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Reuniones solo para calvos

El arte del trapecio

La "democracia" es la carta imprescindible para que un gobierno sea invitado a una cumbre internacional. En el mapa político actual de Latinoamérica, ese criterio resulta cada vez más vago.

Reuniones solo para calvos
Edición N° 129

N° 129

Abril de 2012[ ver índice ]

La política estadounidense de bloqueo a Cuba es arbitraria, inhumana, y refleja una contabilidad brutal por partida doble. Pues los Estados Unidos hablan y se endeudan con China, un típico gobierno autoritario, y tienen toda clase de comercio e intercambio con regímenes poco presentables, más o menos en todas partes del mundo. El contraste entre el sermón y el comportamiento es, en efecto, irritante.

Hay sin embargo otros aspectos un poco menos obvios, y por lo menos igualmente interesantes, de esta orientación gringa hacia la exclusión de la isla. Por ejemplo, la reciente Cumbre de las Américas que tuvo lugar en Cartagena nos recordó que por diseño estas reuniones son un club exclusivo. Solo se admite a los demócratas. Santo y bueno. ¿Pero cómo se define “democracia”? Es un término complejo y multidimensional, que significa cosas muy distintas para diferentes personas (esto es lo que se conoce técnicamente como ambigüedad). Los politólogos creen –es esta una extraña y esotérica religión que yo compartí hasta hace algún tiempo– que con la llamada “definición procedimental” de la democracia se solucionan las cosas de una vez por todas: para fijar claramente el concepto, simplemente concéntrate en las reglas de juego relativas a la rotación de las élites políticas en el poder. Mi impresión actual es que ese paso constituye un avance, sí, sobre las confusas “interpretaciones sustantivas” de la democracia, pero solo en el sentido de abrir la puerta a las complicaciones verdaderamente serias.

¿Pues dónde hay que trazar la línea divisoria con respecto al cumplimiento de las reglas? Todo el mundo quiere pasar por demócrata, y en esta competencia ciertamente los líderes cubanos no se quedan atrás. ¿Quién puede ser clasificado como miembro genuino del club, y a quién hay que echarle la balota negra? La pregunta no resulta tan sencilla de contestar como uno creería. No quiero jugar aquí a la sofística. Hay casos más o menos obvios, que no resisten cinco minutos de discusión razonable. Alemania es una democracia y Corea del Norte no lo es. En nuestro continente, Uruguay pasa la prueba bajo prácticamente cualquier criterio, y Cuba sin duda se raja. Pero: ¿hay casos dudosos? Sí. Muchos. Me atrevería a decir que probablemente la mayoría. Comencemos con Honduras, que recientemente sufrió un golpe militar, que a su vez atrajo las correspondientes sanciones internacionales; pero el liderazgo de ese país no se inmutó, y finalmente el golpe quedó legitimado. Ecuador sufrió en la década de 1990 un viacrucis de sucesivos minigolpes. Los militares sacaban a un civil incómodo, y permitían después que llegara otro. ¿Era esto democracia? Francamente, no sé (a propósito: los analistas sociales ganaríamos mucho si aprendiéramos a usar esta expresión con cierta regularidad, y a tiempo). Sigue uno con Nicaragua, en donde se hace de todo para eternizar en el poder a la primera dama y al primer damo. ¿Y Venezuela? ¿Les parece un caso dudoso? Hombre, creo que sí lo es. Hay competencia electoral, libertad de prensa puntuada por confrontaciones... Pero la separación de poderes está seriamente resquebrajada, y la alternación en el poder solo parece posible con la intervención de la garra maliciosa de la biología. ¿Y nuestra atormentada Colombia? No, tampoco la flamante anfitriona tiene todas las cuentas consigo. Alguna vez Winston Churchill definió la democracia en los siguientes términos: vives en una democracia si cuando timbran a las cinco de la mañana en tu puerta solo puede ser el lechero (sé que es una imagen fechada, pero creo que todavía la entiende todo el mundo. En la década de los cincuenta se distribuía la leche en canecas metálicas, a domicilio, muy temprano para que pudiera ser usada en el desayuno...). El test de Churchill es puramente procedimental, y aquí Colombia pierde la materia estruendosamente.

Esta rápida revisión sugiere que hay tres categorías de países. Los que se rajan con cualquier examen procedimental (como Cuba), aquellos que los pasan todos (como Uruguay), y los que ganan los exámenes más suaves pero no pueden con los más exigentes. ¿Y entonces dónde trazar la raya? El problema del cumplimiento de las reglas de juego es que tiene fronteras mal definidas. Eso lo entendieron, maravillosamente, pensadores del mundo clásico, que formularon la paradoja del sorites –uno de los grandes problemas básicamente irresueltos del pensamiento, y ahora punto de referencia obligado en algunas áreas de la inteligencia artificial– a través de un par de anécdotas simples y reveladoras. La principal es la de la calvicie. Piensen en alguna figura pública con una gran mata de pelo. Amparo Grisales, qué se yo. Amparo deja de tomar Revertrex, y pierde un pelo cada día. ¿En qué momento se vuelve calva? ¿Cuando tiene 100, 99, 98... pelos en el cráneo? ¿Si se hace una reunión solo para calvos, en qué momento sería Amparo admisible? La anécdota revela un problema subyacente, simple y poderoso. Con términos como “calvicie”, o como “democracia”, uno puede partir de premisas ciertas, crear un mecanismo de inferencia correcto, y sin embargo llegar a conclusiones equivocadas. Veamos. Amparo en este momento no es calva (cierto). Si ahora cuando tiene n pelos no es calva, tampoco lo será cuando tenga n-1 pelos (cierto). Le quito un pelo y recomienzo (no seamos sádicos: es una simulación en computador). Con n-1 pelos no es calva; ni lo es con n-2. Aplico el mecanismo n veces, y como Amparo tiene un número finito de pelos (me imagino) llego a la conclusión de que cuando tiene el cráneo pelado todavía no es calva (falso).

Las trampas de la inferencia en secuencias tipo sorites aparecen en muchos debates públicos importantes. Piénsese en el del aborto. Cuando un niño nace, ya es una persona; no hay derecho a acabar con su existencia. Cuando nace menos un segundo, todavía es una persona. Cuando nace menos dos segundos... Y así sucesivamente. ¿Reconocen el mecanismo? Todo esto revela que el término “democracia” no solo es ambiguo –significa cosas distintas para gente diferente– sino que adolece de lo que técnicamente se conoce como vaguedad –como la calvicie, tiene fronteras mal definidas y admite secuencias tipo sorites–. De hecho, el cumplimiento de ciertas reglas de juego es un terreno ideal para la vaguedad instrumental, para “jugar en el límite del reglamento”, como lo saben los futbolistas tan bien como los políticos. Fujimori en esto fue un maestro; Chávez y Uribe, con sus “bobaditas”, lo son también. Como muchas otras cosas, estos eran recursos archiconocidos en el mundo clásico. Algún italiano le dio un giro –característicamente crapuloso– al tema, hablando de mujeres que son “eternamente fieles, pero coquetas en el día a día” (nei secoli fedele, civette nei giorni). Donde uno dice “regla”, comienza en grande el juego de la vaguedad.

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