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Coda

Reglas para la libertad de prensa

En 1939, Albert Camus intentó publicar una defensa de la libertad de prensa en el diario argelino Le Soir Républicain, del cual era jefe de redacción. El artículo fue prohibido y permaneció inédito hasta hace poco. Tras más de setenta años, y aunque los medios han sufrido cambios jamás imaginados, las reflexiones del autor francés siguen vigentes.

Coda: Reglas para la libertad de prensa
Ilustrador
Baptistão
Traductor
Emmanuelle Pinault
Edición N° 129

N° 129

Abril de 2012[ ver índice ]

Hoy en día, es difícil evocar la libertad de prensa sin ser tildado de extravagante, acusado de Mata-Hari o señalado como sobrino de Stalin.

Sin embargo, esta libertad es solo una entre las varias caras de la libertad a secas, y nuestra terquedad en defenderla puede ser entendida si se admite que no existe otra forma de ganar realmente la guerra.

Desde luego, toda libertad tiene sus límites, pero estos deben ser libremente reconocidos por todos. De los obstáculos actuales que pesan sobre la libertad de pensamiento ya lo hemos dicho todo, y no nos cansaremos de seguir haciéndolo hasta la saciedad. En particular, jamás estaremos suficientemente sorprendidos de que, una vez impuesta la censura, la reproducción de los textos publicados en Francia, y aprobados por los censores metropolitanos, le sea prohibida a Le Soir Républicain. Al respecto, el hecho de que un periódico dependa del genio o de la capacidad de un hombre es la mejor prueba del grado de inconciencia al que hemos llegado.

Uno de los buenos preceptos de una auténtica filosofía es el de jamás caer en lamentaciones inútiles ante un hecho que ya no puede ser evitado. En Francia, hoy en día, la cuestión ya no es saber cómo preservar la libertad de prensa, sino buscar cómo, ante la supresión de estas libertades, un periodista puede seguir siendo libre. El problema ya no le interesa a la colectividad, sino que concierne al individuo.

Y precisamente, quisiéramos aquí definir las condiciones y medios por los cuales, en el seno mismo de la guerra y sus servidumbres, la libertad puede ser no solo preservada, sino también manifestada. Son cuatro: la lucidez, el rechazo, la ironía y la obstinación.

La lucidez supone resistir a las tentaciones del odio y el culto a la fatalidad. En el mundo de nuestra experiencia, todo puede ser evitado. La misma guerra es un fenómeno humano, que en todo momento puede ser prevenido o detenido por medios humanos. Basta con conocer los últimos años de la política europea para estar seguro de que la guerra, cualquiera que sea, tiene causas evidentes. Esta visión clara de las cosas excluye el odio ciego y la desesperación que deja hacer. Un periodista libre, en 1939, no desespera y lucha por lo que cree que es verdad, como si su acción pudiera influir en el curso de los acontecimientos. No publica nada que pueda incitar al odio o provocar la desesperanza. Todo eso está en su poder.

Frente a la marea creciente de la tontería, igualmente es necesario oponer cierta resistencia. Todas las coacciones del mundo no harán que una mente limpia acepte ser deshonesta. Ahora bien, para aquellos que conocen el mecanismo de la información, es fácil corroborar la veracidad de una noticia. Es a eso a lo que un periodista libre debe dedicar toda su atención. Si no puede decir todo lo que piensa, siempre es posible no decir lo que no piensa o lo que considera falso. De tal manera que un periódico libre se reconoce tanto por lo que dice como por lo que no dice. Si uno sabe mantenerla, esta libertad negativa es de lejos la más importante de todas, ya que prepara el acceso a la libertad verdadera. Por consiguiente, un diario independiente menciona el origen de sus informaciones, ayuda al público a evaluarlas, repudia el lavado de cerebro, suprime las invectivas, mitiga la uniformización de las informaciones con comentarios; en fin, sirve a la verdad de acuerdo con la medida humana de sus fuerzas. Dicha medida, por relativa que sea, al menos le permite rechazar lo que ninguna fuerza en el mundo podría hacerle aceptar: servir a la mentira.

Así llegamos a la ironía. Podemos empezar diciendo que una mente con el gusto y los recursos para imponer la coerción es impermeable a la ironía. Por ejemplo, uno no se imagina a Hitler utilizando la ironía socrática. La ironía es un arma incomparable contra aquellos que tienen un poder excesivo. La ironía completa el rechazo en el sentido de que, más allá de rehusar lo falso, permite a menudo decir la verdad. Un periodista libre, en 1939, se hace pocas ilusiones en cuanto a la inteligencia de aquellos que lo oprimen. Es pesimista respecto al hombre. Una verdad enunciada con tono dogmático es censurada nueve de cada diez veces, mientras que la misma verdad dicha agradablemente será censurada por mucho cinco de cada diez. Esta disposición configura de manera bastante exacta las posibilidades de la inteligencia humana. También explica el que periódicos como Le Merle o Le Canard Enchaîné puedan con cierta frecuencia publicar los artículos audaces que conocemos. Pues en 1939 un periodista libre es necesariamente irónico, aunque muchas veces lo sea a pesar de sí mismo. Pero la verdad y la libertad son amantes exigentes, ya que tienen pocos pretendientes.

Sobra decir que la actitud mental que acabamos de definir brevemente no se podría mantener de manera eficaz sin un mínimo de obstinación. Numerosos obstáculos se oponen a la libertad de expresión. Pero no son los más severos los que pueden desalentar el ingenio. En Francia, por lo general, las amenazas, las suspensiones y las persecuciones producen el efecto contrario al que se buscaba. No obstante es preciso reconocer que existen obstáculos desalentadores: la constancia en la babosada, la apatía organizada, la falta de inteligencia agresiva, por citar solo algunos. Se trata del gran obstáculo que debemos vencer, y para ello la obstinación es la virtud cardinal. Por una curiosa aunque evidente paradoja, la obstinación se pone al servicio de la objetividad y de la tolerancia.

Esas son un conjunto de reglas para preservar la libertad hasta en la servidumbre. “¿Y después?”, preguntarán. ¿Después? No nos apresuremos tanto. Si al menos en su esfera cada francés quisiera mantener todo lo que cree verdadero y justo; si quisiera, aunque modestamente, ayudar a mantener la libertad, resistir al abandono y dar a conocer su voluntad, entonces, y solo entonces, esta guerra se ganaría en el sentido profundo de la palabra.

Sí, con frecuencia la mente libre de este siglo hace sentir su ironía a pesar suyo. ¿Qué cosas agradables podemos encontrar en este mundo incendiado? Pero la virtud del hombre consiste en mantenerse frente a todo aquello que lo niega. Nadie quiere revivir dentro de veinticinco años la doble experiencia de 1914 y 1939. Entonces hay que probar un método totalmente novedoso, basado en la justicia y la generosidad. Sin embargo, ambas se expresan solo en los corazones libres y en las mentes todavía clarividentes. Por lo que formar esos corazones y esas mentes, o más bien despertarlos, es la tarea a la vez modesta y ambiciosa que le corresponde al hombre independiente. Hay que ceñirse a ella, sin mirar más allá. La historia tendrá o no tendrá en cuenta estos esfuerzos. Pero habrán sido hechos.

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