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Entrevistas

Cuatro horas con Leonora Carrington

La última pintora surrealista murió en México en mayo de 2011. Este encuentro, transcurrido en su casa años atrás, revela la mística y misterios de "la novia del viento".

4 horas con Leonora Carrington
Fotógrafo
Juan Ignacio Ortega
Edición N° 130

N° 130

Mayo de 2012[ ver índice ]

Medios

Imágenes

El soplo frío que suele abrazar los atardeceres de diciembre en la Ciudad de México se había instalado en la atmósfera de la casa. Sentada en una silla de madera, la última pintora surrealista dejó de mirar a la gata que se rozaba dando vueltas alrededor de mi mochila y dirigió sus ojos de 88 años a los míos.

Cuatro horas antes, me había abierto camino por la Colonia Roma hacia la casa de Leonora Carrington. Era un lunes 12 de diciembre de 2005 y, quizá por ser la festividad de la Virgen de Guadalupe, una calma fantasmagórica palpitaba en esas calles muy alejadas de la basílica donde peregrinan cada año miles de devotos. La casa de la mujer nacida en Lancashire, Inglaterra, tenía el aspecto de una fortaleza de otro tiempo.

Cuando pulsé el timbre, los vaticinios de quienes sabían que Leonora me iba a recibir resonaron en mi memoria como campanadas: “Nunca da entrevistas y es huraña”, “A lo mejor conversa poco porque no domina el español”, “Nunca habla del pasado ni de su pintura, así que no le preguntes de esos temas”. Cuando se abrió la puerta, apareció una mujer espigada, con el cabello gris recogido hacia atrás, y un suéter lila.

–Pase. Llega temprano.

En el recibidor, los travesaños horizontales sujetaban un techo pintado de blanco. Un aparato telefónico atestiguaba que ese rincón, presidido por una enorme vasija de la cultura huichol, era el lugar de sus conversaciones a distancia.

–La gata sabe que usted ha llegado. No está aquí porque tiene miedo en general a los hombres –dijo Leonora–. A mi marido no, pero él está arriba, en la cama.

Luego mencionó algo más sobre Emerico “Chiki” Weisz, un dato sin importancia, pero me hizo darle mi palabra de que no lo publicaría.

–Lo aprecio –agradeció–, porque yo tengo la mala costumbre de decir lo que me pasa por la cabeza. Y eso no es bueno.

Sonó el timbre, y Yolanda, la mujer que ayudaba a cuidar al marido de Leonora, abrió a Juan Ignacio, el fotógrafo que me acompañaría el resto de la entrevista. Mientras él trataba de robarle alguna instantánea, Carrington lo miró de reojo con desaprobación:

–No empiece con eso –le dijo–, no tuve tiempo de cambiar por ropa bonita, lo que no tengo de todas maneras.

El silbido de la tetera comenzó a templar el aire. Yolanda se apresuró a quitarla del fuego. Una cajetilla de Kent apareció sobre la mesa.

–Hay que dejar reposar el té unos cinco minutos. Ustedes no fuman, ¿verdad? Como los jóvenes de hoy. Yo sí fumo. Desde los once años.

Leonora se había criado en una mansión de campo en Lancashire gobernada por los designios de un padre casi siempre ausente, magnate de la industria textil, y una madre irlandesa venida a más que dejó la crianza de sus hijos en manos de las institutrices y de los cuentos celtas de la abuela. Para Carrington, expulsada en su niñez de varias escuelas de señoritas hasta recibir el sobrenombre de “la ineducable”, charlar era también un espacio para ejercer la rebeldía. Ya había demostrado hacía mucho tiempo que no le agradaban los titubeos, los mundos de apariencias ni los protocolos vacíos, y mucho menos cumplir las expectativas de otros en contra de su voluntad: por eso su presentación a los quince años en la corte de Jorge v no dio frutos a pesar de los esfuerzos de su madre por emparentar con la aristocracia.

Mientras recorría la casa de un salón a otro, el brío de sus piernas parecía negar que “la novia del viento”, como alguna vez la llamó el pintor surrealista Max Ernst, hubiera nacido en 1917, igual que la revolución rusa. De pie junto al fogón, con su cigarrillo aún sin encender en la mano levantada, no era tan difícil imaginarla muchísimo más joven, en el París previo a la gran contienda, en plena relación con Ernst, cuando apareció en una fiesta disfrazada de diosa romana, ceñida en una sábana de la que pronto se despojaría para quedar desnuda ante el gesto boquiabierto de los invitados. Casi setenta años después de ese episodio y de haberse convertido en la musa de los surrealistas, todavía quedaba en su anatomía menuda y larga algo de aquella pose envuelta en un torbellino de indocilidad.

Se puso el cigarrillo en la boca, acercó una llama azul a la punta del pitillo y aspiró con lentitud. Con su voz grave, me contó que el día anterior había estado dibujando. Después de un año de trajín, escaleras y desvelos a causa de la salud de su marido, una mejora repentina de Chiki la había llevado a retomar los lápices y pinceles.

–No le molesta si fumo –dijo con voz humeante–... En su casa no fumaré.

La mezcla del tabaco y el té modificaron de nuevo el ambiente de la cocina. Las cafeterías, coincidencia o no, fueron para ella umbrales en los que su vida cambió de rumbo. Como aquella tarde de 1936 cuando era una estudiante de arte en Londres y la cerveza que le sirvieron estaba a punto de desbordarse, hasta que el dedo de Max Ernst irrumpió en el momento justo para taparla y evitar que se derramara. Fue un flechazo. Ella tenía 19 años, él 46. En 1937 se fugaría con él a Francia, entraría en el círculo surrealista y su vida abriría un capítulo de arte y pasión hasta que el estallido de la Segunda Guerra Mundial los alcanzara.

Años más tarde, en otra cafetería, en Lisboa, su suerte volvió a decidirse. Fue un par de años después de que los nazis capturaran en Francia a Max Ernst, que era alemán. Carrington había viajado a España en 1940 y había estado internada durante casi un año en un manicomio de Santander por intervención de su familia. Cuando la sacaron para conducirla a una nueva clínica en Sudáfrica, el custodio que la acompañaba aceptó que se detuvieran un momento en una cafetería: Leonora fingió dolor de estómago y se escapó por la puerta trasera. Poco después se casó con su amigo Renato Leduc, embajador de México en Portugal, para poder huir de Europa con inmunidad diplomática. Zarparon a Nueva York en 1942 y, tras una estancia breve, en 1943 un automóvil los llevó a México.

Leonora contuvo el humo y caminó al otro lado de la estancia. Exhaló una bocanada y hurgó en unos papeles hasta encontrar un periódico de la semana anterior: me lo mostró abierto en una entrevista que la calificaba como un “animal artístico”.

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