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La esposa perdida
Traductor
Moisés Mermelstein
Ilustrador
Santiago Guevara
Edición N° 130

N° 130

Mayo de 2012[ ver índice ]

Medios

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Esto me lo contó un escritor judío, no de los conocidos sino de aquellos que de tiempo en tiempo publican un libro con su propio dinero. Cuando lo conocí en Buenos Aires, fue la primera vez que oí mencionar su nombre, pero él me hizo saber que ya había publicado dos cuadernos de poemas y que la prensa local lo había reseñado un par de veces, además de un semanario en México o quizás en Río de Janeiro.

Era un hombrecillo pequeño, calvo, de patillas grises, de cara arrugada, que recordaba a una criatura recién nacida. A pesar de ser un día de verano llevaba puesto un abrigo manchado. Durante muchos años fue vendedor ambulante. Le sobrevino una artritis y no pudo seguir cargando el bulto de puerta en puerta; le quedaron algunos clientes que venían a comprarle a su casa, y de esta manera lograba sostenerse. Vivía en alguna calle apartada, en casa de unos españoles. Su pequeño cuarto no tenía ventanas, sino una puerta a un patio, y estaba lleno de libros, periódicos viejos y trapos.

Se me acercó y prácticamente me obligó a prometerle que iría a visitarlo. Para llegar a su casa había que hacer tres cambios de autobús. Prometió contarme una historia extraordinaria, un relato que nunca antes había contado a nadie.

–Si yo fuera un prosista, y no un poeta, lo escribiría yo mismo –argumentaba–. Pero no soy cuentista. Hay gente que dice que tampoco soy un poeta, pero esa ya es otra discusión. Por otra parte, si realmente fuera un buen poeta, ¿quién me necesitaría? ¿A quién le sirve, verdaderamente, la poesía? A nadie. La mayoría de los escritores en yiddish se han visto obligados a caminar mucho para poder vender sus propios libros. Los que compran no leen; simplemente guardan los libros en el sótano. Incluso en español es difícil vender más de quinientos libros por impresión. ¿Usted fuma? ¿No? Un hombre con suerte. El médico me prohibió fumar, pero no puedo dejar de hacerlo. Esta es, prácticamente, mi única satisfacción, fuera de...

Las últimas palabras me hicieron sentir vergüenza. Me parecieron exageradas.

–¿Por qué lo dice?

–Es la verdad. Si le contara lo que me ha pasado, se daría cuenta de que no digo cosas por el mero hecho de parecer original. Siéntese en esta mecedora. La heredé de una anciana. Yo me sentaré en la cama. ¿Puedo comenzar?

–Sí, lo escucho.

–Le ruego un poco de paciencia. Toda mi vida pensé que este secreto me lo llevaría, como dicen, a la tumba. En primer lugar, porque nadie se interesa en mí. En segundo lugar, porque relatar no tiene ningún sentido. Pero desde que comencé a leer sus obras, he pensado que usted comprendería este tipo de situación. Ahora que finalmente ha llegado y he tenido el honor de conocerlo, me parece como caído del cielo. Si usted lo desea, puede escribir lo que le voy a contar.

Comenzaré por mi infancia. Mi padre fue un tendero pobre. Mi madre murió joven y él nunca volvió a casarse. Mis padres tuvieron cinco hijos, pero tres de ellos murieron mientras mi padre estaba vivo y quedamos una hermana mayor y yo. Ella se casó joven y comenzó a parir. Pereció con toda su familia en los campos de exterminio nazi.

Usted escribió en alguna ocasión un cuento que me impresionó mucho; se llamaba “La tímida”. En realidad la timidez se menciona poco en la literatura. Y de hecho, la timidez en algunas personas es una terrible enfermedad psicológica que a veces se parece a la locura. Las personas tímidas son capaces de hacer cosas que ni a los locos se les ocurren. Yo he sido tímido desde pequeño, y los sufrimientos que he padecido a causa de ello son inenarrables.

Una tía nuestra que vivía en un pueblo tenía una niñita, Anita. Cada vez que me enteraba de que esta tía iba a venir con su hijita, me embargaba una timidez imposible de describir con palabras. Me enfermaba. Dejaba de comer. Me avergonzaban mi vestimenta raída, la camisa sucia, mis aladares despeinados y el cabello siempre enredado.

Una vez que la tía y su hijita se quedaron a dormir en mi casa, salí del pueblo y dormí en el campo. Me buscaron durante toda la noche. Cuando me encontraron, mi padre me dio una paliza. Me preguntó varias veces a gritos: “¿Por qué no volviste a casa? Contesta si no quieres que te despedace”. Pero no podía contestarle que me producía timidez la presencia de Anita, porque eso también me avergonzaba.

La timidez es una forma de orgullo. O, al revés, orgullo es timidez. En todo caso, una penosa enfermedad. De lo contrario no sería el castigo por haber comido del árbol de la sabiduría. La historia de Adán y Eva es muy profunda. A mi modo de ver, todos los problemas se originan en la timidez. Pero dejemos esto. No lo invité para explicarle mis teorías.

Los niños en aquellas épocas solían ir al baño ritual. Pero la sola idea me producía pánico, como si estuviera enfrentado al ángel de la muerte. En verano, los muchachos iban a bañarse al río, pero para mí desvestirme en público era impensable. Padezco, hasta hoy en día, de estreñimiento, y todo esto como resultado de la timidez. Por pura vergüenza me aguantaba las ganas de ir al retrete. Hasta comer me avergonzaba. La celebración de Sucot, la Fiesta de las Cabañas, era una pesadilla para mí, porque me tocaba comer con extraños que mi padre invitaba a la cabañita. Durante la festividad de Simkhes Toyre, que se celebra al día siguiente de Sucot, me escabullía de la sinagoga antes de que nos llamaran a los niños adelante, para cubrirnos a todos con el tales (chal ritual); la sola idea de estar con otros bajo el mismo tales me aterraba. Mejor dicho, vivía avergonzado.

En una ocasión, durante la festividad de Purim, mi padre me envió a casa de unos buenos amigos con los regalos que se acostumbran en esa celebración. Al llegar vi que la casa estaba bastante iluminada, porque se había reunido la familia con mujeres y niñas. Me invadió la timidez y no pude entrar. ¿Qué hacer con los regalos? Los tiré a la noria. Pocos días después, mi padre se enteró de que Baruj Grobover no había recibido los regalos.

Comenzó entonces el interrogatorio, comenzaron las palizas. No me atreví a confesar que el paquete –con una naranja, un par de dátiles, higos y un pan de algarrobo– lo había botado al pozo, y dije que me había provocado tanto que me lo comí. Bueno, recibí una tunda fenomenal. Me pusieron de sobrenombre el Goloso, y así me quedé hasta cuando me fui del pueblo.

Podría contarle cientos de estos hechos, o tal vez miles, pero usted ya entiende el mensaje.

Por sus relatos me di cuenta de que usted entiende la psicología de la timidez. Los tímidos en ocasiones son extraordinariamente osados. A pesar de ser tan tímido, yo a veces he sido capaz de hablar con fuerza, y hasta de insultar a algunas personas. Siendo joven, por mi frustración, decidí hablar de todo y explorarlo todo: fui sionista, socialista, etc. Me propuse ser una persona culta y escribí poemas, aunque escasamente sabía deletrear. Fui recursivo con las mujeres, pero, de repente, con una de ellas fui demasiado osado y le hablé con mucho sentimentalismo. Adquirí en el pueblo fama de irrespetuoso y descarado.

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