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Iceberg

Peras y manzanas

Iceberg: Peras y manzanas
Edición N° 130

N° 130

Mayo de 2012[ ver índice ]

Hace un par de semanas, una colaboradora de esta revista llamó a pedirnos una carta para inscribirse en el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, una formalidad que repetimos cada año con muchos de nuestros autores. María Alexandra Cabrera pensaba participar con un perfil de Carlos Caicedo, uno de los más importantes y menos valorados reporteros gráficos de Colombia en el siglo XX.

El perfil, titulado “El cazador invisible”, fue publicado en nuestra edición de septiembre de 2011. Después de una larga labor de reportería y varios encuentros con el fotógrafo, el resultado fue una lectura de toda su trayectoria, la recopilación de material inédito y un recorrido por los hechos fundamentales de la historia colombiana en el siglo pasado a través del lente de uno de sus testigos. La pieza está hecha a la medida de la categoría Mejor Artículo Cultural, que El Malpensante ha ganado en anteriores ocasiones. Por eso nos resultó extraño que la autora no optara por esta categoría y decidiera concursar por una beca de periodismo joven. ¿La razón? Los organizadores eliminaron el premio al mejor artículo cultural.

Y no solo al artículo cultural, sino también al de deportes, educación y al económico. Todas las categorías temáticas desaparecieron y desde ahora solo se consideran los géneros y formatos: Crónica y Reportaje (“esta categoría no tiene limitaciones”, puede leerse en las bases del Premio), Entrevista, Cubrimiento de una Noticia, Investigación, Reportaje Gráfico y Mejor Trabajo Exclusivo para Internet.

Este cambio podría sonar bastante lógico en principio. Lo que Felipe González, uno de los organizadores, dice al respecto es que “los jurados tomaron esa decisión teniendo en cuenta que una entrevista o una crónica pueden ser ‘excelentes’, ‘buenas’ o ‘malas’ al margen del tema”.

Sin duda es cierto. Pero existen al menos dos aspectos cruciales que esta lógica no entra a considerar. El primero es que los géneros convencionales del periodismo cada vez dan más lugar a zonas grises –y con frecuencia muy afortunadas–, que resultan difíciles de clasificar y que no por ello carecen de mérito periodístico y calidad narrativa. Cada vez hay más textos que tienen mucho de crónica y de entrevista –pasa con los buenos perfiles, género también marginado de estas categorías y que quizá debería incluirse de nuevo–, o reportajes gráficos en los que el texto es tan poderoso como la imagen y juntos conforman una unidad que no funcionaría del mismo modo al desvincular los dos lenguajes.

El segundo punto es que en Colombia el conflicto y los temas políticos –de manera totalmente coherente con nuestra realidad– captan mayor interés, despiertan gran sensibilidad, movilizan pasiones generalizadas y resultan “políticamente más correctos” para ser galardonados con un premio de periodismo. Las excepciones recientes podrían contarse con los dedos de una mano.

Los últimos ganadores en la categoría Crónica y Reportaje del Premio Simón Bolívar así lo confirman. En 2011, “Encuentro con Julian Assange”, artículo publicado en El Espectador acerca del polémico creador de WikiLeaks, sitio especializado en revelar documentos clasificados; en 2010, “La fuerza del ombligo”, crónica aparecida en El Malpensante, en la cual José Navia se adentra en las zonas rurales del Cauca para develar la compleja situación de violencia de la que son víctimas las comunidades indígenas allí asentadas; y en 2009, “Un país de mutilados”, crónica de Alberto Salcedo, publicada en SoHo, sobre las víctimas de las minas antipersona. No hace falta detenerse mucho tiempo para encontrar el trasfondo común que –además de la incuestionable calidad periodística– comparten estos textos.

Frente a esta perspectiva, una crónica cultural, deportiva o enfocada en la educación, aunque tenga alcances mucho más amplios y se asome a la realidad del país –como en el caso del perfil de Carlos Caicedo–, se ve como un esfuerzo más artesano que impactante. No es un asunto de calidad o de maestría en el dominio del género, sino un asunto temático: en Colombia, desde hace muchos años, se entiende por periodismo el registro del quehacer político, el cubrimiento del conflicto armado y el abordaje de temas sociales. Lo demás se considera light o costura.

El caso de los Premios Simón Bolívar no es excepcional: el Premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano solo reconoce un texto, una foto y una trayectoria; el Pulitzer tiene doce categorías de periodismo, pero definidas por el tipo de material y no por el tema, y el Maria Moors Cabot, de la Universidad de Columbia, entrega de tres a cuatro premios anuales a la excelencia periodística, sin considerar matices.

Eliminar categorías temáticas que reconocían el trabajo especializado no es una debilidad respecto a otros premios, sino una fortaleza comparativa que hemos perdido. No es falso que algo puede ser bueno al margen de su tema. Pero, ¿qué garantías quedan para que sea reconocido el trabajo de aquellos periodistas especializados en áreas distintas al conflicto, la pobreza y la política? ¿No estará el premio más prestigioso del país mezclando de manera inconveniente peras y manzanas?

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