Las proliferaciones de grandes edificios levantados sobre lotes de viejas casas confirma la urgencia de nuevos criterios para reglamentar la construcción.
Hace poco me encontré con un amigo médico y me preguntó si los arquitectos –“arquitectos” con tono de reclamo– estábamos de acuerdo con edificios como el 9-94 en el barrio El Chicó, al norte de Bogotá. Al mirar la construcción, entendí que no se refería a un eventual incumplimiento de la reglamentación sino a la desproporción entre ese edificio y sus pequeños vecinos.
Traté de responderle en su jerga médica que, respecto a casos como este, los arquitectos nos dividimos por lo menos en dos grupos. Por una parte, los que creemos en un proyecto de ciudad y sentimos que este edificio, a pesar de cumplir las normas de construcción, podría considerarse una especie de hernia inguinal para el paisaje urbano de Bogotá. Y por otro lado, aquellos arquitectos que piensan como constructores o promotores inmobiliarios, para quienes la pregunta se responde con otra pregunta y un posterior reproche: “¿Cuál problema? El edificio está en regla, y si algo está mal no es culpa del arquitecto sino de quienes hacen la reglamentación”; o sea que para ellos el problema con las enfermedades es que estén por fuera de lo descrito como “normal” en el manual de fisiología y no que te estén matando.
En el caso del 9-94 están presentes muchos de los vicios más frecuentes en buena parte de los edificios nuevos construidos sobre lotes de antiguas casas: exterminan los árboles que había en los jardines posteriores, las alturas no se reglamentan en metros sino en pisos, rompen el equilibrio con las construcciones vecinas, etcétera.
¿Por qué casos como este se repiten con tanta frecuencia en Bogotá? Creo saber la respuesta. Se trata de un monstruo de dos cabezas. Una cabeza drogada con anfetaminas, llamada Cámara Colombiana de la Construcción (Camacol), y otra cabeza somnolienta por el Valium, llamada Sociedad Colombiana de Arquitectos (SCA). Una en permanente búsqueda de lotes para construir tanto como sea posible, lo cual significa llegar hasta los límites de la reglamentación. Y otra cabeza en eterno letargo, que se queda viendo cómo un grupo de ingenieros, economistas y abogados cabildea en Planeación Distrital para que las normas de la ciudad se ajusten a unas nociones de religión y belleza cuyo santo y divo coinciden en el metro cuadrado.
El sector en el que está ubicado el edificio lleva casi quince años en transformación. El barrio El Chicó se construyó durante los años cincuenta, en predios de una antigua hacienda. Se edificó como lo que entonces se llamaba una “urbanización”, planeada mediante un diseño urbano de vías, manzanas y lotes para la venta, en los que cada comprador contrataba un arquitecto y hacía su propia casa. Hoy en día, una urbanización es un conjunto cerrado y cercado por una reja, que se ha constituido, lamentablemente, bajo el supuesto sueño de todo buen padre de familia: dar a sus hijos lo mejor en seguridad y calidad de vida.
El arquitecto Ernesto Jiménez me contó hace algún tiempo que la firma Jiménez & Cortés Boshel había construido docenas de casas “casi iguales” en El Chicó. Le pregunté si no sentía tristeza porque las estuvieran tumbando y me contestó con total pragmatismo: “Mejor que las tumben antes de que se caigan. Todas son casas baratas y por lo general no muy bien construidas”. Sin embargo, una cosa es tumbarlas, otra tumbarlas todas y otra hacer cualquier cosa en su lugar. Algunas no debieron demolerlas simplemente porque eran las mejores de la época y, si esa no es razón suficiente, porque constituían un patrimonio, ahora perdido. Sin embargo, pasado el mal trago de tumbar por tumbar, lo que se haga no puede seguir la regla de construir por construir. Hay un nuevo tejido espacial por hacer, una nueva morfología, y lo que hacen edificios como el 9-94 equivale a derramar un tinto sobre el sofá.
También hay una explicación psicológica para que los arquitectos dejen que sea un gremio de ingenieros y economistas el que defina el destino de la ciudad. Se debe en parte al complejo de culpa que sienten por haber creído, de la mano de individuos como Le Corbusier, que todos los males urbanos se solucionarían haciendo nuevas ciudades. Lo cual es cierto a medias, en la medida en que la ciudad sí está en proceso de reconstruirse pero no de un solo golpe. “Ciudades flumáster”, se les llamó durante alguna época, pues, en efecto, la ciudad se expande sobre nuevos terrenos. Pero en un caso como el de Bogotá, se espera que se rehaga o se densifique sobre sus propios escombros, poco a poco.
Hablando de psicología, yo guardo sentimientos respecto a esta esquina, ya que entre los diez y los doce años me quedaba a dormir en la casa de unos amigos, los Gutiérrez, contigua al lote donde ahora está el edificio 9-94. Después de jugar fútbol en el separador, otro de los pasatiempos que teníamos era subirnos al techo a ver qué pasaba en los alrededores. El paisaje desde allá arriba estaba dominado por pisos plateados y claraboyas que iluminaban los baños. Y aunque yo nunca las vi porque la falta de valentía no me lo permitía, muchos de mis amigos llegaron a ver mujeres desnudas a través de estas marquesinas. De lo que sí me acuerdo es que la casa en este lote se fue elevando en cámara lenta, en un proceso de construcción que parecía de nunca acabar. Al final se terminó y, tras muchos años, curiosamente también fue la última en caer. Y ahora estoy aquí, recordando algo de lo que pasó, al tiempo que me culpo por no haber alzado a tiempo la voz cuando vi que empezaban a llevárselo todo, sin dejar rastro de nada.
Como aquella casa desfasada en los años setenta, el 9-94 también fue el último en construirse, ya en el siglo XXI. Afortunadamente para sus dueños y constructores porque la reglamentación los benefició; desafortunadamente para la ciudad y los vecinos a quienes este edificio abofetea desde un punto de vista morfológico. No es ilegal y el curador no hizo nada indebido; pero la hernia existe y duele, aunque no aparezca en el manual de diagnóstico.
Todo este cuadro no es solo sintomático de lo lejos que estamos de esa comprensión que tenía Aldo Rossi de la ciudad como “obra de arte colectiva que se construye en el tiempo”, sino en general de la existencia de un proyecto urbano. Es decir, la falta de un proyecto espacial que prevea la ciudad dentro de diez, veinte o cincuenta años. ¿Cuál sería ese proyecto ideal para Bogotá? Quizá haya tantas respuestas posibles como diseñadores urbanos, y tantas soluciones puntuales como casos problemáticos. Sin embargo, me remitiré a un texto de Germán Téllez que hace parte del Manual de historia de Colombia: Téllez recuerda que, según el primer ensayo de reglamentación urbana para Bogotá, fechado en 1903, tenían que ser “los mismos vecinos afectados quienes debían decidir qué altura máxima se permitiría para una edificación nueva y adyacente”. Parece que en ese momento estaban más cerca que ahora de entender la ciudad como una propiedad colectiva.
Si asumimos que buena parte de estos problemas surge de la devoción al metro cuadrado privado, y reconocemos que difícilmente nuestros constructores harán algo distinto a trabajar en los límites de la reglamentación, mi propuesta sería sugerirles a quienes hacen las normas que consideren evolucionar y santificar el metro cúbico, como forma de regular el desordenado crecimiento vertical de la ciudad. Nos harían a todos un gran favor.
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