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Andrea Garcés
Edición N° 132

N° 132

Julio de 2012[ ver índice ]

Todas las noches a las ocho, los habitantes de Quebec salen con ollas, sartenes e instrumentos improvisados para hacer un estruendo enorme en los cacerolazos. Niños, padres, adultos trabajadores y ancianos se han sumado a los estudiantes para acabar con el proyecto de ley 78, que prohíbe las reuniones públicas no autorizadas y restringe el derecho a la protesta. El gobierno de Jean Charest, primer ministro de la provincia de Quebec, intentó sofocar por la fuerza las protestas estudiantiles en contra de un aumento en las matrículas. En vez de lograrlo, difundió la protesta; ahora, todo el que esté cerca sabe cuándo hay un cacerolazo y cómo participar en él.

Estas demostraciones son pacíficas, organizadas y acogedoras gracias a que son ruidosas –no a pesar de su tamaño y bullicio–. La gente grita desde el porche de su casa y la policía encabeza procesiones de manifestantes por las calles. Sin embargo, al cubrir las protestas de la semana pasada, los periódicos canadienses en lengua inglesa las tildaron erróneamente de desordenadas. Los titulares se enfocaron en los arrestos y usaron expresiones como “turba” o “gobierno de la turba”, dando a los lectores una idea equivocada de lo que sucede. En realidad, estos eventos que se dan cita todas las noches descienden de una práctica empleada para hacer valer los principios de la comunidad en las culturas francófonas desde hace al menos setecientos años.

Con ollas y sartenes, los manifestantes de Quebec siguen la tradición de las cencerradas, protestas ruidosas que en otras época ponían en evidencia la violación de las normas de convivencia de un pueblo o un barrio. Los ingleses las llamaban rough music [“música ruda”], y había versiones de ellas en toda Europa y sus colonias. Jóvenes disfrazados llegaban a golpear ollas y sartenes, o a tocar las campanas de las reses, frente a la casa de alguna persona; por ejemplo, un viudo o una viuda que se volvía a casar con alguien mucho más joven. La juventud era la voz de la comunidad y tenía licencia de sus mayores para restaurar el orden. Estos eventos ruidosos eran una alternativa a la exclusión violenta que buscaba la compensación o la reparación por medio de la vergüenza. Una forma frecuente de pago que permitía a todos ir después a la hostería local a comer o beber festivamente.

Las cencerradas evolucionaron para convertirse en una forma de protesta política de la cual se pueden citar muchos ejemplos a partir del siglo xvi. Los trabajadores viejos, y a veces las mujeres, apoyaban a los jóvenes golpeando ollas y cacerolas en contra de oficiales injustos y sus políticas. En 1576, en Dijon, el bullicio fue dirigido en contra del encargado de los bosques del rey, no solo por golpear a su mujer sino por cortar los árboles que debía preservar para el uso de los habitantes; en la Francia del siglo xvii, tenía como objetivo a los recolectores de impuestos de la corona que oprimían a las familias campesinas y artesanas.

Al otro lado del océano, en Quebec, el desorden escandaloso también buscaba promover un orden justo. En el Bajo Canadá, las cencerradas florecieron no solo para rechazar las segundas nupcias indecorosas, sino también contra objetivos políticos. En la rebelión de 1837, patriotas enmascarados llevaban sus ollas, campanas y cornetas a las casas de los oficiales del gobierno y protestaban hasta que renunciaran a su cargo o gritaran: “Vive la liberté”.

En el siglo xx, la música ruda se volvió menos ruda. Las cencerradas en protesta por las segundas nupcias desaparecieron, y las que eran de origen político se volvieron una forma de protesta pacífica. Los cacerolazos de Quebec, conocidos como manifs casseroles, hacen eco del tintamarre acadiano, una celebración de independencia muy ruidosa que data de los años cincuenta y del cacerolazo chileno, que nació en 1971 y resurgió a mediados de los ochenta. Las cacerolas también sonaron cuando los bancos argentinos se quedaron sin dinero en 2001 y 2002, cuando los españoles se opusieron a la participación de su gobierno en la invasión a Irak en 2003, y cuando los bancos de Islandia colapsaron en 2008. La vieja tradición de las cencerradas también es recordada en Quebec. “Libérez-nous des libéraux”, la canción que compuso Loco Locass para las elecciones de 2003, llama a una cencerrada contra los liberales del señor Charest. En su momento, fue tomada como una expresión de política partidista; hoy resuena como una llamada para alzarse en contra de los abusos de autoridad por parte del Estado y para pedir la reparación de la comunidad rebelándose y haciendo tanto ruido como sea posible. 

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