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Breviario

Rumildo Forever

Un paisaje se conquista con las suelas del zapato, no con las ruedas del automóvil. William Faulkner

Edición N° 131

N° 131

Junio de 2012[ ver índice ]

Me encanta caminar. Creo que no se puede conocer una ciudad sin caminarla, así como no se puede amar una ciudad que no se conoce. Creo, también, que una de las perversas consecuencias de la extrema inseguridad en la que vivimos es que ha alejado al caraqueño del contacto con su ciudad. Ha llegado al punto de que mientras menos sepa de ella se siente más seguro. La ignora todo cuanto puede, evitándola como si la ciudad fuera la enfermedad contagiosa y no la enferma que requiere cuidados.

Sobre todo el que anda a diario en su vehículo propio. Porque, ¿quién subiéndose a su carro (con los vidrios arriba) desde el estacionamiento de su edificio, y bajándose cuando llega al estacionamiento de su oficina, puede decir que anda en Caracas? Los colores, los olores, las atmósferas, las sensaciones inarticuladas que forman el lenguaje de la ciudad, cómo los percibe dentro de la temperatura controlada de un carro, con una música al volumen preciso para no escuchar los ruidos, y unos vidrios ahumados que le quitan una de las pocas cosas bellas que tiene, como es su colorido. ¿Cómo se entiende la gente con una ciudad que se niegan a escuchar?

El que pasa cuatro horas diarias en cola, de su casa al trabajo y del trabajo a su casa, metido en su carro, maldiciendo motorizados que le golpean el retrovisor, se desplaza a través de la ciudad pero aislado de ella.
La gran aspiración del caraqueño no es tanto tener su propia casa sino tener su propio carro. O dicho de otra manera: a falta de poder aspirar a una casa, si algo sueña el caraqueño es tener su carro, para sufrir las colas en una extensión de su casa. Aunque el precio sea sufrir además por los precios de los estacionamientos, de los repuestos y, nuevamente, de la anarquía de los motorizados.

Se puede argumentar que el mal servicio del transporte público, y la poca seguridad que ofrece, hacen que tener carro para ir al trabajo todos los días sea una aspiración razonable, pero las soluciones más inmediatas, con el tiempo, vuelven más complejos los problemas.

Porque el problema final será saber qué haremos cuando la ciudad sea un estacionamiento gigantesco. El que pasa casi dos horas desde Altamira hasta Las Mercedes sabe que no estamos lejos de eso. Sobre todo si, montado en su Metrobús, atrapado en una cola gigantesca, observa a su alrededor y constata que de los veinte carros que están alrededor (responsables de varios metros de esa cola) una gran mayoría lleva adentro solo una persona: el conductor.

Es decir, está bien que se necesite el carro, pero también vale que se racionalice un poco su uso. Porque la condición sedentaria del caraqueño es proverbial. ¿Consecuencia de una de las gasolinas más subsidiadas del mundo? ¿Producto de una ciudad concebida para el carro por un militar que entendía por “moderno” un paisaje poblado de autopistas? Quién sabe. Lo cierto es que no es un asunto nuevo. En los ya lejanos setenta, ochenta, se inventó un personaje para concientizar sobre ese rasgo: Rumildo. Treinta, cuarenta años después, el genuino Rumildo es capaz de montarse en el carro un domingo en la mañana para comprar el periódico y el desayuno, a cuatro cuadras de distancia. Es él y su carro. Caminar no es lo suyo. Rumildo odió el Día de Parada. Rumildo es capaz de comprarse un muñeco de goma para pasar el carril para vehículos con alta ocupación.

Rumildo no tiene ciudad, pero tiene carro.
 

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