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Helí Alzate, las feministas y las prostitutas

La comba del palo

Los estudios del médico caldense Helí Alzate llegaron a ser publicados en importantes revistas científicas norteamericanas. Uno de sus experimentos acerca del orgasmo femenino amerita plantear un par de preguntas complicadas.

Columna Rubio
Edición N° 130

N° 130

Mayo de 2012[ ver índice ]

La primera vez que oí hablar de Helí Alzate fue en el libro Bonk, de Mary Roach, que no trata directamente sobre sexualidad sino que brinda una divertida historia de su estudio: los afanes, logros y desaciertos de quienes se han dedicado a entender los misterios del sexo y el deseo. Allí aparece mencionado este investigador de la Facultad de Medicina de la Universidad de Caldas, a raíz de un trabajo que publicó en 1984 en el Journal of Sex & Marital Therapy, junto a Maria Ladi Londoño, una psicoterapeuta de Manizales.

El interés por los asuntos sexuales, para este médico nacido en 1934, comenzó por la leche. Su primer trabajo fue un estudio sobre la intolerancia a la lactosa, publicado en 1969. Casi diez años más tarde, en 1978, ya había logrado que le aceptaran un artículo sobre la sexualidad de las estudiantes de la Universidad de Caldas en el prestigioso Archives of Sexual Behavior. Además de las recurrentes citas de sus trabajos, una prueba de su importancia es haber podido aparecer sin palancas en Bonk, al lado de investigadores de la talla de Kinsey y de Masters y Johnson. En abierto contraste con su reconocimiento internacional, en Colombia, fuera de un reducido círculo de sexólogos, se ha hablado muy poco de él. La única vez que aparece en el archivo en línea de El Tiempo es por una mención en un congreso de sexología realizado en Cartagena en 2001, tres años después de su muerte. Aun allí, el venerable investigador fue utilizado como simple soporte para los resultados de un opinómetro.

El artículo citado por Mary Roach se titula “Vaginal Erotic Sensitivity” y requiere pocos comentarios. Me limitaré a traducir los puntos más relevantes y a mencionar el contexto del experimento en el que se basó. En ese momento, un debate central en sexología era si existía o no el orgasmo puramente vaginal. Luego de varias décadas de dominio de los psicoanalistas, que habían decretado que lo del clítoris era un simple rezago de “eroticismo infantil”, se empezaba a rescatar con evidencia empírica la importancia de tan subestimado personaje. Masters y Johnson se fueron al otro extremo al afirmar que cuando las mujeres lograban tener orgasmos a través de la penetración era porque habían recibido estimulación en el clítoris. De manera pragmática, Alzate se negó a descartar la evidencia que sugería que los orgasmos femeninos son algo tan variado que puede llegarse a ellos por más de una vía. Hoy, por ejemplo, se piensa que algunas mujeres pueden lograrlos, mentalmente, sin estímulo físico.

Alzate y su colega utilizaron 48 voluntarias, todas “coitalmente experimentadas”, para comprobar la existencia del orgasmo vaginal y de clítoris. A 16 de ellas les pagaron su participación en el estudio. Fueron reclutadas en Manizales “a través de los buenos oficios de una madame conocida por uno de los autores”. La mitad de ellas eran prostitutas activas y el resto estaban retiradas o ejercían el oficio de manera clandestina. Tenían un bajo nivel educativo y su edad promedio era veintiocho años. A las 32 voluntarias restantes no se les pagó. Fueron vinculadas gracias “al boca a boca entre círculos feministas, con la ayuda de algunos investigadores amigos en Manizales, Cali y Bogotá”. Con una edad media de treinta años, casi todas tenían educación universitaria.

Antes del examen, se tomaban datos demográficos e información “relacionada con las prácticas de masturbación y de coito”, y se les pedía a las participantes que vaciaran su vejiga. Después debían acostarse con las piernas dobladas o extendidas –como se sintieran más cómodas–, y el examinador, “con sus manos lavadas, insertaba su dedo índice y/o medio lubricados en la vagina y procedía a friccionar las paredes vaginales, aplicando una presión rítmica de moderada a fuerte”. A la voluntaria se le pedía que indicara lo que sentía en las diferentes zonas estimuladas y, cuando el investigador rozaba un punto de creciente sensibilidad erótica, se aplicaba presión cada vez más fuerte hasta que la voluntaria llegara al orgasmo o pidiera que se interrumpiera la estimulación, o el experimentador decidiera parar, o se atenuaran las sensaciones, y en tal caso se continuaba con la exploración de otras zonas vaginales. Para que no quedaran dudas en las respuestas de las voluntarias pagadas, se les hizo una segunda prueba.

Los resultados del experimento arrojaban datos tan interesantes como que la incidencia reportada de masturbación en todas las voluntarias era del 72,9%, siendo la estimulación del clítoris la técnica más usada; que entre las mujeres con experiencia en masturbarse, “el 91,4% alcanzaban el clímax siempre o casi siempre”, y que “los orgasmos coitales no habían sido experimentados nunca o casi nunca por el 60,4% de las voluntarias”.

Sin embargo, las conclusiones más heterodoxas llegaban un poco más adelante en el estudio: “Solamente el 12,5% de las 32 voluntarias no pagadas lograron llegar al orgasmo en el experimento; el 37,5% pidieron parar la estimulación. De las 16 voluntarias pagadas, el 75% alcanzaron el orgasmo en la primera ronda del experimento. De las que tuvieron un orgasmo, el 82,3% llegaron al clímax dos veces o más durante el experimento, que en promedio duró cerca de veinte minutos. La mayoría de las voluntarias, especialmente las no pagadas, que eran las más articuladas, expresaron sentimientos positivos con el experimento por el conocimiento que ganaron sobre sus cuerpos. El haber tenido sensaciones eróticas vaginales fue particularmente sorprendente para aquellas que nunca habían alcanzado el clímax durante el coito”.

El resultado más importante del experimento es que en cierta medida anticipó aspectos de la sexualidad femenina sobre los cuales se centraría después el debate: por ejemplo, la ya mencionada versatilidad del goce femenino, o la importancia de ciertas zonas al interior de la vagina cuya estimulación lleva al orgasmo, o la esquiva localización del llamado punto G. Se puede sospechar que en esta incursión experimental el doctor Alzate y su colega debieron rondar varios puntos G. Una de las participantes describió su sensación durante el experimento como “tener un clítoris dentro de la vagina”.

En síntesis, al indagar a fondo la sensibilidad erótica de la vagina, 12 de las 16 mujeres que vendieron sus servicios sexuales –esta vez a la ciencia– tuvieron uno o varios orgasmos. En cambio, entre las 32 participantes reclutadas en círculos feministas la proporción fue mucho menor, pues tan solo cuatro lograron alcanzar el clímax.

Sería imprudente, de una muestra tan pequeña de mujeres y con base en un experimento realizado hace casi treinta años, sacar cualquier conclusión sobre la sexualidad de las feministas. Sobre todo ahora que se conoce la gran variedad y fluidez del deseo femenino. Bastante menos arriesgado, incluso oportuno, es resaltar la importancia del resultado con las participantes pagadas, o sea las prostitutas. El hecho de que casi todas hubieran alcanzado no uno sino varios orgasmos es un buen argumento en contra del supuesto, jamás explícito pero sí recurrente, de que el sexo venal es un terreno más compatible con la esclavitud, o la cuasi violación, que con el deseo, y que las mujeres que lo practican pierden la capacidad de sentir placer y llegar al orgasmo. Es una lástima que una autoridad como el doctor Helí Alzate, sexólogo caldense, no hubiera hecho algunos comentarios al respecto.

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