una característica específicamente colombiana, uno de los elusivos rasgos de nuestra aún más elusiva identidad. Claro: no es algo “exclusivamente” nuestro. Desde Oxford hasta Kinshasa, la vida es (también) una “experiencia peligrosa y atemorizante”. “Vivimos en diario temor”. Algunos escritores, entre ellos Bierce, lo supieron mejor que nadie. Uno no puede leer a Kafka sino con el corazón en la mano. La literatura de varios géneros –policial, de horror– solo tiene sentido si es capaz de evocar un buen sobresalto. Cuando Graham Greene llamó a Patricia Highsmith la poetisa de la ansiedad no solo estaba produciendo un elogio fantástico, y plenamente justificado, sino que estaba apuntando a una experiencia profundamente humana. También los políticos, claro, supieron desde el principio que parte fundamental de su oficio consistía en lidiar con el temor y con el riesgo. Tal intuición no ha sido especialidad solo de los matones, aunque estos por supuesto se han esforzado por hacer bien la tarea precisamente en este terreno. Mussolini unió brutalidad y lírica, recomendando “vivir peligrosamente”. Logró, en efecto, vivir peligrosamente –para los demás, pero finalmente incluso para él mismo–. No hablemos ya de la cultura popular. Cualquiera que haya visto programas de televisión como I Survived se dará cuenta del enorme poder que tiene el simple relato de alguien que logra mantenerse en este mundo contra todas las expectativas y probabilidades.

Pero en una autobiografía... Además, hay un giro que sí me parece claramente idiosincrático: esa mezcla de las sensaciones de alivio y de desquite que está encapsulada en expresiones como “vivir para contarla” o “todavía estoy contando el cuento”. Hay en esta dirección un aforismo que siempre me ha parecido maravilloso, por lo contundente y por lo diciente, del gran polemista antioqueño el Ñito Restrepo: “En Colombia, sobrevivir es una venganza”. No es: “increíble, todavía estoy aquí”, como en I Survived (“y miren la cantidad de traumas que me quedaron”). En el Ñito es más bien el grito de triunfo de la víctima que ha conservado su pellejo por un pelo, y hace gestos obscenos a la distancia: “se jodieron: todavía estoy vivo”. ¿No tiene que ver eso con la atormentada trayectoria colombiana? Para poder responder, hay que hacer tres precisiones. Primero, ni de lejos es cierto que Colombia sea el país más violento del mundo, y mucho menos que lo haya sido en el siglo XX. Ese honor queda para los alemanes, o los camboyanos, o los gringos, o los belgas. Segundo, no se sostiene que nuestro siglo XX haya sido de guerra continua. Aquí ya hay que ser más prudentes: incluso nuestros períodos relativamente largos de estabilización –primera mitad del siglo XX, Frente Nacional– estuvieron puntuados por enfrentamientos y negros nubarrones de conflicto civil. Pero la imagen de conflagración ininterrumpida seguramente no se sostenga. Tercero, sí hemos vivido una violencia endémica, de mediana o baja intensidad, con gotero, en buena parte fervientemente localista, ejercida por y contra los próximos, durante décadas. Dos ciclos de violencia muy, muy prolongados –el último, que comienza a finales de los setenta y aún continúa, constituye el conflicto más largo del mundo–, brutales y acerbos, sin fronteras muy bien definidas, sin enemigos con e mayúscula, sino con vagas amenazas acechando en el vecindario... Estoy leyendo prensa diariamente desde antes de alcanzar la mayoría de edad, y no me acuerdo de un solo día sin un suceso de espanto. Y después he venido a darme cuenta de que la abrumadora mayoría de ellos no tienen atribución de autor específico. Eso tiene que dejar algo debajo de la piel.

Ya que esta vez eché por la azarosa trocha de la especulación, añadiría una impresión más. Metido el dedo, metida la mano. Puede ser que esa sensación de estar rodeados de riesgos cotidianos, vagos y espectrales nos lleve a vivir específicamente el riesgo como rabia, y el triunfo como exasperación, sobre todo cuando esa experiencia se mezcla con la del ascenso social acelerado en un país brutalmente desigual (ascensos de vértigo y desigualdad insoportable, dos marcas de la Colombia de las últimas décadas). Pero tienen razón: aquí realmente ya estoy yendo demasiado lejos.

Una de las características más poderosas de García Márquez es su capacidad de apelar a sentimientos universales desde repertorios y experiencias rigurosamente locales. Se me ocurre que hay algo de eso en esta narrativa de su vida como una saga de riesgo y de revancha.

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