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Breviario

Guerrilla, hombres y animales

Un pie de foto al conflicto en Colombia.

Breviario: Guerrilla, hombres y animales
Traductor
John Galán
Edición N° 129

N° 129

Abril de 2012[ ver índice ]

La foto es impactante: un cerdo selvático camina junto a dos ex rehenes abrazados por una enfermera en la pista de un aeropuerto colombiano. El saíno avanza tranquilo por la pista al lado de su amigo. Lo sigue como una sombra. ¿Como un perro? Como parte del cuerpo de su dueño.

El ex rehén, un militar ahora en libertad, estuvo doce años en la selva. Llevaba una cadena amarrada a los pies las veinticuatro horas del día. Una vez intentó escapar, duró un mes perdido en la selva y fue recapturado por los bandidos de las Farc. Y ahora vuelve a la civilización acompañado por un cerdo salvaje. Aunque parezca haber llegado a su fin, el drama de estos ex prisioneros es más problemático de lo que parece. Están saliendo de una selva a otra.

El cerdo caminando al lado de ese hombre es símbolo de varias cosas. No es un simple caitutu, como le decían los indios tupí-guaraníes, ni es simplemente un pariente del jabalí. Este cerdo no es un cerdo. Los cerdos, según los definen los humanos, son los guerrilleros de las Farc, que empuercan la vida de Colombia hace varias décadas y obligan a los secuestrados a vivir en chiqueros en medio de la jungla.

Este cerdo que escolta al militar liberado es un individuo de gran categoría. Camina noblemente, como si pasara revista a una manada de humanos. Aún no sabe que la selva de la ciudad es más peligrosa que la selva de donde vino. Allá, sabía todos los códigos. Vivía en bandas de quince miembros, gozaba con varias hembras y guardaba la memoria de los caminos dejando su olor característico en los árboles y en sus semejantes.

Confieso que estoy muy preocupado porque el militar que lo trajo, luego de abrazar a sus familiares y de reconocer a sus hijos y nietos, fue a visitar al gobernador del departamento del Meta, y resolvió regalarle el cerdo en gesto de amistad y gratitud –después de todo, el gobernador también había sido prisionero de la guerrilla–. Agrega la noticia que el sargento Forero le dio una lista de instrucciones de cómo cuidar a su amigo, que estaba acostumbrado a tomar café con azúcar a las seis de la mañana, cuando el tormento del cautiverio recomenzaba.

Hizo mal el sargento Forero. Uno no regala así, sin más ni más, a un amigo de estos. ¿Acaso le consultó al cerdito si quería cambiar de amigo y afecto? Así las cosas, pienso que el gobernador debería, en el mejor de los casos, adoptar al cerdito y mantenerlo en palacio para ser visitado y reverenciado por toda la población.

Y al morir deberían hacerle una estatua, pues en últimas el sargento le debe en gran parte su vida. Era al cerdo a quien el prisionero acudía en los momentos de angustia y soledad. Era el confidente silencioso, el famoso “amigo más cierto en horas inciertas”. En la selva solo él proporcionaba alegría a su amigo humano, sin darle ninguna molestia, alimentándose apenas de tubérculos, escapando de los jaguares y los coyotes únicamente para acompañar al rehén.

La verdad, el cerdo era rehén del rehén. Irrescatable.

Muchas fábulas, filmes y novelas cuentan acerca de cómo un civilizado carece de un indio, un animal o un simple muñeco para mantener su identidad. Sin ese “otro”, uno se pierde a sí mismo. ¿Cuántos tratados de filosofía y antropología se han escrito sobre esto?

Lo patético de esta fábula verdadera es que este animal está más próximo a nosotros que los facinerosos de las Farc, que dieron reversa darwinianamente y se fueron de la ciudad a la selva.

Este saíno hizo el trayecto contrario. Él y algunos otros mamíferos y pájaros. Leo, por ejemplo, que los ex prisioneros trajeron también un guatín y algunos periquitos. Ellos no pueden ser un simple trofeo de lucha.

¿Recuerdo del mundo primitivo o alianza entre el pasado y el presente?

Este suceso debería ser signo de un pacto de paz entre el hombre y la naturaleza. No en balde, en las fotos de la llegada al aeropuerto de Villavicencio, otro ex rehén ostenta un cayado hecho a mano donde se ve tallada una cabeza de perro o de caballo.

Los símbolos tienen fuerza.

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